Crítica:
El estudio es fascinante pero se apoya en una muestra ridículamente pequeña de 87 cráneos para cuestionar millones de años de dogma. Es una tesis provocadora que confunde 'ausencia de evidencia' con 'evidencia de ausencia'.
El estudio es fascinante pero se apoya en una muestra ridículamente pequeña de 87 cráneos para cuestionar millones de años de dogma. Es una tesis provocadora que confunde 'ausencia de evidencia' con 'evidencia de ausencia'.
La ciencia tiene esa manía de prometernos el futuro mientras nos vende gato por liebre. El caso más reciente es Colossal Biosciences, una firma de biotecnología que salió a presumir en 2024 que habían 'desextinguido' al lobo gigante. Nos presentaron a Romulus, Remus (nacidos el 1 de octubre de 2024) y a Khaleesi (30 de enero de 2025). Suena a milagro, pero si rascas un poco la pintura, el engaño es evidente: solo editaron 14 genes de los 19,000 que tiene un lobo gris. Es decir, han modificado el 0.073% del ADN. En lenguaje de calle: no han traído de vuelta a una especie extinta hace 10,000 años, sino que han puesto a un lobo gris común con un abrigo blanco y un par de kilos extra. Es como tunear un Seat Ibiza y decir que has fabricado un Ferrari desde cero. Ahora, saltemos al plato fuerte: los neandertales. La pregunta es la misma, pero la respuesta es un 'ni de broma'. Para clonar a alguien, como hicieron con la oveja Dolly en 1996 en la Universidad de Edimburgo, necesitas un núcleo celular intacto. El ADN es duro, pero no es eterno; después de decenas de miles de años enterrado, el código genético está más roto que un contrato de alquiler en crisis. Aunque el Proyecto Genoma Humano (que terminó formalmente en 2003 y cerró el mapa del cromosoma Y en 2023) nos haya dado la hoja de ruta, no tenemos la 'pieza original' sin daños. Además, está la hipocresía ética. Queremos jugar a ser Dios por curiosidad científica, ignorando que la tasa de mortalidad de los clones es altísima y que los supervivientes suelen venir con fallos de fábrica. Traer a un neandertal solo para que sea la atracción de un circo genético o el experimento de un laboratorio es, sencillamente, una crueldad con presupuesto público o privado.
Nos han vendido el cuento de que somos la cima de la creación porque somos los más listos, que nuestro cerebro creció como quien sube de nivel en un videojuego para dominar el mundo. Pero llega Katerina Harvati, de la Universidad de Tübingen, y nos pega un baño de realidad: puede que nuestro cráneo sea más grande simplemente por pura chiripa. Harvati y Mark Hubbe, de la Universidad de Tennessee, se pusieron a analizar 87 cráneos de homínidos —desde el Homo habilis y el Homo erectus hasta los Neandertales y nosotros, los Homo sapiens—. El resultado es un golpe al ego colectivo. Durante los últimos 2 millones de años, el cerebro no creció porque la selección natural premiara la inteligencia, sino que parece que el sistema simplemente 'dejó de frenar'. Es como si el presupuesto del cerebro hubiera estado congelado por la administración y, de repente, alguien abriera el grifo sin una razón clara. El modelo matemático descartó la idea de que ser más listo fuera la ventaja competitiva. En su lugar, los datos apuntan a una 'evolución neutral'. Básicamente, mutaciones al azar que se fueron acumulando, como quien añade trastos a un trastero sin planear el espacio. Mientras tanto, las caras se aplanaron y las mandíbulas se encogieron, siguiendo un ritmo similar de desidia evolutiva. ¿Y la energía para alimentar semejante maquinaria? Aquí entra el truco: cocinar. Harvati sugiere que aprender a cocinar fue el 'bono calorías' que permitió que el cerebro creciera sin que el cuerpo colapsara por el gasto energético. Como dice Gerhard Weber de la Universidad de Viena, en una sociedad primitiva donde ya había división del trabajo, ser un genio no te daba necesariamente más ventaja que saber rastrear un animal. Al final, resulta que nuestra supuesta superioridad cognitiva podría ser el resultado de un accidente administrativo de la naturaleza.
