Crítica:
Demasiado entusiasmo por un agujero negro que duerme. Falta un análisis crítico del coste-beneficio de estas misiones. ¿Realmente necesitamos saberlo todo?
Demasiado entusiasmo por un agujero negro que duerme. Falta un análisis crítico del coste-beneficio de estas misiones. ¿Realmente necesitamos saberlo todo?
La infertilidad masculina, un tema tabú y sorprendentemente común (afecta a 1 de cada 10 parejas), tiene un nuevo aspirante a salvador: Paterna Biosciences. Esta startup estadounidense promete fabricar espermatozoides en laboratorio a partir de células madre testiculares, una noticia que podría cambiar la vida de muchos. ¿Demasiado bueno para ser verdad? Los expertos se muestran cautelosos, recordando el fiasco de Kallistem en 2015, que hizo promesas similares sin ofrecer resultados tangibles. Paterna afirma obtener entre “decenas y decenas de miles” de espermatozoides por muestra, incluso capaces de fertilizar óvulos y generar embriones. Sin embargo, la empresa se niega a publicar pruebas, invocando la protección de su propiedad intelectual, una estrategia que levanta más sospechas que esperanzas. El quid de la cuestión no es solo si pueden fabricar esperma, sino si este esperma es seguro. El proceso de meiosis, esencial para la creación de espermatozoides, es un campo minado genético donde los errores pueden tener consecuencias devastadoras. Pero la verdadera bomba está por llegar: para muchos hombres con infertilidad genética, esta técnica podría ser inútil a menos que se combine con la edición genética CRISPR, abriendo la puerta a la creación de “bebés diseñados”. Alex Pastuszak, cofundador de Paterna, no descarta esta posibilidad, argumentando que el objetivo es ayudar a la mayor cantidad de personas posible. ¿Un acto de altruismo o el inicio de una nueva era de eugenesia? La pregunta sigue en el aire. Mientras tanto, la esperanza, y el escepticismo, siguen fermentando en los laboratorios de fertilidad de todo el mundo.
La luna, esa vecina de la noche que nos roba el sueño a algunos y la cordura a otros, ha decidido regalarnos un 'Blue Moon'. No, no es que se haya puesto triste, ni que le falte dinero para pagar el alquiler. Simplemente, es la segunda luna llena de mayo de 2026. ¿Y eso qué significa? Pues que el calendario, como buen burócrata, ha decidido que este fenómeno ocurre cada 2.5 años, más o menos. Lo que viene a ser como esperar el próximo sablazo en la factura de la luz. Picos de iluminación a las 4:45 a.m. EDT (0845 GMT) del 31 de mayo, para los que madruguen más que un vendedor de churros. Para los demás, la luna asomará por el este al atardecer del 30 de mayo. Y si se portan bien, incluso podrán verla cerca de Antares, una estrella roja que parece un semáforo en rojo en medio del cielo. Pero, ¿por qué 'Blue Moon'? No esperen que se ponga morada ni que empiece a cantar el blues. Es una tradición, un nombre bonito para un evento que, en realidad, no tiene nada que ver con el color. Es como llamar 'Ferrari' a un SEAT Panda. O 'oportunidad' a un ERE. Y para los más cinéfilos, los que quieran capturar la estampa, ya existen guías y hasta binoculares de 50 dólares para no perderse ni un cráter. Así que, ya saben, levanten la vista y disfruten del espectáculo. Porque, al final, la luna es gratis, y en estos tiempos, eso es un lujo.
El cielo de Calcuta, India, se convirtió en escenario de un culebrón cósmico. El astrofotógrafo Soumyadeep Mukherjee, con paciencia de santo y una Nikon Z6II, documentó durante 30 días el acercamiento de Venus y Júpiter, un baile lento que culminó el 9 de junio con una conjunción planetaria que, desde la Tierra, los dejó a menos de 2 grados de distancia. Dos grados, señores, lo que en términos terrestres es como si tu vecino te pidiera azúcar. Pero ojo, que aquí hay truco. Mientras nosotros, mortales, suspirábamos por la belleza del evento, Venus, la presumida, se alejaba a toda pastilla de Júpiter, sumando 43 millones de kilómetros de distancia durante el mes de fotos. Como cuando alguien te dice que le importas, pero en realidad está revisando el móvil. Mukherjee, meticuloso como un contable, mantuvo la misma cámara, el mismo objetivo (un Sigma 50mm) y la misma distancia focal, jugando solo con la velocidad de obturación para adaptarse a la luz cambiante. El resultado es un collage hipnótico que nos recuerda que las apariencias engañan. Que lo que parece cercano puede estar a años luz, y que incluso los planetas tienen sus propios dramas intergalácticos. Un espectáculo para los amantes de la astronomía, pero también una metáfora perfecta para las relaciones humanas: a veces, la cercanía es solo una ilusión óptica.
