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Vender la Luna como el próximo paraíso inmobiliario es el negocio del siglo, siempre que no mires la factura del agua. Jeff Bezos y Elon Musk nos han pintado ciudades autosuficientes y centros industriales espaciales como si fueran un catálogo de IKEA, pero la realidad es que el grifo lunar tiene una fuga existencial. El Dr. Martin Elvis y el Dr. Jonathan McDowell, en Frontiers in Space Technologies, han hecho los números y el resultado es un jarro de agua fría. Resulta que aunque tengamos mil millones de toneladas de hielo en esos 'pozos de oscuridad eterna' (cráteres que no han visto el sol en cuatro mil millones de años y están a unos gélidos 110 Kelvin), el balance no cuadra. Si montamos una ciudad de un millón de personas con un reciclaje del 98% —estilo Estación Espacial Internacional, donde el agua circula más que los rumores en una oficina—, el suministro se agotaría en apenas 100 años. Pero esperen, que hay más. Las estimaciones reales sugieren que hay 30 veces menos agua de lo que supone ese escenario optimista. Traducido al lenguaje de la calle: no es que el presupuesto sea ajustado, es que estamos intentando montar un parque acuático con un vaso de agua. Una ciudad pequeña se quedaría seca en una década. Lo irónico es que la luz sobra. En los 'picos de luz eterna' podríamos generar tres gigavatios con torres solares kilométricas y montar centros de datos para IA, porque silicio hay a patadas. Básicamente, tendríamos electricidad para iluminar todo el barrio, pero no tendríamos ni para un café. Para que el sueño de los multimillonarios no sea un espejismo, habrá que importar agua de asteroides o rezar para que el regolito lunar esconda depósitos profundos que aún no hemos detectado.
Hay algo profundamente democrático en ver a estrellas de Hollywood colgados de cables, balanceándose como bolsitas de té humanas mientras intentan salvar un matrimonio ficticio. Joel Edgerton y Jennifer Connelly, los rostros de 'Dark Matter' en Apple TV, nos venden la agonía del arte, pero traducido al lenguaje de la calle, es básicamente el estrés de un lunes por la mañana multiplicado por el presupuesto de una multinacional tecnológica. Edgerton, que carga con la serie al hombro (y en cables), confiesa que el rodaje es un ejercicio de humillación física y agotamiento mental. Mientras nosotros peleamos con el cajero automático o el precio del aceite, él se desvive en 'The Box', una secuencia de gravedad que lo deja más vacío que una cuenta bancaria el día 20. Lo más irónico es su recordatorio de que ser actor no es 'cavar zanjas', aunque el hombre admite que, en algún momento de su carrera, terminó haciendo precisamente eso. Un giro poético: del lujo de los sets a la pala en el barro. La trama, basada en la novela de 2016 de Blake Crouch, ha decidido mandar el libro a paseo en esta segunda temporada, dejando a los fans y a los propios actores en un limbo cuántico. Mientras Jason y Daniela Dessen se desintegran emocionalmente a través de universos paralelos, Connelly reflexiona sobre la responsabilidad afectiva y los sesgos personales. Es el típico análisis psicológico que suena muy bien en una entrevista, pero que en la vida real se traduce en: 'estamos peleando porque no sabemos quién es quién'. Con el final programado para el 30 de octubre de 2026, la serie nos deja una lección clara: no importa en qué universo vivas, el drama matrimonial y el cansancio crónico son las únicas constantes universales.
Hay una nostalgia peligrosa en el aire, de esa que te vende que viajar en avión era un evento social y no una lucha por sobrevivir en un asiento medio, mientras intentas que el vecino no te use el hombro de almohada. El TWA Hotel, ese capricho arquitectónico de Eero Saarinen en el JFK que parece más una escultura que un sitio para dormir, ha decidido montar el 'Mission: 60s'. Del 23 al 25 de octubre de 2026, Nueva York se convertirá en un set de rodaje de la Era Espacial donde el dress-code es 'estilo 1969' o morir. La jugada es maestra: mezclar la gloria de Apollo con el glamour de Star Trek. Mientras nosotros peleamos con la aplicación del banco para pagar el alquiler, Luna Replicas y Space for Humanity nos invitan a gastarnos 150 dólares por un pase de fin de semana (u 85 si solo quieres un día de delirio retro) para escuchar a leyendas como el director de vuelo Gerry Griffin o astronautas como Nicole Stott y Ron Garan. El itinerario es un despliegue de nostalgia industrial. Empezamos el viernes con un tour por el sitio de la Feria Mundial de 1964 en Flushing Meadows, visitando el Rocket Park con sus Gemini-Titan II y Mercury-Atlas D, básicamente juguetes gigantes de una época en la que el presupuesto público no se cuestionaba si el objetivo era plantar una bandera en la Luna. Luego, el sábado se pone sofisticado con la 'Spacefarer Soiree' a bordo de un Lockheed Constellation, con música de Bonnie Gordon y la presencia de Bob Picardo. Para cerrar, el domingo Uplift Aerospace nos dará el 'Overview' mediante VR, porque claro, como no todos tenemos el presupuesto para salir de la atmósfera, nos conformamos con unas gafas de plástico. Todo coordinado por mentes como Jeffrey Kluger y Frank White, en un puente dorado entre la primera carrera espacial y la actual obsesión por volver a la Luna para quedarse.
