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Hay quien presume de sus medallas y hay quien presume de aparecer en un informe del Departamento de Estado de EE. UU. como un 'colaborador útil' de un régimen cuestionable. Para Pablo Iglesias, que pasó de gestionar el presupuesto del Estado a gestionar su propio ecosistema mediático, que Marco Rubio lo haya incluido en el documento 'Cuba. La capital del comunismo del siglo XXI' el pasado 20 de julio no es un problema, es un trofeo. Es como si te ponen en la lista negra de un club exclusivo y, en lugar de buscar la salida, pides que te saquen una foto junto a la puerta. El informe, un tostón de 107 páginas que funciona como hoja de ruta contra el castrismo, no se anda con chiquitas. Describe una maquinaria de subversión que lleva siete décadas infiltrándose en Washington. En medio de este despliegue de inteligencia, aparece la 'Flotilla a La Habana' de marzo de 2026, el Convoy Nuestra América. Un viaje que para muchos fue turismo revolucionario y para otros, una excursión propagandística donde 120 organizaciones de 33 países jugaron a los comisarios. Allí estuvo Iglesias, entrevistando a Miguel Díaz-Canel en el Canal Red, mientras se lanzaba piropos a China, describiéndola como el ejemplo del bienestar socialista. Mientras el Departamento de Estado advierte que los espías de Pekín en Cuba se han triplicado en tres años, convirtiendo la isla en una base de operaciones hostiles, la izquierda española celebra la mención. Para el exvicepresidente, ser etiquetado en un contexto de 'terrorismo de izquierda' es el equivalente político a que te den una estrella Michelin en la cocina del activismo. Al final, el dinero público y la influencia política se transforman en contenido para sus canales, convirtiendo la vigilancia de una superpotencia en el mejor marketing viral de la temporada.
El Palacio de la Moncloa ha decidido jugar al Tetris con sus piezas más pesadas y ha lanzado a Yolanda Díaz al tablero global. El anuncio es el clásico manual de marketing institucional: Pedro Sánchez, vía X el 23 de julio de 2026, habla de «honor» y de una «vocación de consenso» que suena a música celestial, mientras en la calle sabemos que el consenso suele ser el nombre elegante que se le da a la negociación de última hora para que nadie grite demasiado. La meta es la dirección general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ese templo de Ginebra donde se teoriza sobre el 'trabajo decente' mientras los currículums se acumulan en el olvido. Pero ojo, que esto no es un sorteo de lotería; es una operación de ingeniería política. Díaz no ha llegado aquí por azar, sino tras un despliegue de diplomacia que haría palidecer a cualquier agente secreto. El objetivo claro: China. Mientras en Washington Donald Trump se pone en modo gladiador para blindar los semiconductores y a Nvidia, la vicepresidenta segunda ha preferido tender puentes hacia Pekín. En mayo, Díaz ya estaba allí, defendiendo que la cooperación con los asiáticos en inteligencia artificial y algoritmos es la clave para 'trabajar menos'. Una promesa tentadora, casi como un descuento en la factura de la luz que nunca llega, pero efectiva para ganar votos en un organismo donde China tiene voto permanente. No es la primera vez que el Gobierno intenta colocar a los suyos en el escaparate de la ONU; Luis Planas ya ha sido propuesto para dirigir la FAO a partir de 2027. Parece que la estrategia es exportar la gestión nacional antes de que el desgaste local sea insalvable. Ahora solo queda ver si el guiño a Pekín y la crítica a las propuestas de EE. UU. en la Conferencia Internacional del Trabajo son suficientes para que el tablero se mueva a su favor.
