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Bilbao ha vuelto a jugar al fuego, y esta vez el tablero fue la Avenida Lehendakari Agirre. Mientras el ciudadano medio se pelea con la aplicación del banco para pagar el alquiler, un grupo de encapuchados decidió que la mejor forma de pasar el lunes 26 de octubre era convirtiendo el barrio de Deusto en una barbacoa urbana. No fue una chispa aislada; fue el despliegue coreografiado de la kale borroka, que transformó las inmediaciones de la Universidad de Deusto en un escenario de guerra simulada con piedras, pirotecnia y contenedores ardiendo. Lo más fascinante es el contraste: una pasividad policial que parece sacada de un manual de 'no molestar'. Los radicales, vestidos de negro como si fueran a un funeral de la convivencia, incendiaron al menos doce vehículos aparcados. Doce coches que pasaron de ser un medio de transporte a ser cenizas en cuestión de minutos, un sablazo patrimonial que nadie pagará excepto el dueño y su seguro. En la calle Francesc Maciá, el menú fue un contenedor de obra; en la Lehendakari Agirre, varios contenedores de basura. Este guion es un 'remake' barato de lo ocurrido el 15 de octubre en Pamplona, donde el parque de Yamaguchi y las zonas de Ermitagaña y San Juan sufrieron el mismo tratamiento de barricadas y botellas. La diferencia es que, mientras en Pamplona la Policía Nacional y la Foral miraban el despliegue sin evitar la revuelta, en Bilbao el Departamento de Seguridad presume de 16 detenidos. Dieciséis nombres en un acta policial para intentar maquillar una noche donde el caos fue el verdadero protagonista y el silencio de ciertos dirigentes de izquierdas el combustible perfecto.
El Ministerio del Interior ha decidido combatir la violencia callejera con la sutileza de un bote de spray pimienta. Fernando Grande-Marlaska, en un alarde de generosidad táctica, ha dotado a los agentes de los modelos RASS Stream 88 MK3 y MK9. Para el policía que está en el ojo del huracán, esto es como intentar apagar un incendio forestal con un vaso de agua: el aparato solo alcanza a una persona y exige una distancia de tres metros. Básicamente, el agente debe sacar una cinta métrica mientras recibe un botellazo para asegurarse de que no infringe el protocolo. La realidad en la calle es un catálogo de agresiones. En las últimas semanas, una treintena de policías han acabado heridos. El pasado 4 de octubre en Valencia, 9 antidisturbios fueron el blanco de radicales por la vivienda; el 12 de octubre en Sol, una turba pateó a un agente hasta que sus compañeros lo rescataron. Y el colofón llegó el sábado en Barcelona, con 15 heridos, cuatro de ellos graves, en disturbios orquestados por la plataforma anónima Blocus. Mientras tanto, el Gobierno despliega la misma 'estratégia' en Ceuta con los militares. Es una gestión que huele a parche barato. El Sindicato Unificado de Policía (SUP), con Ana María Alarcón a la cabeza, no oculta su escepticismo. No piden milagros, sino medios operativos reales y que el miedo a un expediente disciplinario no paralice al agente. Resulta paradójico que, con España en nivel 4 de alerta antiterrorista y el Ministerio advirtiendo de atentados yihadistas el viernes pasado, la respuesta sea un spray que, si sopla el viento, puede dejar al propio policía cegado. El protocolo del 19 de octubre, firmado por José Luis Santafé, parece escrito en un despacho con aire acondicionado, muy lejos de los 76 menores que, de los 130 detenidos en Barcelona, demostraron que la Ley Orgánica 5/2000 se ha quedado corta frente a la planificación del crimen organizado.
Bilbao se ha despertado con el sabor amargo de quien descubre que el barrio ha vuelto a convertirse en un tablero de juego para adolescentes con complejo de guerrilleros. En la calle Ercilla, el corazón de la ciudad, la escena fue de un surrealismo agotador: un vecino, armado únicamente con el sentido común, cometió el error garrafal de pedirles a unos encapuchados que dejaran de prender fuego a la ciudad. La respuesta no fue un debate ideológico, sino un golpe seco. Porque claro, cuando la razón no alcanza para justificar quemar contenedores y coches, el puño es la herramienta más eficiente. Mientras el ciudadano medio intenta que la hipoteca no le devore el sueldo, la 'kale borroka' ha decidido que la mejor forma de combatir el 'fascismo' es convirtiendo la avenida Lehendakari Agirre y el barrio de Deusto en un escenario de guerra. El balance: 16 detenidos, una cantidad ridícula si comparamos el despliegue de caos con la eficacia de la respuesta policial, que brilló por su pasividad mientras volaban piedras y pirotecnia cerca de la Universidad de Deusto. Jon Albisu, del PP Vasco, ha puesto el dedo en la llaga: se destruye la ciudad para impedir un acto que ni siquiera se había celebrado. Es la paradoja del revolucionario de barrio: quemar el mobiliario urbano para salvar la democracia. El eco de los disturbios de Pamplona a mediados de octubre ha llegado a Bilbao con la misma receta: barricadas de fuego y botellas. Al final, el resultado es siempre el mismo. El miedo se convierte en el único producto que se distribuye gratis por las calles, mientras los radicales claman victoria desde la comodidad de sus capuchas, sabiendo que, por ahora, el control del asfalto se gana a base de gasolina y golpes.