Amazon ha decidido que ya no es suficiente con que sepan qué marca de papel higiénico compras; ahora quieren saber qué dices mientras lo usas. Bajo el nombre de 'Bee', el gigante del e-commerce lanza un dispositivo que es, básicamente, una tobillera electrónica para voluntarios. El 'Bee Frontier', que se vende por 75 dólares con una correa de reloj, y el 'Bee Eclipse', un disco de plástico de 100 dólares que se pega al móvil, no son más que micrófonos con esteroides y un modelo de lenguaje (LLM) integrado que escuchan absolutamente todo. La empresa lo vende como el asistente definitivo: que si recuerda tus reuniones o que si te avisa de comprar el detergente que mencionaste en una charla casual. Traducido al lenguaje de la calle: te venden un espía personal para que no se te olvide la lista de la compra, transformando tu privacidad en un servicio de suscripción. Porque claro, para acceder a los resúmenes de tus conversaciones y al chat personal, hay que pagar 'Bee Pro' por 12 dólares al mes. Un sablazo mensual por el privilegio de que una IA catalogue tus secretos. La batería dura siete días, asegurando que la vigilancia sea 'sin interrupciones'. Es la evolución lógica tras el fiasco del Fire Phone de 2014, aquel agujero contable de 170 millones de dólares, o los absurdos Dash Buttons. Amazon sigue lanzando espaguetis contra la pared, pero esta vez los espaguetis tienen micrófono. Mientras el 61% de los estadounidenses, según YouGov, dice que es vital limitar el acceso a sus datos, Jeff Bezos y compañía apuestan por convertirnos en nodos de datos andantes. Es la era del hardware invisible: Meta con sus gafas que graban hasta durmiendo y OpenAI diseñando altavoces sin pantalla. Básicamente, nos están vendiendo la vigilancia total disfrazada de conveniencia tecnológica.
Imaginen que contratan a un ingeniero estrella, le dan las llaves del reino y el tipo decide que la mejor forma de ascender es jugando al James Bond de saldo. Abdulrahman Alfozan, ingeniero jefe en OpenAI durante un año, no usó algoritmos cuánticos para infiltrarse, sino que aplicó la técnica del 'bricolaje desesperado': envolvió un micrófono en papel higiénico y lo escondió detrás de una televisión en la sala de juntas de San Francisco. Un despliegue de sofisticación que haría llorar a cualquier agente de la CIA. El plan era sencillo: escuchar los secretos comerciales y estratégicos que solo los peces gordos y sus asistentes pueden oír. Para lograrlo, Alfozan consultó a los propios chatbots de OpenAI sobre cómo instalar el bicho y acceder a las grabaciones remotamente. Irónico es poco; es como pedirle al perro guardián que te explique cómo abrir la cerradura sin que ladre. Pero el 'maestro del disfraz' falló estrepitosamente. El 30 de septiembre, el personal encontró el paquete de papel higiénico sospechoso y el 5 de octubre una cámara nueva lo pilló volviendo a la escena del crimen para ver si su 'obra de arte' seguía ahí. Cuando la cosa se puso fea, Alfozan no buscó un abogado, sino un vuelo. Se compró billetes de ida para él, su mujer y un familiar hacia Arabia Saudita. Un 'adiós' definitivo antes de que el FBI le tocara la puerta. Ahora, mientras espera la audiencia, el DOJ le amenaza con cinco años de cárcel y una multa de 250.000 dólares. Mientras tanto, OpenAI intenta vender la moto diciendo que su propia IA ayudó a pillarlo, transformando un descuido de seguridad básico en una victoria tecnológica. Alfozan, socio de Raed Ventures —firma que presume de tener al príncipe Khalid Bin Bader Al Saud en sus filas—, pasa de ser el ingeniero brillante a ser el ejemplo vivo de que el papel higiénico no es un buen aislante para el espionaje estatal.
