Roman sarcophagus inside Westminster Abbey originally held a different body

Reciclaje romano: el 'okupa' de Westminster

cultura Una ilustración conceptual y satírica de un sarcófago romano de piedra caliza antiguo que tiene una pegatina moderna de 'Segunda Mano' o 'Reciclado' pegada en el lateral. El sarcófago está en una catedral gótica oscura con luz cenital dramática. Estilo artístico de caricatura editorial sofisticada, con contrastes fuertes entre la piedra antigua y un elemento anacrónico.

La historia nos enseña que el reciclaje no nació con las bolsas de plástico ni con el postureo ecológico del siglo XXI. En la Abadía de Westminster, hace siglos, alguien decidió que comprar un ataúd nuevo era un gasto superfluo y optó por el 'segundamano' de lujo. Resulta que un sarcófago de piedra caliza del siglo IV, diseñado originalmente para un tal Valerius Amandinus —un ricachón local de la época romana—, terminó sirviendo de dormitorio eterno para alguien que llegó unos 700 años más tarde.

Básicamente, le hicieron un 'squatting' funerario a un romano. La confusión empezó en 1820, cuando unos obreros, con la delicadeza de un elefante en una cristalería, reventaron la tapa en seis pedazos. Para cuando los arqueólogos pudieron recomponer el puzle en 1869, se encontraron con una paradoja: el nombre de Amandinus abajo y una cruz latina medieval arriba.

Es como comprar un iPhone usado y que el dueño anterior haya dejado su nombre grabado en el chasis, pero tú le pegues una pegatina de tu equipo de fútbol. Gracias al carbono 14 y a un análisis óseo que deja en ridículo la teoría del siglo XIX sobre un 'joven robusto', Warwick Rodwell y su equipo han reducido la lista de sospechosos a dos monjes benedictinos de alta alcurnia: Aelfwig (fallecido hacia 1020) o Wulnoth (muerto en 1049).

El ocupante medía unos 1,75 metros y tenía entre 35 y 49 años. Rodwell apuesta por Aelfwig, probablemente porque ya estaba en la plantilla de la Abadía. El proceso fue sencillo: metieron el ataúd de madera del monje dentro de la piedra romana, sellaron la tapa y se olvidaron del dueño original.

Una ingeniería financiera del descanso eterno donde el prestigio del material importaba más que la propiedad privada del difunto.

Crítica:

La noticia es un ejercicio de paciencia arqueológica, pero el texto original peca de ser demasiado cauteloso. Le falta resaltar la ironía de que un monumento al ego romano terminara siendo el armario de un monje medieval.

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