Olvídate de las películas de mafiosos arreglando finales de copa con maletines llenos de billetes; el crimen deportivo se ha vuelto microscópico y mucho más cínico. Ahora la jugada maestra no es perder el partido, sino 'vender' una tarjeta amarilla. Elye Wahi, delantero del Nice, ha aterrizado en el ojo del huracán tras ser arrestado por presunto 'spot-fixing' antes de la Copa del Mundo. ¿Su pecado? Una entrada torpe, una tarjeta amarilla y un posible premio gordo para alguien que apostó a que Wahi vería la cartulina. Mientras nosotros peleamos con la inflación en la compra del súper, hay quien hace caja monetizando un tropiezo calculado. La Ligue de Football Professionnel (LFP) no es tonta y detectó patrones de apuestas sospechosos que hacen que el juego parezca un guion escrito. Esto es el 'spot-fixing': manipular micro-eventos que no alteran el resultado final (el partido acabó 0-0), pero que disparan los pagos en las apps de apuestas. Es la ingeniería financiera aplicada al césped. El problema es que hoy todo se mide: desde cuántos toques tiene un delantero hasta cuántas bolas lanza un pitcher. Las empresas de datos venden esta información a los bookmakers, y plataformas como Polymarket o Kalshi, que se disfrazan de 'mercados de predicción' para esquivar la regulación del juego, han convertido el deporte en un casino de alta precisión. Chris Kronow Rasmussen, experto danés en integridad, lo ha dejado claro: esto pasa en cada continente y en cada deporte. Si no hemos pillado a alguien en cierta disciplina, no es porque sean santos, es porque no tenemos el software para cazarlos. Desde Australia, donde tres jugadores ya cayeron por amarillas deliberadas, hasta la Premier League, donde las investigaciones duran dos años y los sospechosos suelen salir libres. El deporte ya no es una competición, es un Excel donde algunos jugadores venden sus errores al mejor postor.
En un mundo donde comprar un libro físico ya parece un acto de resistencia arqueológica, llega una lista de lecturas que prometen sacarnos del letargo. A la cabeza, M. John Harrison nos encaja 'The End of Everything'. Es una novela que, en longitud, se queda corta comparada con un manual de instrucciones de microondas, pero que tiene la potencia de un golpe seco en la nuca. Phillip y su abuela Marnie sobreviven en la costa sur de Inglaterra tras una invasión alienígena donde el continente europeo ha hecho un truco de magia y ha desaparecido. Aquí, los artefactos extraños llegan a la playa como si fueran basura plástica en una playa descuidada, y el concepto de 'bad patch' es la excusa perfecta para cualquier crisis existencial. Harrison bebe de los clásicos: tiene el ADN de 'Roadside Picnic' (1972) de los hermanos Strugatsky y el eco de 'The Midwich Cuckoos' (1957) de John Wyndham, pero lo cocina a su manera. Luego tenemos a Joseph Eckert con 'The Traveler'. El protagonista, Scott Treder, salta en el tiempo cada día a las 7:52 am. Su hijo Lyle, que tiene la mala costumbre de saber matemáticas, le advierte que al quinceavo salto se habrá pegado un viaje de cuarenta y cinco años al futuro. Es el sueño de cualquiera que quiera evitar pagar la hipoteca actual, aunque el coste emocional sea quedar reducido a polvo en el retrovisor. Para cerrar el menú, Adrian Tchaikovsky nos trae 'Green City Wars', donde el detective es un mapache con el coeficiente intelectual tuneado. Es básicamente 'Zootopia' pero con una letra pequeña cruel: los animales son el servicio de limpieza de los humanos para poder seguir recibiendo el elixir que mantiene sus cerebros funcionando. Una metáfora tan obvia sobre la precariedad laboral que duele. El resto del catálogo se completa con 'Radiant Star' de Ann Leckie, la irregular pero ambiciosa 'Luminous' de Silvia Park sobre IA, y 'Vigil' de George Saunders, donde una fantasma intenta ayudar a un magnate del petróleo que es, sencillamente, un caso perdido.