En el tablero político, hay silencios que valen oro y otros que huelen a chamusquina. Moncloa ha pasado del 'amor incondicional' a un tibio 'presunción de inocencia' respecto a José Luis Rodríguez Zapatero, un giro copernicano que ocurre justo cuando el caso Plus Ultra deja de ser un rumor de pasillo para convertirse en un terremoto judicial. El detonante es Julio Martínez Martínez, quien en un documento de seis páginas decidió que era buen momento para cantar. Según el empresario, Zapatero no solo medió para que la aerolínea pescara un rescate público de 53 millones de euros en marzo de 2021, sino que pactó una comisión del 1%. Traduzcamos esto al lenguaje de la calle: mientras el ciudadano medio se pelea con la factura de la luz, aquí hablamos de una 'comisión de éxito' que se traduce en 530.000 euros. ¿Cómo se cobró ese sablazo? No fue un ingreso limpio en la cuenta, sino una ingeniería financiera digna de casino: pagos canalizados por Análisis Relevante y 46 vuelos en clase business que el expresidente solicitó y jamás pagó. Básicamente, viajar gratis mientras se gestionaba el dinero de todos. El riesgo para Pedro Sánchez es que el escudo de Zapatero se agriete. Si el antiguo líder socialista decide cantar para salvar a sus hijas —también señaladas por Martínez Martínez— y admite que hizo de lobby, el Gobierno tendría que poner nombre y apellidos a los contactos en la SEPI que avisaron del rescate el 26 de febrero de 2021, dos semanas antes de que el Consejo de Ministros diera el visto bueno. El juego ahora es esperar a ver si Zapatero mantiene su versión o si, como pasó con Víctor de Aldama en el caso Koldo, el miedo a la celda convierte a los cómplices en los mejores informantes de la fiscalía, Elena Lorente.
Hablemos de la 'cortesía'. En el barrio, si un vecino te regala un juego de llaves, es un detalle; si un Estado extranjero te regala joyas valoradas en 1,3 millones de euros, ya estamos hablando de una ingeniería financiera de alta costura. José Luis Rodríguez Zapatero apareció en los Mañaneros 360 de La 1 de TVE para explicarnos que tener una fortuna en piedras preciosas guardada en una caja fuerte de su despacho en la calle Ferraz es, básicamente, un descuido sentimental. Un 'regalo de cortesía personal' de un país que, curiosamente, prefiere quedar en el anonimato, como si fuera un admirador secreto con presupuesto de monarquía. El contraste es delicioso. Mientras el ciudadano medio se pelea con el recibo de la luz, el expresidente admite que aceptar tal tesoro 'puede ser' un error, pero que no tenía 'afán patrimonial'. Claro, porque guardar 1,3 millones de euros en joyas no es buscar dinero, es simplemente decorar la caja fuerte. La UDEF ya hizo el trabajo sucio de intervenir el botín, y ahora Zapatero se encomienda al juez José Luis Calama de la Audiencia Nacional para desgranar el misterio. Lo más brillante no es el diamante, sino la gimnasia mental sobre el código de buen gobierno que él mismo aprobó. Según el exmandatario, cumplir las normas es algo 'interpretable'. Una palabra maravillosa: 'interpretable'. Es la misma que usamos cuando llegamos tarde a una cena y decimos que el tráfico era 'impredecible'. Ahora, mientras se enfrenta a investigaciones por contrabando y defraudación a la Hacienda Pública en el marco del caso Plus Ultra, el exsecretario de Organización del PSOE nos pide paciencia. Dice que no filtrará nada y que se someterá a una pericial alternativa para discutir el valor de las joyas. Al final, la cortesía internacional sale muy cara, pero solo para quien no la recibe.
El Gobierno ha decidido jugar al Monopoly con la salud pública lanzando la propuesta de prohibir fumar en las terrazas justo ahora, que el país está a reventar de turistas. José Luis Álvarez Almeida, el presidente de Hostelería de España, no se ha guardado nada en COPE: ha calificado la medida como la 'canción del verano', esa melodía pegajosa y molesta que llega sin previo aviso y sin que nadie la haya pedido. La lógica es tan simple como un tique de cafetería: si echas al fumador de la mesa, el sujeto no dejará de fumar por arte de magia, sino que se mudará al portal del vecino o al soportal más cercano. En Asturias, con un clima que te obliga a buscar refugio hasta debajo de una piedra, el problema pasará de ser una molestia de terraza a una guerra civil en los rellanos. Mientras el Estado se siente virtuoso prohibiendo, ignora que España se quedaría como la oveja negra del turismo europeo, siendo el único gran destino junto a Suecia en aplicar este cepo. Con la previsión de recibir a 100 millones de turistas este año, el sector siente que el Gobierno ha elegido el camino más corto: prohibir en lugar de educar. Es el clásico movimiento de quien quiere limpiar la casa echando la basura al pasillo del vecino. Álvarez Almeida recuerda que la hostelería no es un hobby, sino un motor que sostiene el 7% del PIB y genera 2 millones de puestos de trabajo. Pedir respeto no es un capricho, es una necesidad cuando te intentan dinamitar la convivencia en plena temporada alta sin haber movido un dedo en campañas de sensibilización previas.
