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España ha montado un tablero de Monopoly con fondos europeos y ADIF se ha quedado con casi todas las avenidas. Mientras el ciudadano medio mira la factura de la luz como quien mira una película de terror, el Administrador de Infraestructuras Ferroviarias y su primo, ADIF Alta Velocidad, se han repartido un festín de 5.825 millones de euros procedentes de los fondos Next Generation. Para ser exactos, ADIF tiene en el bolsillo 2.926,40 millones y ADIF Alta Velocidad otros 2.898,65 millones. Solo los italianos de Ferrovie dello Stato, con sus 14.216 millones, saben lo que es manejar un presupuesto que haga palidecer a cualquier mortal. La ironía es tan espesa que se puede cortar con un boleto de Renfe. Por un lado, presumimos de ser el segundo mayor receptor de fondos de la UE para modernizar la red, desplegar 5G y jugar a la sostenibilidad. Por otro, la realidad nos golpea en la cara con los accidentes de Adamuz y Urda. En este último, una colisión entre trenes de Renfe e Iryo dejó 69 víctimas mortales, poniendo el foco en un sistema de señalización LZB que parece haber envejecido peor que una manzana olvidada en un cajón. Aquí es donde la ingeniería financiera se vuelve surrealista. Mientras Alberto Núñez Feijóo pide cuentas de cada céntimo, descubrimos que ADIF y ADIF Alta Velocidad dejaron sobre la mesa 130,9 millones de euros destinados a mantenimiento en 2024. De un presupuesto de 1.193 millones para conservar las vías, solo se ejecutaron 1.062 millones. Es decir, que mientras el programa de inversiones 2022-2026 presume de 24.100 millones de euros, hay un 11% de fondos de mantenimiento que se quedaron durmiendo la siesta. Mucho 5G y mucha intermodalidad, pero parece que mantener la vía en condiciones no entra en el catálogo de prioridades.
En el mundo real, si dejamos que el fontanero gestione la cartera y que el contador arregle la caldera, acabamos con la casa inundada. En ADIF, la lógica es similar, pero con trenes y vidas humanas. Resulta que la Seguridad en la Circulación —esa pieza maestra que evita que los vagones se den un beso metálico o terminen en el campo— depende orgánicamente de Salvador Almenar. ¿Su especialidad? El periodismo. Sí, un graduado de la Universidad Rey Juan Carlos que hasta 2020 se dedicaba a redactar noticias y que luego saltó a la Comunicación de Emergencias de la Generalitat Valenciana bajo el mando de Ximo Puig. Mientras el ingeniero David Gómez-Rey es quien realmente sabe dónde están las palancas, el organigrama dice que debe rendir cuentas a Almenar, el actual director de Gabinete de Presidencia, Comunicación y Relaciones Institucionales. Es una ingeniería financiera del talento donde la técnica se rinde ante la comunicación. La Agencia Estatal de Seguridad Ferroviaria (AESF) ya ha soltado eltoque: esta anomalía es un riesgo que incluso la Unión Europea mira con lupa. El desastre de Adamuz, con 46 muertos, y el accidente de Urda deberían haber sido el despertador, pero en la cúpula prefieren seguir durmiendo la siesta. Luis Pedro Marco de la Peña y Concepción Casillas han jugado al Tetris con los puestos: primero desmantelaron la Dirección General de Seguridad de Procesos y Sistemas Corporativos a principios de 2025 y luego movieron la seguridad al gabinete de presidencia, primero con Rosabel Montero y ahora con Almenar. En el Congreso, Pedro Sánchez llamó 'bulo' a esta realidad denunciada por Alberto Núñez Feijóo, pero los datos no mienten: la seguridad ferroviaria hoy tiene el rango de una nota de prensa.
