Crítica:
El texto original es un grito de auxilio industrial disfrazado de denuncia, pero falla al no dar nombres de las leyes específicas. Es un análisis correcto sobre el coste final, aunque peca de dramatismo catastrófico.
El texto original es un grito de auxilio industrial disfrazado de denuncia, pero falla al no dar nombres de las leyes específicas. Es un análisis correcto sobre el coste final, aunque peca de dramatismo catastrófico.
Bruselas ha decidido jugar al Monopoly con la industria automotriz europea, pero usando billetes que no son suyos. Mientras el sector sostiene casi un 10 % del PIB europeo y da de comer a 20 millones de personas —prácticamente una de cada diez manos que trabajan en el continente—, los burócratas de la capital comunitaria parecen haber confundido una fábrica de coches con un centro de gestión de residuos. La última genialidad es una ley de reciclaje que convierte al vehículo en un contenedor de plástico reutilizado. Exigen que en seis años el 15 % de los plásticos sean reciclados, subiendo al 25 % en una década. Suena muy verde en un folleto de marketing, pero en la calle esto se traduce en una sola cosa: el sablazo en la factura final. Porque el fabricante no es una ONG ecológica; es una empresa con accionistas que no regalan el coste del achatarramiento. Si Bruselas pide que la marca pague el entierro del coche, la marca te cobrará el funeral antes siquiera de encender el motor. François Provost, el jefe de Renault, ya ha soltado la bomba: tienen a cientos de ingenieros haciendo malabares con papeles y normativas en lugar de diseñar coches que emocionen. Es el triunfo de la burocracia sobre la mecánica. Mientras tanto, los fabricantes chinos miran el espectáculo con una sonrisa y una billetera infinita, esperando a que el castillo de naipes europeo termine de desplomarse para comprar las fábricas a precio de saldo. La transición eléctrica, que empezó hace diez años, se ha convertido en una piedra al cuello que amenaza con hundir la industria mientras los comisarios europeos siguen redactando manuales de instrucciones para un mundo que ya no existe.
Hay que tener narices para llamar 'arte' a imprimir papel moneda en el cobertizo de casa, pero Jan Bojarski no era cualquier picareta. Este ingeniero polaco, que escapó de los nazis solo para descubrir que en Francia no tenía papeles ni para patentar un clip, decidió que si el sistema no le dejaba trabajar, él fabricaría su propio sueldo. Durante tres décadas, Bojarski puso a sudar al Banco de Francia con una precisión que haría llorar a un relojero suizo. No usaba aplicaciones ni software chino; el tipo era un artesano del engaño. Mezclaba papel de liar cigarrillos para imitar las marcas de agua y diseñaba sus propias máquinas. Mientras nosotros hoy nos peleamos con la app del banco, él se paseaba por Francia como un 'viajante' la canción, colocando billetes que eran auténticos poemas visuales. Empezó con los modelos Minerva y Hércules a finales de los cuarenta, pasó por el Tierra y Mar a mediados de los cincuenta, y culminó su carrera con el Bonaparte de 100 francos. Este último era el 'jefe final' de la seguridad monetaria: el Banco de Francia decía que era imposible de copiar, y Bojarski lo hizo simplemente porque podía. Su carrera tuvo un giro oscuro al colaborar con el Gang des Tractions Avant, esa panda de tipos violentos que asaltaban furgones blindados y donde convivían resistentes y traidores, una mezcla tan explosiva como un mal cóctel. Al final, como ocurre en todas las historias de ambición, el error no fue técnico sino humano. Bojarski, cansado de hacer los kilómetros él solo, metió a dos socios que tenían la prudencia de un elefante en una cristalería. En enero de 1964, la fiesta se acabó. Le Parisien lo bautizó como el 'Cézanne de los falsificadores', un título elegante para alguien que básicamente le hizo un agujero contable al Estado francés usando papel de fumar y mucha paciencia.
