Crítica:
El texto original es una oda sentimental que roza la hagiografía. Se pierde demasiado tiempo alabando la prosa de Sagan y poco analizando ejemplos actuales de esa 'oscuridad' que menciona.
El texto original es una oda sentimental que roza la hagiografía. Se pierde demasiado tiempo alabando la prosa de Sagan y poco analizando ejemplos actuales de esa 'oscuridad' que menciona.
Mientras nosotros seguimos peleándonos por el precio del alquiler o el último tironazo de la factura de la luz, el Dr. Daniel Whiteson, físico del CERN y profesor de UC Irvine, nos sugiere que podríamos tener a un alienígena sentado en el regazo. Sí, así de literal. En el episodio 216 de 'This Week In Space', Rod Pyle y Tariq Malik se sumergen en la teoría de que las inteligencias extraterrestres no vienen de Marte en platillos voladores, sino que habitan el universo de la energía oscura, invisibles y probablemente burlándose de nuestra incapacidad para entender una matemática que no sea la de los impuestos. Pero la realidad terrenal es siempre más prosaica y costosa. Mientras Whiteson especula sobre dimensiones paralelas, la NASA sigue jugando al escondite con Boeing, sin saber exactamente cuándo volverá a volar la Starliner. Es el clásico drama de 'compré un coche y no arranca', pero con presupuestos astronómicos. Para colmo, la agencia se ha gastado 30 millones de dólares en una misión de rescate para el telescopio Swift; un sablazo considerable para evitar que un cacharro viejo caiga al vacío, dejándonos la duda de si es una inversión brillante o simplemente tirar el dinero en un agujero negro contable. Entre el carbono complejo que el rover Perseverance ha encontrado en Marte y la posibilidad de que estemos rodeados de fantasmas energéticos, el capitalismo espacial no descansa. Para los que no pueden permitirse un viaje a la Luna, Estes ha lanzado una maqueta del Falcon 9 por 149,99 dólares. Porque nada dice 'exploración interplanetaria' como un juguete de plástico caro que puedes comprar con un código de descuento en collectSPACE.com mientras esperas a que Boeing se decida a despegar.
Subirse a un avión es como entrar en un congelador industrial donde pagaste la entrada. Te pasas el vuelo peleando con una manta de plástico que no calienta ni un calcetín, mientras los auxiliares de vuelo desfilan con chaquetas que harían envidia a un esquimal en pleno julio en Miami. Pero no es que el piloto tenga un fetiche con el frío; es pura ingeniería de supervivencia para que no te desmayes antes de llegar al destino. El 'punto dulce' de la cabina está entre los 70 y 75 grados, pero como la humedad es un desierto absoluto (apenas un 10 a 20 por ciento para que el fuselaje no se oxide), sientes que el aire te corta la cara. La realidad es que, a una presión simulada de entre 6.000 y 8.000 pies, tu cuerpo recibe un 25% menos de oxígeno que a nivel del mar. Si subieran la calefacción, tu corazón se aceleraría buscando aire y terminarías haciendo un 'fainting' en el pasillo, especialmente en los vuelos nocturnos donde la gente despierta más desorientada que un turista sin Google Maps. El aire gélido es el truco para mantenerte alerta y estabilizar tu oxígeno. Además, con 200 personas sudando hombro con hombro, el calor colectivo convertiría la cabina en una sauna humana. Mientras que en Airbus los auxiliares tienen pantallas táctiles para jugar con la temperatura, en Boeing los pilotos usan mandos rotatorios rudimentarios desde la cabina, básicamente calculando el clima a ojo. Si no quieres terminar como un polo, huye de las filas de salida y de las ventanas, donde el frío se cuela por los sellos como si no hubiera mañana. Y ni te acerques a los galleys, que son el Polo Norte del avión debido a las unidades de refrigeración de la comida.