Mientras el ciudadano medio se pelea con la aplicación del banco para que no le cobren una comisión por respirar, en las altas esferas el dinero fluye con una elasticidad envidiable. La Audiencia Nacional ha vuelto a encender la luz sobre el rescate de Plus Ultra, y el escenario es el clásico juego de sillas donde nadie quiere sentarse. Julito, el testigo que no deja de soltar lastre ante el juez José Luis Calama, ha vuelto a poner el dedo en la llaga: José Luis Rodríguez Zapatero habría sido el lubricante social para que un préstamo de 53 millones de euros aterrizara en las cuentas de la aerolínea. Lo fascinante es la coreografía del poder. El 7 de septiembre de 2020, José Luis Escrivá —actual gobernador del Banco de España y entonces ministro de Seguridad Social— se sentó con Zapatero. Seis días después de que la compañía pidiera el rescate a la SEPI, ocurrió el milagro: la Seguridad Social decidió que la deuda de Plus Ultra podía esperar. Escrivá dice que no habló de aviones con el expresidente, pero que es 'compatible' que la empresa estuviera al día sin haber pagado. Una gimnasia mental digna de un circo romano. Pero el hambre de influencias no paró ahí. Los implicados buscaban desesperadamente a José Luis Ábalos, el jefe de los cielos, o en su defecto, a su 'mano derecha', Koldo García. Mientras tanto, Nadia Calviño y María Jesús Montero cocinaban el Fondo de apoyo a la solvencia de empresas estratégicas, aprobado el 21 de julio de 2020. Un mecanismo diseñado a medida para que los fondos llegaran a destino. La portavoz Elma Saiz se ha limitado a recitar el manual de instrucciones, asegurando que todo fue 'correcto' porque pasó por la SEPI, el Tribunal de Cuentas y la Comisión Europea. Claro, porque cuando el papel dice que todo está bien, la realidad es solo un detalle irrelevante.
En el manual de cortesía del Gobierno, parece que hay páginas que algunos medios simplemente no pueden leer. Elma Saiz, al mando del Ministerio de Seguridad Social, ha ejecutado una coreografía financiera donde la equidad es un concepto abstracto. Mientras el presupuesto de publicidad institucional fluye como un río caudaloso hacia los amigos de siempre, para OKDIARIO el grifo ha estado prácticamente cerrado. Hablamos de un reparto de 1,98 millones de euros en los últimos cinco años destinados a medios digitales, de los cuales este diario —que se pasea por el quinto puesto de lectura en España— solo ha visto 5.906 euros con IVA. Para que nos entendamos: es el 0,3% del total. Es como si el Gobierno organizara una cena para todo el barrio y a ti te dejaran solo una aceituna y un sorbo de agua. La ingeniería del desplante es quirúrgica. En 2022, entre campañas sobre el Ingreso Mínimo Vital y pensiones, se movieron millones; para OKDIARIO, el resultado fue un redondeo a cero. En 2023, hubo una pequeña distracción y soltaron los citados 5.906 euros en una campaña de autónomos, pero fue un desliz administrativo. En 2024, con la promoción de la función pública, volvimos al desierto: cero euros. Y ya llegamos a 2025, el año del silencio absoluto. A pesar de que el Ministerio gastó 1,5 millones en el Ingreso Mínimo Vital, destinando 337.656 euros a digitales, OKDIARIO volvió a quedar fuera de la lista de invitados. Mientras tanto, el Grupo Prisa se paseaba con más de 12 millones de euros en el bolsillo. Que la publicidad institucional sirva para informar sobre pensiones es la excusa oficial; que se use como un club privado de recompensas es la realidad de la calle.
Hay errores de cálculo que te dejan la cuenta corriente en rojo, y luego está el de Twentieth Century Fox con 'SpaceCamp'. Imagina gastar más pasta que en 'Top Gun', contratar a un jovencísimo Joaquin Phoenix (cuando aún se llamaba Leaf) y poner a John Williams a escribir la música, solo para que la realidad te pegue un bofetón en junio de 1986. El plan era vender una fantasía de niños aventureros en el US Space & Rocket Center de Alabama, un sitio donde Elon Musk y Chelsea Clinton aprendieron que el espacio es el patio de recreo definitivo. Todo iba sobre ruedas: un guion aprobado por la NASA donde el detonante es un fallo catastrófico en la plataforma de lanzamiento. Sí, la NASA firmó el visto bueno a una trama basada en un error garrafal. Irónico, ¿verdad? Pero el destino tiene un sentido del humor negro. En enero de 1986, el Challenger explotó a los 73 segundos del despegue, borrando del mapa a siete astronautas. De repente, una peli sobre niños que se cuelan en el Atlantis por culpa de un robot conserje llamado Jinx pasó de ser un 'hit' a ser un recordatorio incómodo de la tragedia. El director Harry Winer pensó que el público buscaría 'esperanza', pero la gente no quiere pagar una entrada para ver la versión Disney de un accidente real. El resultado fue un agujero financiero donde la cinta no recuperó ni la mitad de su presupuesto. El rodaje fue un calvario: lo que debía durar tres meses se alargó a seis, tanto que el equipo imprimió camisetas que decían 'SpaceCramp' (Calambre Espacial). Al final, la película terminó siendo un cascarón vacío que solo sirvió para que algunos niños se hicieran físicos, mientras que en taquilla fue el equivalente a lanzar un fajo de billetes a un agujero negro.