España ha vuelto a hacer lo que mejor se le da: romper el techo de cristal, pero hacia abajo. El tercer trimestre de 2026 cierra con una tasa de paro del 10,18%, un dato que el Ministerio de Economía intenta vender como un éxito porque, técnicamente, estamos mejor que en 2007, justo antes de que el mundo se fuera al garete. Es como celebrar que tu cuenta bancaria solo tiene tres ceros en lugar de ninguno; técnicamente es una mejora, pero sigues sin poder pagar el alquiler. El verano ha dejado un rastro de 95.900 nuevos desempleados, la peor racha desde que nos encerramos en casa en 2020. Mientras tanto, la creación de empleo es un chiste de mal gusto: solo 73.600 nuevos trabajadores para alcanzar los 22,8 millones. Lo más cínico es el reparto del pastel. El empleo español decreció en 1.800 personas; el único motivo por el que la cifra no es un desastre absoluto es que el número de trabajadores extranjeros subió en 75.400. Básicamente, estamos maquillando la cifra con mano de obra foránea mientras el nacional se hunde. La ingeniería financiera del Gobierno es fascinante: el sector público ha absorbido a 89.900 personas, mientras que el sector privado, el que realmente mueve el país, ha soltado a 16.300. Es la eterna historia de inflar el globo estatal para tapar el agujero del mercado. Y para rematar, la educación sigue siendo un juego de azar: 107.700 personas entraron y salieron del sistema en un abrir y cerrar de ojos, porque despedir masivamente en junio para recontratar en septiembre es, aparentemente, la vanguardia de la gestión laboral española. Al final, nos quedamos con 2,59 millones de parados y un podio europeo que nos sienta como un guante.
Hay una línea muy fina entre enseñar pensamiento crítico y convertir el aula en el despacho de marketing de un sindicato. En la Comunidad de Madrid, algunos docentes han decidido que los servicios mínimos —esos que deberían servir para que los chavales no se quemen el instituto mientras los adultos pelean— son el escenario ideal para un 'pitch' de ventas ideológico. Imagínate la escena: el profesor, en lugar de repasar el álgebra, proyecta un PowerPoint de 21 diapositivas titulado «¿Qué ha estado haciendo vuestrx profe cuando estaba de HUELGA?». Básicamente, un álbum de vacaciones políticas con fotos de piquetes y cortes de tráfico en Gran Vía y Cibeles. Lo más surrealista no es el intento de 'remover conciencias' usando el tiempo pagado por el contribuyente, sino el despliegue comercial. A los alumnos, menores de edad, se les invita a seguir cuentas de TikTok y, ojo al dato, a comprar merchandising para alimentar la 'caja de resistencia'. Es como si el profesor de historia, entre ecuación y ecuación, te intentara encasquetar una camiseta del equipo rival para pagar la cuota del club. Todo esto mientras la Ley Orgánica del Derecho a la Educación pide a gritos una 'neutralidad ideológica' que aquí ha pasado más desapercibida que un lunes de dieta. Los datos no mienten: la huelga, que arrancó el 14 de octubre, se apoya en gráficas de 'Menos Lectivas' y el respaldo de CCOO, UGT, CGT, STEM, CNT y Solidaridad Obrera. Mientras tanto, la consejera Mercedes Zarzalejo es presentada como la 'jefa' malvada en un vídeo, y los servicios mínimos —regulados por la Orden 4252/2026 del 9 de octubre— se reducen a un 'modo guardería' donde no se avanza materia. Un profesor por cada 90 alumnos de ESO es la cifra oficial, pero parece que el ratio de adoctrinamiento es mucho más eficiente.