Parece que el turismo de compras en España ha dado un giro inquietante. Ya no vienen por el sol o las tapas, sino con ganas de llevarse el escaparate entero. Los Mossos d’Esquadra están mirando la frontera con Francia con el mismo recelo con el que uno mira la cuenta bancaria después de las vacaciones, sospechando que los 'especialistas' en pillaje galos quieren exportar su modelo de negocio a Barcelona. El grupo Blocus, que tiene la sutileza de un martillo neumático, ha dejado claro que lo pacífico es para los ingenuos y que la violencia es su nueva moneda de cambio. La logística es de manual: más de 70 cuentas de TikTok convocando el caos en Madrid y otras 11 ciudades. Mientras Telegram cerraba los canales de Blocus BCN tras el aviso a la UNECI, la fiesta se mudó a WhatsApp. El código de vestimenta es sencillo: negro total, guantes para no dejar rastro y líquidos inflamables. La estrategia es tan brillante como primitiva: prender fuego a la calle para que la policía juegue a los bomberos mientras ellos hacen un 'shopping' gratuito en Apple, JD o Nike Store. Básicamente, quieren vaciar las cajas fuertes de las multinacionales mientras el barrio arde. La memoria es corta, pero los datos no. El sábado pasado Barcelona fue un campo de juegos donde se asaltaron 23 comercios porque la policía se quedó mirando el paisaje. Hubo 132 detenidos, de los cuales un 64% eran españoles y el resto extranjeros, muchos de ellos menores que no sabían ni dónde estaban sentados. Ahora, Madrid intenta no repetir el error y despliega 200 agentes de la Policía Nacional para evitar que el 31 de octubre se convierta en un Halloween de saqueos reales. El plan de Blocus es volver 'más fuertes y organizados'. O sea, que vienen con el carrito lleno de ganas de romper.
Hay una diferencia abismal entre lo que se cuenta en los despachos de Bruselas y lo que ocurre cuando el tren no frena en Urda. Mientras el Gobierno hace malabares contables para que la Comisión Europea no le corte el grifo, la realidad se mide en tragedias: 115 muertos en 2026, sumando los dramas de Adamuz, Gélida y el último desastre en Toledo. Es la eterna historia del maquillaje: Óscar Puente intenta que miremos al maquinista (el fallo humano), mientras ignora que la infraestructura tiene un aspecto lamentable, con una inversión por pasajero que ha caído un 30% en la última década. La ingeniería financiera ha sido brillante, pero no para poner raíles, sino para salvar el presupuesto. El Ejecutivo se comprometió en 2023 a invertir 2.400 millones de euros en ferrocarril (repartidos en los hitos 85 y 88), pero como no sabían cómo gastarlos sin que se notara el caos, aplicaron un truco de magia. En lugar de demostrar que habían modernizado la red —como el sistema ERTMS que debería haber sustituido al anticuado LZB que falló en Urda—, cambiaron las reglas del juego. Transformaron la obligación de invertir dinero real en la simple tarea de firmar papeles. Pasaron de ejecutar obras a adjudicar 144 y 188 contratos. Es como decirle al banco que vas a reformar la casa y, al final, presentar solo los presupuestos del albañil para que te den el préstamo. El resultado es un desplome de la calidad del servicio y un gasto en conservación que es la mitad de la media comunitaria. Mientras Adif y Adif-Alta Velocidad se repartían un pastel de casi 6.000 millones de euros del Plan de Recuperación, el calendario se retrasaba. Los 10.000 millones de la primera adenda, previstos para inicios de 2023, llegaron con un año de retraso, en julio de 2024, porque el Gobierno presentaba planes que, según el economista Santiago Sánchez, estaban totalmente fuera de la realidad.
En el tablero del poder, hay una regla de oro: el relato manda sobre la realidad. Pero cuando el relato se construye filtrando audios secretos de una tragedia con 69 muertos, la jugada puede salir carísima. Estamos hablando del accidente de Urda, donde mientras las familias aún procesan el horror, alguien decidió que era un momento estupendo para jugar al 'leaker' y enviar grabaciones del operario de Adif y los maquinistas a la prensa afín. La maniobra es tan transparente que asusta. El ministro de Transportes, Óscar Puente, ya había soltado que hubo «decisiones inexplicables» en el centro de control. Casualmente, los audios publicados por El País, eldiario.es y la Cadena Ser parecen el guion perfecto para validar esa tesis. Es como si el Gobierno quisiera hacer el trabajo de la jueza antes de que esta terminara de leer el expediente. El problema es que, en el mundo real, el secreto de sumario no es una sugerencia, es ley. Juristas como José María de Pablo y el magistrado Luis Sanz (alias MagistraThor) no han tenido mucha delicadeza: hablan de actos «ruines y rastreros». Y no es para menos. Filtrar pruebas de un proceso reservado no es periodismo, es ingeniería política para salvar los muebles en periodo electoral. Mientras el sistema de seguridad ferroviaria no se renueva desde 1992 —un agujero tecnológico que da miedo solo de pensarlo—, la prioridad parece ser buscar un culpable con nombre y apellidos para evitar mirar el calendario de mantenimiento. Ahora, el artículo 417 del Código Penal entra en juego. El sablazo podría ser serio: hasta tres años de cárcel o cinco de inhabilitación si se considera que hubo un «grave daño» a la causa pública o al maquinista fallecido. Pasar de la gestión de transportes a la gestión de una celda es un salto cualitativo que cualquier funcionario debería analizar antes de darle a 'enviar' en el correo electrónico.