Mirar al cielo suele ser el deporte favorito de quienes no tienen que pagar el alquiler, pero esta vez la NASA y la ESA nos han soltado una joya que nos pone el espejo delante. Resulta que a 53 millones de años luz, en la constelación de Antlia (la Bomba de Aire, para los que no hablemos latín), hay una galaxia llamada NGC 3137 que es, básicamente, la gemela malvada de la nuestra. Con una extensión de casi 140.000 años luz, la NGC 3137 es un despliegue de ostentación cósmica. Tiene cúmulos estelares brillantes y nebulosas de emisión color rubí que funcionan como guarderías estelares. Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite, allí el hidrógeno se excita creando estrellas masivas que luego barren el gas circundante, dejando unos cúmulos azulados que son el siguiente paso en su evolución. Pero lo más inquietante no es el paisaje, sino la estructura. La NGC 3137 y su vecina, la NGC 3175, imitan a la perfección la relación entre la Vía Láctea y Andrómeda en nuestro Grupo Local. Es como descubrir que en el barrio de enfrente hay una familia con los mismos traumas y la misma distribución de muebles que la tuya. Para rematar la jugada, en el núcleo de la NGC 3137 habita un agujero negro supermasivo de unos 60 millones de masas solares. Un vacío insaciable que hace que cualquier agujero contable de una administración pública parezca una propina. Todo esto, capturado el 13 de octubre de 2026 por el equipo de D. Thilker y el PHANGS-HST, nos recuerda que somos una copia más en un universo que recicla diseños. Somos el modelo estándar, la versión básica de una galaxia espiral con sus galaxias enanas acompañando el camino.
Imaginen que tienen una tarjeta de crédito con un límite obsceno, intereses bajos y un plan para montar un negocio que se paga solo, pero deciden dejar el plástico en el cajón mientras la casa se quema. Eso es, básicamente, lo que ha hecho el Gobierno de Pedro Sánchez con los fondos NextGenerationEU. Mientras los jóvenes españoles juegan al Tetris con sus muebles en habitaciones alquiladas que cuestan más que su propio sueldo (un alquiler mediano de 1.080 euros frente a un salario joven de 1.048 euros), el Ejecutivo ha dicho 'paso' a 61.700 millones de euros en préstamos europeos. No estamos hablando de dinero regalado, sino de una ingeniería financiera que, según el Foro Regulación Inteligente (FRI), habría levantado unas 440.700 viviendas asequibles. Para que nos entendamos: es como si te ofrecieran financiar el 70% de un coche que luego puedes alquilar para que la cuota se pague sola, y tú respondieras que prefieres caminar bajo la lluvia. El déficit de vivienda en España es un agujero negro de 750.000 inmuebles; el Gobierno tenía asignados 163.000 millones, pero cerrará el programa con 101.300 millones. Un 38% de los recursos se ha quedado en el limbo, como ese cambio que nunca encuentras en el bolsillo del pantalón, pero a escala macroeconómica. La hipocresía es el plato fuerte. En julio de 2024, Sánchez presumía de una línea del ICO de 4.000 millones para 43.000 casas. Muy mono, pero los 61.700 millones descartados son quince veces más grandes. Es la diferencia entre dar una palmadita en la espalda y solucionar el problema. Claro, el ministro Carlos Cuerpo dice que podemos pedir dinero en el mercado en condiciones similares. Quizás sea cierto, pero ignorar que los costes de construcción y los tipos de interés han subido desde 2021 es como intentar comprar el pan con el precio de hace diez años: una fantasía.