En el cosmos, como en la vida, hay quien nace con una cuchara de plata y quien llega a la fiesta ya con la jubilación concedida. El sistema Sirius es el ejemplo perfecto de esta injusticia biológica estelar. Tenemos a Sirius A, un gigante azul que brilla 25 veces más que nuestro Sol y presume de una masa que dobla la solar. Es el joven promesa, el 'influencer' del espacio que cree que tiene todo el tiempo del mundo, aunque los astrónomos le den una esperanza de vida de apenas 1.000 millones de años. Al lado, en el mismo vecindario, está Sirius B. A simple vista, parece un abuelo centenario porque es una enana blanca, el residuo inerte de una estrella que ya pasó por el aro. Aquí es donde entra la trampa: Sirius B no es vieja por calendario, sino por ritmo de vida. Mientras que el Sol es el funcionario que llega a los 10.000 millones de años con un ritmo pausado, la progenitora de Sirius B era una 'estrellona' de unas 5 masas solares. Imagínatelo como alguien que se gasta el sueldo de todo un mes en una sola noche de fiesta. Por tener más masa, Sirius B quemó su hidrógeno en unos 100 millones de años, acelerando su metabolismo hasta quedar reducida a un núcleo brillante. Al final, resulta que todo el sistema tiene apenas 250 millones de años. No es que Sirius B sea miles de millones de años mayor, es que vivió a ritmo de Ferrari mientras Sirius A va en un coche de alquiler. Una lección de humildad cósmica: tener más masa no es signo de longevidad, sino la vía rápida hacia el retiro anticipado.
Hacer un viaje interplanetario no es barato, y la NASA sabe que no puede permitirse un 'viaje en blanco'. La sonda Psyche, que tiene como destino final una roca metálica llamada 16 Psyche en 2029, decidió aprovechar que pasaba por el barrio de Marte en mayo para hacer un 'stopover' gravitatorio. Es como cuando aprovechas un viaje de trabajo a Madrid para visitar a un primo en Guadalajara: no es el objetivo, pero ya que estás ahí, sacas el móvil y haces unas fotos. Mientras nosotros peleamos con la tarifa de luz, la Psyche utilizó la gravedad marciana para ganar impulso, un truco de billar cósmico para ahorrar combustible en su travesía de 2.200 millones de millas. No se fue con las manos vacías. A una distancia de 2.864 millas —lo que en tierra sería un salto entre ciudades, pero en el vacío es un roce peligroso—, la sonda desplegó sus cámaras para capturar cráteres y el casquete polar. Jim Bell, de la Arizona State University, presume de que el equipo funcionó 'brillantemente'. Claro, es fácil decir que todo va bien cuando tienes un presupuesto que haría palidecer a cualquier ayuntamiento de pueblo. Pero no todo fueron selfies espaciales. David Lawrence y su equipo pusieron a prueba el espectrómetro de neutrones y rayos gamma, buscando señales químicas como quien busca una oferta de 2x1 en el súper. También aprovecharon para fichar a las lunas Fobos y Deimos, preparando el terreno para buscar 'lunas diminutas' en el asteroide. Lindy Elkins-Tanton, de la UC Berkeley, admite con una honestidad refrescante que no esperaban 'grandes descubrimientos' porque Marte ya está más estudiado que un examen de selectividad, pero hey, los datos complementan la ciencia. Ahora, la Psyche sigue su camino, esperando que el sistema de propulsión solar eléctrica arranque este año sin que alguien haya dejado el coche mal aparcado en la órbita.
Mientras que en el mundo humano hay padres que desaparecen más rápido que el sueldo el día uno, en la naturaleza existen unos ejemplares que se toman la crianza como una religión. Olvídate del oso grizzly o el león, que básicamente aplican la de 'yo pongo el ADN y me voy al bar'; aquí hablamos de una entrega que haría palidecer a cualquier influencer de la paternidad consciente. Empecemos por el caballito de mar, el auténtico MVP. No es que ayude en casa, es que se queda embarazado. Su bolsa incubadora funciona como una placenta real, regulando la salinidad y nutrientes durante dos a cuatro semanas. El problema es que la escala es industrial: pueden soltar hasta 2.000 crías, aunque solo una de cada 200 sobrevive. Es como lanzar un currículum a 2.000 empresas esperando que una sola no te ignore. Luego están los ingenieros: el insecto gigante del agua y el pez espinoso tres bandas. El primero usa un pegamento proteico para llevar los huevos a cuestas, mientras que el pez usa 'spiggin' (básicamente pegamento de riñón) para montar un búnker de algas adaptado a la química del agua. Un nivel de detalle arquitectónico que envidiaría cualquier reformista de interiores. En el terreno terrestre, el ñandú greater (Rhea americana) es el amo del hogar: incuba y cría solo, mientras que el arapaimá del Amazonas convierte su boca en un refugio móvil para sus miles de crías. Y para cerrar, los titíes león dorado, que pasaron de estar críticamente amenazados hasta 2003 a recuperarse gracias a que los científicos del Smithsonian entendieron que el padre es el profesor jefe de supervivencia. Sin el viejo enseñando dónde se duerme y qué no se come, el proyecto de reintroducción en Brasil habría sido un fracaso rotundo.
