Crítica:
El texto original es una joya del cinismo que expone la fragilidad de los plazos de la NASA. Solo falla al no profundizar en la cifra exacta de esos 'sobrecostes masivos' del SLS.
El texto original es una joya del cinismo que expone la fragilidad de los plazos de la NASA. Solo falla al no profundizar en la cifra exacta de esos 'sobrecostes masivos' del SLS.
La ciencia acaba de confirmarnos que el camino hacia la eterna juventud —o al menos hacia un cerebro que no se oxide— pasa por el lugar más indigno posible: el colon. Un equipo liderado por Paola Tognini, de la Sant’Anna School de Pisa, ha descubierto que trasplantar la microbiota fecal de ratones jóvenes a ejemplares adultos de 4 meses devuelve a estos últimos una plasticidad cerebral que creíamos perdida tras la adolescencia. Es, básicamente, como intentar actualizar el software de un ordenador viejo instalándole el sistema operativo de un modelo recién salido de la caja, pero usando desechos biológicos. El experimento no fue un paseo por el parque. Primero, sometieron a ratones de 21 días a un cóctel de antibióticos de amplio espectro durante 10 días, dinamitando su flora intestinal y aniquilando familias bacterianas como las Lachnospiraceae, esenciales para fabricar esos ácidos grasos que protegen las neuronas. El resultado fue un desastre: los ratones perdieron la capacidad de adaptar su visión ante el cierre de un ojo, un fenómeno similar a la amblyopia o 'ojo vago', que normalmente solo se cura en la infancia. Al analizar el RNA, Tognini detectó que más de 1000 genes se volvieron locos, afectando la mielinización y la barrera hematoencefálica. La magia ocurrió al final. Solo los ratones adultos que recibieron el 'regalito' fecal de los jóvenes recuperaron la plasticidad cerebral. Mientras nosotros seguimos gastando fortunas en cremas antiarrugas que no sirven para nada, la ciencia sugiere que el secreto podría estar en un trasplante de microbiota. Eso sí, Parisa Gazerani (Oslo Metropolitan University) y Harriët Schellekens (University College Cork) nos bajan a la tierra: no corras a pedirle el almuerzo a un niño, porque el cerebro humano es mucho más complejo y nuestra dieta es un caos comparada con la de un roedor de laboratorio.
Hablemos claro: el cielo nocturno es el único lugar donde el 'estacionamiento gratuito' es realmente posible. El próximo 14 de junio de 2026, a las 10:54 p.m. EDT (o las 02:54 GMT del 15), la Luna decidirá jugar al escondite y dejarnos un lienzo negro, libre de esa luz blanca que suele borrarlo todo como un corrector de oficina sobre un contrato mal redactado. Es la oportunidad perfecta para dejar de mirar el móvil y mirar arriba. En el horizonte occidental, tendremos un despliegue de lujo. Venus y Júpiter estarán a solo tres grados de distancia, apenas unos días después de su cita cercana el 9 de junio. Si bajas la mirada hacia la derecha de Júpiter, encontrarás a Mercurio, que se hace el difícil pero estará ahí, a unos 10 grados de distancia. Para que el lector medio lo entienda: esa separación es básicamente el ancho de un puño cerrado estirando el brazo. Un 'combo' planetario que solo ocurre cuando el universo decide ponerse generoso. Para los que no sufren de insomnio crónico, Marte brillará en el este antes del amanecer, mientras que Saturno y el esquivo Neptuno (este último requiere un telescopio de 8 pulgadas porque es más tímido que un testigo protegido) se harán notar. Y si te escapas de la contaminación lumínica de la ciudad —esa nube naranja que nos venden como progreso—, podrás ver a Antares en Scorpius, la balanza de Libra y al polémico Ophiuchus, el 'manejador de serpientes' que se cree el treceavo signo del zodiaco según In-The-Sky.org. Todo esto coronado por la Vía Láctea, que se extiende como un arco luminoso entre Vega, Altair y Deneb. Un espectáculo gratis, aunque el artículo intente colarte el Celestron NexStar 4SE como la solución mágica para principiantes.