Hoy nos creemos dioses porque sabemos si va a llover en el barrio mirando una pantalla de cinco pulgadas, pero hace medio siglo estábamos básicamente jugando a las adivinanzas. El 16 de octubre de 1975, la NASA decidió que ya era hora de dejar de mirar las nubes con esperanza y lanzó el GOES-A desde el Pad 17A de Cabo Cañaveral, Florida, montado en un cohete Delta. Para los que no hablan 'idioma agencia', esto significaba poner un ojo electrónico fijo sobre el Océano Índico. Lo irónico es que este pionero, que luego rebautizaron como GOES-1, era un optimista ingenuo: solo podía observar la Tierra el 10% del tiempo. Imagina pagar la factura de la luz de todo un edificio para que la bombilla solo funcione diez minutos cada hora. Aun así, el 25 de octubre de 1975 nos mandó la primera foto, usando un radiómetro VISSR que distinguía el día de la noche, algo que hoy nos parece tan básico como saber que el fuego quema. El GOES-1 aguantó el tipo hasta el 7 de marzo de 1985, dejando el camino asfaltado para los modelos 2, 3, 4, 5 y 6. La NOAA y la NASA pasaron de ese 'juguete' intermitente a una maquinaria aceitada que culminó en el GOES-R de 2016 y el reciente GOES-U de 2024. Hemos pasado de una foto borrosa cada diez intentos a tener el clima del mundo en la palma de la mano, transformando una inversión millonaria en el espacio en la herramienta que usamos para decidir si nos ponemos paraguas o si cancelamos la barbacoa del domingo.
Imaginen que deciden trasladar los ahorros de toda su vida en un sobre abierto, caminando por el barrio más conflictivo a las tres de la mañana y diciendo en voz alta que no llevan ni un guardaespaldas. Pues bien, así, con una negligencia que roza el surrealismo, decidieron mover cientos de pistolas táser destinadas a la Policía Nacional. El escenario fue la M-697, esa carretera que une Colmenar Viejo con Madrid, donde una organización criminal decidió que el camión era un buffet libre de tecnología incapacitante. Lo más delirante no es el robo, sino la logística. Mientras nosotros nos peleamos con la factura de la luz, el Estado mueve material de alto valor hacia el complejo de Canillas como quien reparte folletos de una pizzería: sin escolta y sin medidas especiales. Un 'vuelco' de manual, término que normalmente reservamos para las guerras internas del narcotráfico, pero que aquí se aplicó al inventario del Ministerio. La Guardia Civil, que tuvo que limpiar el desastre, acabó recuperando el armamento y deteniendo a los responsables. Menos mal, porque si esos dispositivos —capaces de inmovilizar a cinco amenazas simultáneas y con un alcance de quince metros, como el modelo Táser 10 de Axon— hubieran terminado en el mercado negro, tendríamos un problema serio. Recordemos que el Interior ya soltó 4,5 millones de euros por 800 de estas joyas para la Guardia Civil. Al final, la ironía es suprema: las armas diseñadas para que el agente no tenga que usar el fuego terminaron siendo el botín de un asalto por pura falta de sentido común en la carretera.
Mientras el ciudadano medio hace malabares con la cuenta corriente para que el presupuesto de la compra no parezca un atraco a mano armada, en Aragón han decidido que la prioridad absoluta es repartir plomo. El Gobierno de Aragón ha puesto sobre la mesa la compra de 70.000 cartuchos para combatir a un enemigo que, aunque orejudo y simpático en los cuentos, es una auténtica picadora de carne para el campo. La jugada es sencilla: el dinero público fluye hacia la Federación Aragonesa de Caza (FARCAZA) para que los cazadores federados sigan con su rutina anual de abatir un millón de conejos. Porque sí, un millón. Es una escala de producción industrial, pero en sentido inverso. La urgencia es casi cinematográfica: los cartuchos deben estar en manos de los destinatarios antes del 25 de noviembre de 2026, o el dinero se esfuma. No es un experimento nuevo; en 2023 ya regalaron 40.000 cartuchos biodegradables, como quien intenta limpiar la conciencia mientras aprieta el gatillo. El Departamento de Medio Ambiente y Turismo justifica este despliegue basándose en un agujero financiero de 50 millones de euros en pérdidas agrícolas y unas 50.000 hectáreas arrasadas. La lista de municipios afectados se ha engordado con 11 nuevos nombres, incluyendo Ainzón, Alagón o Trasmoz, donde el conejo de monte manda más que el alcalde. Lo más irónico es que, según el CITA, el problema es que hemos soltado conejos para repoblar cotos y hemos puesto regadíos por doquier, creando básicamente un hotel de cinco estrellas con buffet libre para la plaga. Ahora, para solucionar el desastre que nosotros mismos diseñamos, el consejero Manuel Blasco y el PSOE se ponen de acuerdo en que la única salida es el calibre 12. Una solución quirúrgica, si por quirúrgica entendemos disparar a todo lo que se mueva en el matorral.
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Rosa Muñoz