Parece que el destino está escrito en el ADN, y no solo para nosotros, sino también para las piedras gigantes que flotan en el vacío. Un equipo liderado por el Instituto Nacional de Astrofísica (INAF) se ha puesto a hacer el árbol genealógico de la Vía Láctea, analizando 300 de los sistemas multiplanetarios mejor comprendidos de los más de 1.000 descubiertos hasta ahora.
El resultado es un bofetón de realidad cósmica: hay dos 'familias' y, dependiendo de en cuál nazcas, tu futuro es una piscina tranquila o un juego de billar violento.
Por un lado, tenemos a los 'pesos pesados'. Sistemas masivos, con una masa total entre 2 y 10 veces la de nuestro sistema solar.
Orbitan estrellas más grandes que el Sol pero con menos 'metales' (que para los astrónomos es cualquier cosa que no sea hidrógeno o helio). Aquí la vida es un caos; nacen demasiado grandes, se pelean por el espacio y terminan en colisiones brutales o expulsiones orbitales. Es como intentar meter a diez personas obesas en un coche compacto: alguien va a acabar saliendo por la ventanilla.
Luego están los 'guisantes en una vaina'.
Sistemas compactos, modestos, con planetas de tamaños similares que orbitan estrellas como la nuestra, pero mucho más pegados que Mercurio al Sol. Aquí hay orden, estabilidad y poca pelea.
Diego Turrini y Camilla Danielski, de la Universidad de Valencia, dejan claro que no es un espejismo tecnológico.
La naturaleza de la estrella madre es el 'sablazo' inicial que decide si el sistema será un refugio habitable o una zona de guerra gravitatoria. El estudio, publicado el 13 de octubre en Nature Astronomy, nos dice que buscar vida es, básicamente, buscar familias que no se hayan dedicado a dinamitarse entre sí desde el primer día.
Crítica:
La noticia es un ejercicio de simplificación brillante, aunque peca de optimismo al no profundizar en cuántos de esos sistemas 'estables' son realmente habitables. El enfoque genealógico es un gran gancho, pero el dato de los 'metales' podría confundir a cualquiera que no sea astrofísico.
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