Hay quien vende seguros de vida basándose en el miedo al apocalipsis, y luego está David Arevalillo. El fundador de A&A Estudio Jurídico descubrió que el pánico es el mejor motor de ventas, y decidió convertir a Alberto Núñez Feijóo en el 'coco' de los latinoamericanos. En diciembre de 2022, Arevalillo se paseó por las ondas de Unión Radio Noticias en Venezuela no para dar una clase de derecho, sino para lanzar un anzuelo dorado: 'corran, que Feijóo viene a derogar la Ley de Nietos'. Es el marketing del terror en estado puro. Mientras el ciudadano medio intenta que la factura de la luz no le deje en la calle, Arevalillo utilizaba la amenaza de un cambio de gobierno para que los bisnietos de españoles se apresuraran a contratar sus servicios. Todo bajo el paraguas de la instrucción de Sofía Puente, que abría la puerta a una interpretación tan extensiva que casi cualquier ancestro servía para obtener el pasaporte. El despacho prometía respuestas en 24 horas y 'comodines' para deducir datos de abuelos desaparecidos; básicamente, una ingeniería de expedientes para agilizar el sueño europeo. La ironía alcanza niveles estratosféricos cuando miramos el árbol genealógico del poder. Arevalillo es el marido de Cristina Álvarez, asesora de Begoña Gómez en La Moncloa y, para rematar el cuadro, procesada por malversación en el asunto del software para pymes de la Complutense. Una familia donde el asesoramiento público y el negocio privado parecen bailar el mismo tango. Al final, cuando la luz se encendió y el diario preguntó, el abogado cambió el discurso: dice que apenas gestionó solicitudes, a pesar de que sus redes sociales parecían un catálogo de ofertas de nacionalidad. Acto seguido, el perfil de A&A Estudio Jurídico desapareció más rápido que una promesa electoral.
Hacer cuentas en España se ha vuelto un deporte extremo, pero los números del Observatorio Demográfico de CEU-CEFAS son, sencillamente, un chiste de mal gusto. La Ley de Memoria Democrática, diseñada para sanar heridas, ha terminado siendo un buffet libre de pasaportes. El caso de Argentina es la joya de la corona: mientras que el exilio real por la guerra civil en ese país fue de apenas 2.500 a 3.000 personas, el Gobierno se encuentra ahora gestionando cerca de un millón de solicitudes de nacionalización. Es una matemática creativa que haría palidecer a cualquier contador de barrio; pasar de 3.000 exiliados a un millón de 'nietos' es como comprar un ticket de lotería y pretender que te den el premio mayor multiplicado por mil. La ingeniería detrás de este despliegue tiene nombre y apellido: una instrucción de 2022 firmada por Sofía Puente. Básicamente, se decidió que cualquier persona que hubiera salido de España entre 1936 y 1955 era, por defecto, un exiliado. No importaba si se iba a montar un negocio de tapas en Buenos Aires o a buscar suerte en el campo; con salir del mapa bastaba. Esta 'puerta giratoria' ha inflado la cifra de potenciales nuevos españoles hasta los 2,45 millones, lo que supondría un 6,5% de la población autóctona actual, frente al ridículo 0,8% que representaba el exilio real en 1939. El Tribunal Supremo, que no compra este cuento, ya ha puesto el freno de mano suspendiendo los efectos electorales para quienes no prueben el exilio político. Mientras tanto, la Abogacía del Estado juega al despistado, alegando que es 'imposible' filtrar los expedientes de los 163.020 electores del CERA antes del 29 de noviembre. En resumen: una gestión que confunde la memoria histórica con una campaña de marketing para inflar el censo.
Hay quienes viajan a Madrid para hacer turismo o cerrar negocios, y luego está Jorge Rodríguez, que convirtió la capital en su propio set de rodaje de espionaje barato. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación en el súper, el presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela aterrizaba en la Terminal Ejecutiva de Barajas en avión privado, jugando al escondite con un bigote postizo y una gorra para que los opositores no le montaran un escrache. Tres viajes en el último trimestre de 2019, tres despliegues de lujo en el barrio de Salamanca y cenas en El Paraguas que costarían el alquiler de un piso entero en cualquier barrio obrero. La ingeniería financiera era el plato fuerte: gestionar las deudas de Venezuela con empresas como Duro Felguera mientras se fingía diplomacia de paz con mediadores noruegos y el diplomático Dag Nylander. Pero lo verdaderamente surrealista ocurre en la mesa de un restaurante, entre cervezas y patatas, donde Jorge se encontró con José Luis Ábalos. Una charla informal que terminó en un WhatsApp institutional donde Pedro Sánchez, con la despreocupación de quien aprueba una compra de Amazon, respondió un «bien» para autorizar la entrada de Delcy Rodríguez el 20 de enero de 2020, ignorando que la vicepresidenta tenía sanciones de la Unión Europea vigentes. El despliegue fue total: Airbnb de lujo en el Retiro, chóferes privados y escolta del Ministerio del Interior, bajo la mirada de un comisario de confianza, Jesús María Gómez Martín, que terminó siendo premiado con la Jefatura Superior de la Policía Nacional de Canarias. Todo coordinado con la precisión de un reloj suizo, pero con la ética de un casino clandestino. Al final, la diplomacia de paz acabó en nada, pero el lujo y los favores políticos quedaron grabados en el libro de cuentas de la hipocresía oficial.