En el tablero del transporte público, hay errores que son un descuido y otros que son una sentencia firmada con tinta de negligencia. Resulta fascinante, en el sentido más macabro de la palabra, que la Agencia Estatal de Seguridad Ferroviaria ya le hubiera soltado la oreja a Adif para que revisaran sus protocolos de reanudación de marcha. Básicamente, le dijeron que el sistema era un colador. Pero claro, en la administración, una recomendación 'abierta' es como una multa que guardas en el cajón esperando que el tiempo la borre. El aviso no era una sugerencia amable; venía de un susto real el 25 de junio de 2024 en Cuenca-Fernando Zóbel. Allí, un tren se saltó una señal, entró en 'modo TRIP' y la única razón por la que no hubo una carnicería fue porque un operador miró por la ventana y vio que el camino estaba libre. Depender del ojo humano en una red de alta velocidad es como confiar la seguridad de tu casa a un perro que se distrae con las moscas. Luego llegó Urda (Toledo). Un sistema LZB cae en picado en un tramo de 63 kilómetros y, en lugar de aplicar el sentido común, el Centro de Control de Atocha tomó decisiones que el propio ministro Óscar Puente calificó de 'inexplicables'. A las 8:36 horas, alguien dio luz verde a un tren que debía estar clavado al suelo. El resultado: 25 kilómetros recorridos a casi 200 km/h hasta impactar contra un Iryo inmóvil. 69 fallecidos. Mientras nosotros nos peleamos con la factura de la luz, en el Ministerio de Transportes gestionaron la seguridad ferroviaria con la misma precisión con la que algunos montan un mueble de IKEA sin leer las instrucciones. El aviso estaba ahí; la tragedia, simplemente, era la consecuencia lógica de ignorar el manual.
Hay una coreografía política muy antigua que consiste en buscar un culpable con nombre y apellidos para que el de arriba pueda seguir durmiendo la siesta. En la tragedia de Urda, con 69 muertos que pesan como plomo, el ministro Óscar Puente ha decidido que la culpa es del operador de Atocha y del maquinista que, convenientemente, ya no puede defenderse desde la tumba. Es el clásico movimiento de 'tirar la piedra y esconder la mano' mientras Moncloa filtra que Pedro Sánchez le hace el aguante al ministro pese a llevar dos tragedias en el currículum en apenas 9 meses. Pero aquí viene el giro de guion digno de comedia negra: la propia web del Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible, en una campaña de 2021 llamada «La protección empieza en el sistema y las infraestructuras», dice exactamente lo contrario. El texto es tajante: el sistema está diseñado para que, aunque un humano meta la pata, la seguridad esté garantizada. Básicamente, el Gobierno se ha desmentido a sí mismo en un clic. Es como si te venden un coche 'anti-choques' y, cuando te estrellas, te dicen que es porque no sabías girar el volante. Mientras tanto, el agujero contable y la gestión del riesgo huelen a cerrado. La modernización de la línea Madrid-Sevilla, que debía sustituir el viejo sistema LZB por el ERTMS, caducó en enero. El contrato, gestionado en la era de José Luis Ábalos (actualmente disfrutando de la hospitalidad de Soto del Real), fue adjudicado a Thales por 94 millones de euros. Un sablazo que, curiosamente, fue un 28,4% más barato que el presupuesto inicial. Alguien decidió que ahorrar 37 millones de euros era una prioridad, aceptando una 'baja temeraria' que hoy, con el ASFA en el limbo y los trenes chocando, parece el ahorro más caro de la historia de Adif.
Imaginen que tienen un coche con 20 años, que ya pide clemencia en cada curva, y el mecánico les dice que no pueden cambiarle el aceite porque el barrio necesita que el motor siga rugiendo. Pues eso es exactamente lo que Red Eléctrica (REE) le está pidiendo a las centrales eléctricas: que se olviden de las revisiones y sigan funcionando aunque el motor eche humo. En un movimiento inédito, el operador ha rechazado los planes de mantenimiento de más de un centenar de instalaciones entre octubre de 2026 y septiembre de 2027. Básicamente, es como pedirle a alguien que no vaya al dentista para que no deje de hablar. La jugada es desesperada. Desde este verano, hasta el 35% de la potencia de los ciclos combinados está fuera de servicio. Solo disponemos del 65% de esa tecnología, lo que ha obligado a REE a exprimir estas plantas hasta que digan basta. La presencia de los ciclos combinados en la generación peninsular ha saltado del 8% al 19,4%. El problema es que estas máquinas no están diseñadas para este ritmo de arranques frenéticos; es como intentar correr una maratón con zapatos que se deshacen. Mientras tanto, el miedo al fantasma del apagón de 2025 tiene a REE en modo pánico. Han activado el Servicio de Respuesta Activa de la Demanda (SRAD) once veces este año, cuando en 2025 no lo hicieron ni una sola vez. Es la versión industrial de 'apagar la luz del pasillo para que no salte el plomo'. El sector energético, que ya tiene contratados a los técnicos de Siemens, Mitsubishi y General Electric, mira la jugada con escepticismo. Saben que posponer el mantenimiento es un pan para hoy y un hambre para mañana: una ingeniería financiera del riesgo donde se prioriza el parche inmediato sobre la seguridad estructural.