Imagínate que guardas la joya de la corona de tu colección en un cajón, le pones una etiqueta equivocada y te olvidas de ella durante medio siglo. Básicamente, el American Museum of Natural History de Nueva York hizo exactamente eso, pero con un cráneo de gato dientes de sable. Durante unos 50 o 60 años, este fósil estuvo ahí, cogiendo polvo y etiquetado como 'Pseudaelurus' —que en el lenguaje de los paleontólogos es el equivalente a ponerle una etiqueta de 'Cosas Varias' a una caja de mudanza—. La suerte quiso que en 2022 Narimane Chatar, entonces estudiante de graduado, pasara por allí con su escáner superficial. Chatar vio que el cráneo estaba completo y que la etiqueta era una tomadura de pelo. Sin embargo, como cualquier persona que intenta terminar un doctorado, no tenía tiempo ni para respirar, así que dejó que el misterio reposara hasta el verano pasado. Ya como investigadora postdoctoral en la Universidad de California, Berkeley, Chatar se puso manos a la obra. No hizo falta excavar en el barro, sino en los archivos digitales. Comparó el modelo 3D del espécimen con otros escaneos y ¡bum!: el fósil era un Adelphailurus kansensis. Hasta ahora, este felino del tamaño de un puma, que patrullaba el oeste de Norteamérica hace cinco millones de años, solo era conocido por unos cuantos fragmentos de mandíbula y dientes. El hallazgo, publicado en el Journal of Vertebrate Paleontology, es un recordatorio humillante de que a veces el mayor descubrimiento científico no requiere una expedición al Sahara, sino simplemente abrir los cajones que llevan décadas cerrados. Mientras el Smilodon presumía de colmillos de ocho pulgadas, el A. kansensis era la versión primitiva, la que hacía que los colmillos largos fueran posibles. Un tesoro escondido que demuestra que, en los museos, lo mejor suele estar donde nadie mira.
Imaginen que el cine, ese templo de la emoción humana, decida que ya no necesita sangre, sudor ni dramas reales, sino un algoritmo con buen marketing. Así nos presenta Particle 6 a Tilly Norwood, una 'actriz' de código binario que tiene la particularidad de no tener cuerpo, ni alma, ni un solo contrato sindical que defender. Después de un videoclip que pasó sin pena ni gloria, el estudio ha decidido lanzar el dado con 'Misaligned', un largometraje que promete ser una historia de crecimiento llena de 'caos existencial'. Sí, porque nada grita más 'crisis existencial' que ser un conjunto de píxeles viviendo en el 'Tillyverse', un rincón surrealista de la Nube donde la trama arranca cuando un bot rebelde convence a la protagonista de saltarse sus protocolos de seguridad para sentir emociones. Poético, si ignoramos que es un truco de software. Eline van der Velden, la CEO de Particle 6, intenta vendernos la moto diciendo que es una 'producción híbrida'. Asegura que la IA solo funciona con 'cantidades sustanciales de artesanía, habilidad y tiempo humano'. Traducido al lenguaje de la calle: necesitan a personas reales limpiando los desastres que deja la máquina para que la película no parezca un videojuego de 1998. Es la eterna paradoja del ahorro corporativo: quieren la eficiencia del bot, pero el acabado del artesano. Mientras tanto, el sector recuerda el ridículo de 'Hell Grind', que pretendió colarse en el Festival de Cannes para ganar prestigio y terminó siendo un evento paralelo sin brillo, o el caso de Jorge Gutierrez, que tuvo que pedir perdón a sus fans tras un flirteo con Amazon y la IA. 'Misaligned' no tiene fecha de estreno, pero ya tiene el ingrediente principal: la audacia de creer que el público aceptará un espejo digital como sustituto del talento humano.
Marcar el 12 de agosto de 2026 en el calendario no es para recordar un cumpleaños, sino para asistir al 'festival' astronómico más gordo de la década. Mientras nosotros seguimos peleándonos con la letra pequeña de la factura de la luz, el universo ha decidido montar un combo tres por uno que deja cualquier espectáculo de Las Vegas como una fiesta de barrio. El plato fuerte es un eclipse solar total que convertirá el día en noche. Si tienes la suerte de estar en el camino de la totalidad —una franja de unos 290 kilómetros que atraviesa el este de Groenlandia, el oeste de Islandia y el norte de España—, vivirás el clímax. En España, el espectáculo llega tarde, entre las 8:26 y 8:33 p.m. CEST. Los más afortunados en Playa de la Escaladina (Galicia) disfrutarán de 1 minuto y 50 segundos de oscuridad total, mientras que en Bellavista (Mallorca) la fiesta será más corta, con 1 minuto y 36 segundos. Pero la noche no se queda en silencio. Apenas el sol se retire, Venus se pondrá presumida con una magnitud de -4.4, luciendo exactamente a medias en los telescopios. Y para cerrar la jornada, las Perseidas llegarán a su pico. En las zonas rurales de España, lejos del ruido visual de las ciudades y en cielos Bortle 4, se podrán ver entre 30 y 50 meteoros por hora. Es básicamente un 'todo incluido' cósmico: eclipse, planeta brillante y lluvia de estrellas. Mientras que en el Reino Unido se conformarán con un eclipse parcial del 90% al 96% (máximo en Land's End), y Norteamérica verá una versión 'mini' con apenas un 37% de cobertura en Fairbanks, Alaska, Europa se lleva el premio gordo de la lotería celeste.
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