La humanidad tiene un don especial: inventar la herramienta para el suicidio colectivo y luego preguntar si es ético usarla mientras ya tienen el dedo en el gatillo. El 12 de junio de 2026 nos han soltado la bomba: los 'killer robots' ya no son una trama de ciencia ficción barata, sino una realidad en el campo de batalla. Se acabó el juego de los rumores; ya sabemos que la IA ha ejecutado soldados sin que ningún humano tuviera que cargar con la culpa moral de apretar el botón. Es el sueño húmedo de la guerra moderna: matar sin ensuciarse las manos ni mirar a los ojos. La lógica para prohibirlos es tan sencilla como la lista de la compra: si delegas la muerte en un algoritmo, el riesgo de que el software confunda un convoy de refugiados con un tanque es altísimo. Además, convertir la guerra en un videojuego donde el mando lo tiene una máquina le quita la dignidad al combatiente y crea un agujero legal donde nadie es responsable de la masacre. Es como si el coche se saltara un semáforo y el dueño culpara al GPS. Pero claro, mientras la ONU lleva más de una década intentando poner orden en el gallinero, los pesos pesados —India, Israel, Rusia y Estados Unidos— han hecho un muro de silencio y han vetado las discusiones. Es la hipocresía corporativa y estatal en estado puro: predicar la paz en los foros mientras se optimiza el código de exterminio. Lo más aterrador es que no hace falta un presupuesto de estado; con piezas baratas pedidas por internet y software de código abierto, cualquier adolescente con un mínimo de cultura digital podría montar su propia escuadra de ejecución autónoma. En Ucrania ya hemos visto el tráiler: los robots dominarán el tablero. Ahora solo queda decidir si queremos que un humano siga siendo el responsable de la tragedia o si preferimos que la muerte sea un proceso automatizado y eficiente.
Carl Sagan no tenía una bola de cristal, pero tenía algo mucho más peligroso para el status quo: sentido común. En su obra 'The Demon-Haunted World: Science as a candle in the dark', publicada en 1995, el astrónomo no escribió un libro de ciencia, sino un manual de supervivencia para no dejarse timar por el primer charlatán de turno. Es fascinante y aterrador leerlo hoy. Sagan predijo una América convertida en economía de servicios, con la industria desterrada a otros países y un puñado de privilegiados manejando un poder tecnológico que el ciudadano medio no entiende ni de lejos. Básicamente, describió nuestro presente como quien lee el ticket de una compra que no recuerda haber hecho. Mientras nosotros nos peleamos en hilos de Twitter o consultamos el horóscopo para ver si el lunes será un desastre, Sagan nos advirtió que, al perder la capacidad crítica, deslizaríamosnos hacia la superstición. Es el equivalente intelectual a que tu abuelo te dijera que no compraras aquel coche usado con el motor echando humo; nosotros no escuchamos y ahora estamos atrapados en el atasco de la desinformación. El autor no se dedica a humillar al ingenuo, sino a dinamitar la mentira. Lo hace con una elegancia que hace que cualquier redactor actual parezca un niño escribiendo con crayones. Aunque algunos datos científicos de hace casi tres décadas hayan quedado obsoletos —como quien guarda un Nokia 3310 en la era del 5G—, la metodología sigue intacta. Su famoso 'baloney detection kit' (kit de detección de tonterías) es la herramienta definitiva para filtrar la basura informativa. En un mundo polarizado y visceral, la calidez de Sagan es un soplo de aire fresco: no está enfadado con nosotros por ser crédulos, simplemente está decepcionado de que hayamos dejado que la vela de la razón se apague por pura pereza mental.
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Alex Carmona