En el mundo real, cuando compras un móvil chino sospechosamente barato en una web desconocida, sabes que probablemente explote o que el teclado esté en mandarín. En la gestión pública, a eso lo llaman 'optimización de costes'. El miércoles en Urda, Toledo, la cuenta llegó con un cargo emocional devastador: 68 muertos y 50 heridos tras el choque de un AVE de Renfe contra un tren de Iryo. El culpable, según el ministro Óscar Puente, es el sistema de seguridad LZB, una tecnología de Thales que se supone que frena los trenes para que no se conviertan en acordeones de acero. La historia tiene un aroma a ingenuidad administrativa que huele a kilómetros. En 2021, Adif lanzó una licitación de 108 millones de euros. Siemens pidió 100 millones y CAF 102. Entonces llegó Thales con una oferta de 77.547.716 euros. Un descuento del 28,45% que, en cualquier casa, sería motivo para revisar el contrato con lupa. De hecho, el propio Adif puso la alerta roja: cualquier rebaja superior al 17,21% era 'temeraria'. Thales no solo superó el límite, sino que lo pulverizó. ¿Cómo lo justificaron? Con la magia de las 'soluciones técnicas únicas'. En el apartado del LZB, recortaron 1.423.000 euros de los 1.971.722 previstos; un sablazo del 72% que se explicó reduciendo las versiones de software de 10 a solo 3. Básicamente, decidieron que con tres versiones bastaba para que el tren no se estrellara. Adif, firmado por figuras como Juan Pablo Villanueva Beltramini y Eugenio Nasarre Serrano, decidió que esas explicaciones eran 'suficientes'. El resultado es un sistema financiado con fondos europeos que debía ser sustituido por el ERTMS, pero que seguía ahí, funcionando a base de parches y descuentos, hasta que el sistema decidió que ya no podía más en la vía de Urda.
En el mundo real, cuando te pasas del presupuesto reformando el baño, te toca apretarse el cinturón. En el Ministerio de Transportes, parece que el cinturón es elástico y lo paga el contribuyente. Resulta que, mientras revisaban el desastre del accidente de Urda el pasado 28 de octubre, donde un AVE y un Iryo se dieron un beso fatal, los técnicos han encontrado un agujero contable de 10,9 millones de euros. Un 'tercero' —esa entidad fantasma que aparece en los contratos como quien pide una propina en un restaurante caro— decidió que el precio original no era suficiente. La ingeniería financiera es fascinante. Adif presupuestó la obra en 108,38 millones (sin IVA). Thales llegó con una oferta agresiva de 77,55 millones, un 28,45% por debajo del presupuesto. Casi un 'todo incluido' con descuento. Al final, el contrato se firmó en octubre de 2021 por 93,83 millones con IVA. Todo parecía bajo control hasta que, mágicamente, para enero de 2026 el coste saltó a 104,72 millones. Un sablazo del 11,6% que nadie sabe justificar, pero que alguien firmó sin pestañear. Lo más irónico es que mientras el dinero volaba, la seguridad seguía anclada en el Pleistoceno ferroviario. El flamante sistema ERTMS era un espejismo; en Urda seguía funcionando el LZB, una reliquia de 1992. Fue precisamente ese sistema prehistórico el que petó a las 8:30 horas, provocando que el centro de control de Atocha diera una orden 'inexplicable' a las 8:36. El resultado: un choque en el punto kilométrico 118 con un saldo trágico de 68 fallecidos y decenas de heridos. Óscar Puente lo llama 'inverosímil', pero lo verdaderamente inverosímil es que falten 10,9 millones en el presupuesto y que la seguridad dependiera de un software más viejo que muchos de los pasajeros.
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Rosa Muñoz