En un mundo donde dejar que un niño aprenda a nadar sin flotadores es motivo de demanda judicial, la naturaleza en el McMurdo Sound de la Antártida juega a otra liga. Mientras nosotros nos peleamos por el precio de la leche en el súper, una madre de foca Weddell (Leptonychotes weddellii) se pega un sablazo biológico digno de un atraco: pierde unos 136 kilos (300 libras) en menos de dos meses para que su cría no pase hambre. No es dieta, es ingeniería de supervivencia pura. La Dra. Kaitlin Allen, del Woods Hole Oceanographic Institution (WHOI), y su equipo no tuvieron el camino fácil. Olvidaos de los directos de Instagram; aquí la tecnología es lanzar una GoPro al vacío y rezar para que, al conectar el dispositivo al portátil, haya algo más que agua turbia. El resultado, capturado en 2015 bajo los permisos NMFS #19439 y ACA #2016-005, es una joya de la etología. Lo disruptivo no es que la foca nade, sino que la madre le da clases particulares. En la mayoría de los mamíferos marinos, el aprendizaje es un 'arréglatelas solo', pero aquí hay pedagogía. La madre espera en el agua, obligando al pequeño a aguantar la respiración y a localizar el agujero de aire entre el hielo grueso, usando los dientes para rascar la superficie y no resbalar como quien intenta subir una escalera con zapatos de aceite. El verdadero misterio, el que Allen está diseccionando, es el traspaso de hierro. La madre vacía sus reservas para que el cachorro pueda aguantar la respiración más de una hora. Si un humano hiciera esa transferencia de hierro, terminaría en urgencias con una anemia severa, pero para estas focas es el precio de la entrada para sobrevivir en el rincón más frío del planeta.
Hay gente que gasta sus fines de semana en el karaoke o puliendo el coche; Foxfeather Zenkova, en cambio, prefiere transformarse en lo que ella llama la 'Ugly Mom' (Madre Fea). No es un fetiche extraño ni una broma de mal gusto, sino una maniobra de supervivencia para que las grullas canadas (Antigone canadensis) no confundan a un ser humano con un compañero de baile. En Minnesota, Zenkova, ornitóloga y mente detrás de Vulture Conservancy y Foxfeather and the Foxloft, se enfunda en un disfraz de plumas sintéticas que haría palidecer a cualquier disfraz de carnaval barato. El objetivo es evitar el 'imprinting', ese fenómeno donde el polluelo se pega al cuidador como si fuera un chicle, condenándose a una vida de inadaptación social en el mundo salvaje. Mientras nosotros nos quejamos de que el aire acondicionado no llega al salón, Zenkova se funde bajo el sol de un verano inusualmente caluroso en Minnesota, caminando kilómetros con el disfraz puesto para que los polluelos, que crecen hasta una pulgada por día, no pierdan el ritmo. Actualmente, su clínica alberga a cuatro huérfanos y espera a un quinto. ¿La causa? El habitual descuido humano: padres atropellados por coches que dejan a sus crías a la deriva. Estas aves, que alcanzan los cuatro pies de altura y una envergadura de siete pies, poseen una inteligencia y memoria que harían quedar a muchos políticos como aficionados. Para evitar que el ave se enamore de una mano humana, Zenkova usa marionetas y espejos, transformando la rehabilitación en una obra de teatro surrealista donde el premio final es que el ave olvide por completo que la 'Madre Fea' existió antes de su liberación en otoño.
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