En la política, como en los alquileres de temporada, cuando algo no convence, se cambia el inquilino rápido y sin dar demasiadas explicaciones. El PSOE de Ceuta ha decidido que Josemi Romero ya no es la pieza que encaja en el puzzle para el Senado y, en un movimiento que llaman 'giro estratégico' para las elecciones del 29 de noviembre, le han pedido que haga las maletas del liderazgo. La nueva apuesta es Abdelah Mustafa, un perfil del Frente Amplio que, según la nota de prensa —esa literatura optimista que siempre huele a despacho nuevo—, es un líder vecinal con trayectoria de servicio. Básicamente, han pasado de la teoría del partido a la práctica del barrio. Lo más fascinante es la narrativa. Sandra López Cantero, portavoz de la Gestora, lo vende como un 'acuerdo histórico' y lo compara con cambios realizados en otras 45 provincias. Es la clásica técnica de 'si todos lo hacen, no es un parche, es una estrategia'. Mientras el ciudadano medio intenta que la factura de la luz no sea un deporte de riesgo, el PSOE diseña un 'gran frente de progreso' para frenar a la derecha y la ultraderecha, calificando su programa de 'nocivo' para la ciudad. Josemi Romero, en un alarde de generosidad que rara vez se ve en las colas del supermercado, ha aceptado ceder el testigo alegando que los personalismos no pueden estar por encima de Ceuta. Un gesto noble, o quizás la comprensión de que el viento sopla hacia otro lado. Ahora es Abdelah Mustafa quien asume el reto con 'humildad', prometiendo articular un bloque contra el odio y la exclusión. Al final, el tablero se mueve, los nombres cambian y la maquinaria electoral sigue girando, esperando que el votante compre que este cambio de caballo a mitad del río es, en realidad, un salto cuántico hacia el progreso.
Hay quien dice que el tiempo es oro, pero para el juez José Luis Calama, el tiempo es, sobre todo, una herramienta procesal muy conveniente. Mientras el ciudadano medio cuenta los céntimos para que el carrito del súper no parezca una factura de electricidad, la Audiencia Nacional se toma su tiempo para analizar cómo 53 millones de euros en préstamos públicos terminaron, presuntamente, lubricando los engranajes de la aerolínea Plus Ultra en 2021. No es un caso de calderilla; es una ingeniería financiera donde el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero figura como el supuesto 'vértice' de una red de influencias que, según sospecha el juez, habría beneficiado no solo al exmandatario, sino a su círculo íntimo: sus dos hijas y su secretaria. Pero claro, la justicia no tiene prisa. El plazo de instrucción vencía el 28 de noviembre, pero Calama ha pedido prorrogarlo porque aún quedan 'diligencias' por hacer. Es el clásico 'estamos en ello', pero con toga y mazo. Y justo cuando pensábamos que el tráfico de influencias era el plato fuerte, la Fiscalía Anticorrupción, de la mano de María Elena Lorente, ha servido el postre: unas joyas de 'muy significativo valor'. Resulta que Zapatero admitió que se quedó con unos brillantes que deberían haber ido a parar a Patrimonio del Estado al dejar la Moncloa. Pasamos así de los millones de la aviación al brillo del malversador. Un giro de guion digno de serie, donde el exlíder socialista reconoce que no entregó los regalos, convirtiendo un descuido de inventario en un presunto delito de malversación que, convenientemente, no ha prescrito. El juez ahora da cinco días a las partes para que opinen sobre la prórroga. En resumen: más tiempo para investigar joyas y aviones mientras el resto seguimos esperando que la justicia sea tan rápida como el despegue de un vuelo de Plus Ultra.
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Rosa Muñoz