Albert II, un macaco rhesus, se convirtió en el primer mamífero en visitar el espacio un 14 de junio de 1949. No, no lo hizo por gusto ni por vistas panorámicas. Fue un ensayo general, una prueba de choque con cremallera para ver si el cuerpo humano resistiría la aventura. Lanzado desde White Sands, Nuevo México, a bordo de un cohete V-2, Albert II alcanzó una altitud de 83 millas (134 kilómetros), un viaje que, irónicamente, le costó la vida al fallar el paracaídas en el descenso. Pero su sacrificio, que suena a guion de ciencia ficción cutre, proporcionó datos fisiológicos valiosísimos sobre cómo funciona el cuerpo en condiciones de subgravedad. Antes de Albert II, ya habían mandado moscas de la fruta, ratones y un tal Albert I (otro macaco con menos suerte) a dar una vuelta por las alturas. Pero Albert II fue el primero en llegar a una altitud significativa. Su corazón, su respiración, todo fue monitorizado como si fuera un coche de carreras en la telemetría. Y todo esto, ojo, en 1949, cuando la televisión estaba en blanco y negro y el pan costaba una peseta. La NASA, con una previsión que da envidia, entrenó a 40 “astrochimpanzés”, incluyendo a Ham, para pilotar las naves Mercury-Redstone. Ham, el chimpán, tuvo más suerte que Albert II, y su misión en 1961 allanó el camino para que Alan Shepard se convirtiera en el primer estadounidense en el espacio. ¿Un macaco sacrificado para que un astronauta pudiera presumir? Sí, el progreso tiene un precio, y a veces ese precio es una vida animal. Y mientras tanto, nosotros preocupados por si sube la luz.
Debajo del hielo antártico, donde el frío es ley y el pingüino, rey, los científicos han desenterrado algo gordo. No un cadáver congelado de explorador despistado, sino una estructura geológica monumental, bautizada como la 'Provincia de la Cuenca en Forma de Abanico de la Antártida Oriental'. Suena a título de novela de ciencia ficción barata, pero la cosa va en serio. Imaginen un puzzle de esas dimensiones que te quita el fin de semana, pero en lugar de cartón, hablamos de glaciares, lagos subglaciales (como el Lago Vostok, el más grande de todos, una piscina de agua dulce del tamaño de un país pequeño) y un montón de datos recogidos durante años. El equipo de Armadillo, tras compilar datos de gravedad, magnetismo y hasta modelos de la corteza terrestre, llegó a la conclusión de que esta estructura se formó a lo largo de millones de años, como si la tierra se hubiera estirado como un chicle pegajoso. ¿Y por qué nos importa a nosotros, que apenas encontramos el calcetín perdido de la lavadora? Pues porque esta 'cuenca' cubre la mitad de la capa de hielo de la Antártida Oriental, y entender cómo se formó puede ser clave para predecir cómo reaccionará el continente al calentamiento global. Es decir, si la Antártida tose, el resto del mundo se resfría. Mientras los políticos discuten sobre impuestos y el precio de la gasolina, debajo del hielo se cuece algo que podría cambiarlo todo. Una estructura que, según los investigadores, influye directamente en el flujo del hielo y la evolución del paisaje. Y todo esto, por supuesto, con la financiación de alguien, que seguramente tiene un plan B en las Islas Malvinas.
Que te vendan la moto lunar, amigos. Este mayo, nos intentan colar un 'Blue Moon'. No, no es que la luna se pondrá azul, ni que esté de bajón existencial. Es la segunda luna llena del mes, una jugada del calendario que suena a excusa para venderte un telescopio. La última vez que nos la intentaron colar así fue el 31 de agosto de 2023, en Nijmegen, Holanda, para que luego te digan que la ciencia avanza. Y no es la única trampa. Resulta que esta luna también es 'micromoon', es decir, más lejana de lo normal, a 252.360 millas, porque claro, no bastaba con la confusión del color. A ver, la luna, como la vida, está llena de ciclos. Tarda 29.5 días en dar la vuelta, así que si hay dos lunas llenas en un mes, pues ale, 'Blue Moon'. Pero ojo, que en febrero esto no pasa, porque el calendario tiene sus caprichos. Y para que te hagas una idea de la rareza, esto ocurre cada 2.5 años. En 2018 tuvimos dos, ¡y no pasó nada! La próxima vez que veamos doble luna en un año será en 2037. Así que ya sabes, si te ofrecen un trozo de luna, desconfía. Lo más probable es que sea un agujero negro en tu bolsillo. La NASA, por cierto, te da consejos para hacer fotos con el móvil, porque claro, la realidad no es suficiente, hay que documentarla.
La paleontología, esa disciplina que nos recuerda que antes de los atascos y las hipotecas, la vida era un poco más… prehistórica, ha desenterrado un nuevo personaje en la provincia de Gansu, China. No hablamos de un funcionario corrupto, sino de Jian changmaensis, un primo del Velociraptor con una peculiar afición por planear como ardilla voladora. Imaginen el panorama: hace 120 millones de años, en la cuenca de Changma, este dinosaurio de unos 1,2 metros de envergadura se dedicaba a dar caza a Gansus yumenensis, una especie de ave temprana. Un festín jurásico, vaya. La cosa no acaba ahí. La cuenca de Changma es un cementerio de aves antiguas, con más de 100 restos fosilizados, muchos de ellos reducidos a fragmentos, como si hubieran pasado por el sistema digestivo de un búho. Durante años, los paleontólogos sospecharon de un depredador, pero la evidencia era tan escasa como la paciencia en un atasco de las 8 de la mañana. Jingmai O’Connor, del Field Museum, y su equipo han puesto nombre y cara (o, mejor dicho, hueso de brazo) al culpable. El Jian, según la publicación en los Annals of Carnegie Museum, no era un cazador aéreo al estilo halcón, sino más bien un planeador oportunista. Sus cuatro “alas” – dos en los brazos y otras dos rudimentarias en las patas – le permitían deslizarse entre los árboles, buscando el próximo menú. Un depredador ágil, sí, pero no precisamente un piloto de F-1. La paleontología, al final, nos enseña que la evolución es un proceso de ensayo y error, y que incluso los primos de los Velociraptor pueden tener un punto débil por la gravedad.
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