Desde que Charles Darwin se quedó mirando estas plantas con curiosidad, la ciencia ha intentado entender cómo la Dionaea muscipula cierra sus puertas más rápido que un portero de discoteca en hora punta. Durante años, nos vendieron la moto de que el secreto era un bombeo de agua: que el líquido pasaba de un lado a otro, haciendo que una parte se encogiera y la otra se hinchara. Una teoría elegante, pero lenta. Yoël Forterre, de la Universidad Aix-Marseille en Francia, decidió hacer los números y el resultado fue un jarro de agua fría: el agua tarda entre 30 y 60 segundos en moverse. Para un insecto que huye, eso es una eternidad; es como intentar pagar el autobús esperando a que el cajero automático procese la transacción mientras el chófer ya ha arrancado. Entonces, Forterre y su equipo detectaron que la superficie se volvía rugosa, señal de que las paredes celulares se ablandaban. El proceso es un despliegue de ingeniería: un toque doble en los pelos gatillo dispara una señal eléctrica y una ola de iones de calcio, el equivalente botánico a un mensaje de WhatsApp urgente. En una fracción de segundo, la capa externa pierde rigidez, liberando la tensión acumulada y permitiendo que las células internas se expandan. ¡Zas! Trampa cerrada. Pero claro, en la ciencia no hay luna de miel. Sergey Shabala, desde la Universidad de Western Australia en Perth, ha salido al paso diciendo que no le convence el cuento. Shabala sostiene que el agua podría moverse de forma simultánea y que el ablandamiento de las paredes sería demasiado lento, requiriendo minutos. Al final, Forterre tiene la medida de la velocidad, pero sigue sin saber exactamente qué molécula es la que da la orden de 'soltar el freno'. Tenemos el principio y el final de la película, pero el guion intermedio sigue siendo un misterio.
Resulta fascinante que mientras nosotros nos peleamos por el último metro de fibra óptica para que el Netflix no se corte, bajo nuestros pies hay una infraestructura que dejaría en ridículo a Google. Hablamos de 110 billones de kilómetros de hongos micorrícicos arbusculares. Sí, has leído bien: billones. Es una red de carbono tan masiva que almacena cinco veces más masa que toda la humanidad junta. Básicamente, somos hormigas caminando sobre un superordenador biológico que regula el clima y mantiene vivas a siete de cada diez especies de plantas. Si no tienes este trato con los hongos, como dice Justin Stewart de la Society for the Protection of Underground Networks, eres el 'rarito' del jardín. Pero aquí llega el sablazo. Para mapear este sistema circulatorio, Toby Kiers y su equipo tuvieron que analizar 16.000 muestras de suelo y 300.000 hilos fúngicos en laboratorio. ¿El resultado? Una bofetada de realidad. Mientras el 40% de estos hongos viven en pastizales como los Everglades de Florida, Sudán del Sur o la meseta tibetana, estamos convirtiendo esos paraísos en granjas industriales. En los cultivos, la densidad de la red cae un 50%. Estamos rompiendo la conexión a base de arados y fertilizantes, como quien intenta arreglar un reloj suizo con un martillo. La cosa se pone fea con los antifúngicos azoles. Laura Carter, de la Universidad de Leeds, ya advirtió que estos químicos fulminan la densidad de las hifas en un 70% y reducen la colonización de raíces en un 80%. Estamos matando al socio que nos da el agua y los nutrientes gratis a cambio de un poco de carbono. Steven Allison, de la Universidad de California, lo tiene claro: sin esa biomasa, nuestros cultivos son vulnerables y están desnutridos. Ahora pretenden llevar estos datos a la cumbre de la ONU en Mongolia este agosto, esperando que los políticos entiendan que el suelo no es solo tierra, sino un activo financiero natural que estamos liquidando.
Mientras nosotros seguimos peleándonos con el despertador del móvil que suena cinco minutos tarde, en Viena han decidido que la precisión de los relojes atómicos actuales —esos que pierden unos segundos cada mil millones de años— es casi una broma. Thorsten Schumm y su equipo de la TU Wien han materializado un sueño de 20 años: el primer reloj nuclear funcional. Básicamente, han dejado de jugar con los electrones, que son como adolescentes hiperactivos, para enfocarse en el núcleo del átomo, donde la energía es tan brutal que la estabilidad es, sencillamente, ridícula. Para lograrlo, no han necesitado un presupuesto de estado faraónico ni congelar el laboratorio a temperaturas que harían temblar a un pingüino. Han usado torio embebido en un cristal de fluoruro de calcio y un láser ultravioleta. El truco está en que el torio es el 'niño bueno' de los núcleos radiactivos: se deja excitar con energías que los láseres actuales pueden manejar, algo que se confirmó hace apenas un año, en 2023. Ahora mismo, el prototipo es como un coche de carreras en fase de pruebas: pierde decenas de segundos cada mil millones de años, lo cual es 'peor' que el estándar atómico, pero funciona a temperatura ambiente y sin vacíos artificiales. Lo fascinante es que Ekkehard Peik, del PTB alemán, quedó boquiabierto al ver que el artefacto aguantó 24 horas encendido sin que nadie tuviera que darle un golpe técnico. ¿Para qué sirve esto, aparte de para presumir de puntualidad extrema? Para cazar materia oscura. Como el núcleo está blindado frente al ruido electromagnético, cualquier mínima alteración en su frecuencia sería la prueba definitiva de que hay fuerzas invisibles moviendo los hilos del universo. Es como usar una regla de kilómetros de largo para medir un milímetro: cuanto más grande es la escala, más se nota el fallo.