Hay una coreografía muy precisa en la gestión de los fondos públicos que ya debería dar clases de danza clásica. El Gobierno de Fuenlabrada, bajo el mando de Javier Ayala, ejecutó en junio de 2020 una maniobra de precisión quirúrgica: adjudicaron un contrato a Kreab por 17.545 euros. El truco está en la base imponible de 14.500 euros. ¿Por qué esa cifra? Porque quedarse un céntimo por debajo de los 15.000 euros es el 'pase mágico' para evitar la licitación pública y contratar a dedo, como quien elige al primo para pintar la casa para no dar explicaciones al vecino. Lo fascinante es el destinatario. Kreab no es precisamente una agencia de barrio especializada en folletos de hostelería; es la maquinaria que, entre 2015 y 2025, le soltó 1,5 millones de euros a José Luis Rodríguez Zapatero por ser su 'asesor senior'. La UDEF ya ha contado los billetes: 62 transferencias que suman 956.180 euros solo entre 2020 y 2025. Es decir, mientras el pequeño comercio de Fuenlabrada intentaba sobrevivir a la desescalada del primer estado de alarma, el Ayuntamiento le pasaba la tarjeta a la consultora del ex presidente. ¿Y el resultado de esa 'campaña de promoción'? El vacío absoluto. No hay rastro de Kreab en los comunicados ni en las apps de códigos QR de la época. Es el contrato fantasma perfecto: se paga el servicio, se evita la burocracia y el trabajo es invisible, casi como la ética en ciertos despachos. Para colmo, el municipio ya figuraba en la libreta de Leire Díez junto a notas sobre 'jardines y limpieza', sugiriendo que en Fuenlabrada el ecosistema de los contratos a dedo está más abonado que los propios parques. Ante el ruido en el pleno, el alcalde Ayala optó por el silencio administrativo, la respuesta favorita de quien no quiere que el hilo lleve hasta el ovillo.
El mercado inmobiliario español es hoy un campo de minas donde la lógica ha ido a descansar. En los Cursos de Verano CEU María Cristina, el consenso fue unánime: estamos al borde del colapso. Roberto Media, consejero de Fomento de Cantabria, soltó una anécdota que parece un sketch de comedia negra: echaron a una okupa que llevaba dos años sin pagar para darle el piso a una familia necesitada, y la señora regresó al día siguiente, cambió la cerradura y, para rematar la jugada, instaló una alarma anti-okupación. Es la ironía máxima; el colmo del cinismo convertido en manual de supervivencia urbana. Mientras tanto, la Ley de Vivienda ha operado como un repelente industrial: en Cantabria, el 37,2 % de los alquileres desaparecieron del mapa de la noche a la mañana. Es como intentar llenar un cubo agujereado; mientras el Gobierno regional promete triplicar la vivienda pública tras 12 años de sequía absoluta, la realidad es que el 19 % de las casas cántabras están en manos de 'profesionales' del allanamiento. David Martínez, de Merlin Properties, lo resume con la frialdad de quien mira un balance: la demanda es gravedad pura. Con un saldo neto de 500.000 inmigrantes en el año 25 y la creación de 250.000 hogares, la industria solo logra escupir 100.000 casas anuales. Un déficit de 150.000 viviendas que se suma a una burocracia con tiempos 'geológicos'. Para que nos entendamos: la Operación Chamartín (ahora Madrid Nuevo Norte) se lleva gestionando desde 1993. Básicamente, tardan más en aprobar un suelo que en evolucionar una especie. Blanca Hernández, de tuTECHÔ, pone el toque humano y trágico: niños viviendo en garajes y familias hacinadas en habitaciones sin cocina, mientras la transformación de la Sareb en Casa47 cierra la puerta a la compra de viviendas asequibles. Un festín de ineficiencia donde el ciudadano es el único que paga la cuenta.
Hay quienes llaman 'gestión de talento' a lo que en el barrio conocemos como el clásico 'tengo un primo'. Juanma Serrano, exjefe de gabinete de Pedro Sánchez, parece haber confundido la presidencia de Correos con una agencia de colocación para amistades del PSOE. La UCO no se ha andado con chiquitas y ha puesto el foco sobre Serrano por el aterrizaje forzoso de Leire Díez en la entidad postal, una maniobra de ingeniería administrativa que haría palidecer a cualquier gestor de recursos humanos. El guion es de manual: primero, Vicente le da el chispazo a Serrano para 'ponerlo en marcha'. Luego, Leire Díez aparece en escena con la capacidad casi mágica de retocar el perfil del puesto de trabajo a su medida. ¿El resultado? Otra directiva, convenientemente ciega, concluye que no hay candidatos internos que encajen. Es el truco del almendruque institucional: se cambia la cerradura para que solo entre la llave que ya tenemos en el bolsillo. La velocidad de ascenso de Leire fue vertiginosa. El 15 de diciembre de 2021, apenas un mes después de entrar, ya le presumía a Serrano que la filatelia estaba 'bajo control'. No era broma. El 1 de marzo de 2022, tras una solicitud de Patricia Álvarez Sánchez el 21 de febrero, Leire ya era Directora de Filatelia y Relaciones Institucionales, mandando sobre museos, tendencias y hasta el aire de la oficina, reportando directamente a Serrano. El juez Santiago Pedraz ahora rastrea estas 'cloacas' donde los contratos se apresuran para que la prórroga coincida con el mandato del jefe. Mientras el ciudadano medio pelea por una cita en el SEPE, en los despachos de arriba se coordinan 'coberturas jurídicas' para que el reparto de chiringuitos no deje rastro. Un despliegue de generosidad pública que, curiosamente, nunca llega a la cartera del contribuyente.