Lanzar un cohete es, en esencia, como intentar que un castillo de naipes sobreviva a un vendaval mientras alguien te cobra la entrada. JAXA, la agencia espacial japonesa, sabe bien que el espacio no perdona los descuidos, especialmente después del fiasco de diciembre pasado. Aquella vez, un adaptador de carga decidió jugar al teléfono escacharrado y terminó en un desastre que se llevó por delante el satélite Michibiki 5 y dejó los tanques de combustible de la segunda etapa hechos un simile. Básicamente, el H3 se olvidó de cómo encender el motor en el momento crítico, un error que en la calle significaría que se te apague el coche en medio de una autopista con el remolque lleno de cristal. Pero el orgullo nipón no admite el fracaso eterno. El pasado jueves, 11 de junio, justo antes de las 8:54 p.m. EDT, el Tanegashima Space Center volvió a ver fuego en la rampa. Esta octava misión del H3 no era un paseo cualquiera: era el debut de la configuración de tres motores LE-9, un upgrade de potencia diseñado por Mitsubishi Heavy Industries para jubilar definitivamente al viejo H-2A. El resultado fue una coreografía perfecta. A los 16 minutos y 4 segundos del despegue, el PETREL y el STARS-X se despidieron del cohete con la elegancia de quien sale de un hotel de cinco estrellas. Poco después, el BRO-22, VERTECS, HORN-L y HORN-R tomaron sus puestos en órbita sin hacer ruido. Tras haber empezado con el pie izquierdo en marzo de 2023 y haber sufrido el bache de diciembre, el H3 finalmente ha dejado de ser una moneda al aire para convertirse en un transporte fiable. JAXA ahora pide 'ánimos' en X, como quien pide un voto de confianza tras haber roto la vajilla en la primera cita.
Resulta que las paredes de las cuevas son el primer disco duro de la humanidad, y no precisamente uno de estado sólido. Durante el proyecto First Art, entre 2022 y 2025, un equipo de científicos se puso a rascar 11 cuevas entre España y Portugal, buscando rastros de pintura roja y calcita. Lo que encontraron no fue solo arte, sino la firma genética de quienes, hace miles de años, decidieron que dejar un punto o un triángulo en la roca era el mejor 'post' de su época. La sorpresa llegó en la Cueva de Escoural, en Portugal, donde un dibujo parecido a un punto y coma guardaba ADN humano. Sí, el primer 'estornudo' prehistórico documentado o quizá la huella de un artista que no sabía que su rastro duraría más que cualquier hipoteca actual. Alba Bossoms Mesa, del Instituto Max Planck, admite con una honestidad refrescante que no saben si el ADN es del artista o de alguien que simplemente pasó por allí y tuvo un ataque de alergia. Lo fascinante es que el ADN no estaba mezclado con restos de animales, como suele pasar en el suelo, sino que era puramente humano. De cuatro muestras, tres eran mujeres y una era hombre, pertenecientes a los cazadores-recolectores occidentales de hace 17.000 a 5.200 años. Mientras nosotros peleamos por el Wi-Fi, estos tipos dejaron su código genético en la piedra. Aunque la tasa de éxito es bajísima —solo un panel de 24 dio positivo—, la posibilidad de saber si los Neandertales eran los verdaderos picassos de la Edad de Piedra en cuevas como Nerja o Ardales tiene a Hipólito Collado Giraldo y a Genevieve von Petzinger emocionados. Básicamente, han descubierto que no hace falta cavar hoyos destructivos para leer la historia; basta con que el artista prehistórico haya tenido la mala costumbre de escupir la pintura o tocar la pared.
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