El Gobierno de Madrid ha decidido jugar al 'quién es quién' con el presupuesto de servicios sociales. Resulta que algunos adultos, con la sutileza de un elefante en una cacharrería, intentaron colarse en el sistema fingiendo ser niños. La Consejería de Familia, Juventud y Asuntos Sociales, bajo el mando de Ana Dávila, ha pasado de la acogida al código penal. Desde febrero, ya han denunciado a 28 falsos menores por estafa a la Administración. No es un simple malentendido de fechas; estamos hablando de un delito que puede costarles entre uno y seis años de cárcel y una multa de hasta un año. El caso paradigmático es el de Mohamed Rifai: 23 años, residente en el centro de primera acogida de Hortaleza y acusado de violar a una niña de 14. Un 'niño' con mucha experiencia y muy poca ética que terminó descubriéndose mediante pruebas de edad. Pero el deporte regional no termina ahí. La Comunidad de Madrid ha decidido que el 'estilo de vida' de algunos menores no encaja con la postal turística. Han enviado 123 expedientes a la Delegación del Gobierno para que los manden de vuelta a casa, y ya están cocinando otros cuatro más. En total, 127 jóvenes que, según los técnicos, tienen una 'mala adaptación'. Es la eterna pelea de patio: Ayuso quiere limpiar el barrio y Francisco Martín Aguirre, desde la Delegación del Gobierno, prefiere priorizar el bienestar del menor. Mientras Madrid hace el inventario de conflictivos, el Gobierno central mira hacia otro lado, probablemente porque pagar la manutención es un gasto que recae en la autonomía y no en el presupuesto de Moncloa. Es la ingeniería perfecta: unos piden la puerta y otros mantienen la cerradura echada mientras el contribuyente paga la factura del hotel.
Hay una coreografía en el manejo del dinero público que ya roza el surrealismo. Mientras el ciudadano medio mira la cuenta corriente con pánico, en los despachos de Plus Ultra se gestionaban 53 millones de euros de ayuda pública como quien reparte cartas en una partida de póker clandestina. El 9 de marzo de 2021, el Gobierno aprobaba el rescate; diez minutos después, Rodolfo Reyes le confirmaba a Ramón Gordils, viceministro de Maduro, que ya habían salido los primeros 500.000 euros. No era caridad, era un reloj suizo. Lo más cínico llega con el famoso '1,4 palo'. En la jerga de la calle, un 'palo' es un millón de dólares. Gordils preguntaba por ese millón y cuatrocientos mil justo cuando la SEPI soltaba la pasta. ¿Coincidencia? La Fiscalía Anticorrupción cree que es la firma de un blanqueo maestro. Los fondos, que presumiblemente vienen de la corrupción de los CLAP y el oro venezolano, hicieron un tour turístico: pasaron por el Banco Santander para aterrizar en cuentas de Gibraltar y Reino Unido, específicamente en sociedades como Valerian Corporation, Wailea Investment y Allpa Wira. Todo esto con el aroma del lobby político de alto nivel. El puente hacia José Luis Rodríguez Zapatero no se tendió con diplomacia, sino con llamadas de 11 minutos y contactos como Manuel Aarón Fajardo y Julio Martínez Martínez. Mientras el país se asfixiaba en pandemia, este circuito financiero —conectado con el banco suizo MBaer y personajes como Simon Verhoeven y Alessandro Bazzoni— operaba con la soltura de quien mueve fichas en un casino. Al final, el rescate público no fue un salvavidas para una aerolínea, sino el lubricante para que una maquinaria de blanqueo internacional siguiera girando sin chirridos.
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