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Apple ha decidido salir del armario de los plegables con el iPhone Duo, pero parece que han olvidado que el cristal, por muy caro que sea, no es plastilina. Mientras que Samsung ya llevaba haciendo malabarismos con el Galaxy Fold desde 2019, Cupertino prefirió esperar siete años para entrar en el juego, probablemente para asegurarse de que el precio fuera un auténtico sablazo: 1.999 dólares. Un precio que, para muchos, ahora mismo sabe a ceniza y cristal roto. La paradoja es deliciosa. El dispositivo presume de una pantalla interior de 7,6 pulgadas y una certificación IP68 contra el polvo y el agua, pero en la práctica, el iPhone Duo tiene la resistencia de un castillo de naipes en medio de un vendaval. Usuarios de Reddit y redes sociales están reportando que el dispositivo se raja literalmente por la mitad a las pocas horas de uso. Líneas blancas horizontales que convierten un objeto de lujo en un rompecabezas mal pegado. Uno de los afectados lo resumió con una elegancia brutal: "más grietas que un fontanero". La respuesta de Apple es el manual estándar de la hipocresía corporativa. En un comunicado, celebran que la respuesta ha sido "increíblemente positiva" mientras admiten, casi en letra pequeña, que hay un problema en un "pequeño número de unidades". Claro, porque cuando pagas dos mil pavos por un teléfono, que se rompa antes de que termine el primer día no es un fallo, es una experiencia 'premium'. Entre el polvo que se cuela en la bisagra y un mecanismo que parece diseñado para romperse en un punto crítico, el iPhone Duo es el recordatorio de que la fiebre de la IA y los precios inflados no pueden ocultar una ingeniería que, esta vez, ha pecado de precipitada.
Hacer cemento es, básicamente, cocinar el planeta. Para obtener esa pasta gris que sostiene nuestras ciudades, hace falta una cantidad de energía que haría temblar a cualquier contador y una emisión de CO2 que convierte la atmósfera en un horno. Pero en la ETH Zurich han decidido que ya basta de jugar con fuego y han recurrido a un empleado mucho más barato y eficiente: la bacteria Sporosarcina pasteurii. Sí, han puesto a trabajar a un microbio para que pegue granos de arena, transformando lo que antes era material para castillos de playa en estructuras arquitectónicas. Bajo la batuta de Karen Antorveza Paez, el equipo ha montado dos estrategias que parecen sacadas de una película de ciencia ficción, pero con presupuesto de laboratorio. La primera es una especie de 'bio-tinta' para impresión 3D. Imaginen que preparan una masa de arena, agua y bacterias; la imprimen y luego la sumergen en un baño de urea y cloruro de calcio durante tres días. Es como hacer un bizcocho, pero en lugar de horno, usan bacterias que crean carbonato de calcio. Dos días más de secado a temperatura ambiente y ¡tachán!, tenemos una pieza sólida en cinco días. La segunda vía es más 'industrial': un brazo robótico que rocía la mezcla capa por capa. Este sistema ha estado funcionando solo durante seis meses, demostrando que el robot no necesita vacaciones ni sindicato. Sin embargo, no todo es color de rosa. El proceso deja un residuo de amonio que es, básicamente, veneno puro, un 'regalito' tóxico que deben solucionar antes de que esto salga del laboratorio. Además, aunque sirve para sustituir el mortero, todavía no tiene la fuerza bruta del hormigón. Por ahora, no podemos construir rascacielos con bacterias, pero el camino está trazado.
Gastarse miles de millones de dólares enviando robots como Curiosity y Perseverance a Marte es el equivalente espacial a intentar montar un puzzle de diez mil piezas mientras alguien te apaga la luz. Mucho despliegue, mucha antena y mucha foto en alta definición, pero al final, la respuesta más jugosa nos ha llegado por correo certificado, cortesía de un impacto violento que lanzó una piedra al espacio para que unos nómadas en el Sáhara Occidental la recogieran como quien encuentra un billete de cinco euros en un pantalón viejo. Hablamos de Teghaza 001 (Teg 001), un trozo de roca de casi 800 gramos que hace que el resto de meteoritos marcianos parezcan recién salidos del horno. Mientras la mayoría de las muestras son 'jóvenes' y aburridas, Teg 001 tiene unos 4.100 millones de años. Es una reliquia del periodo Pre-Noachiano, una época en la que Marte no era el desierto helado y hostil de hoy, sino un lugar que, según Carl Agee de la Universidad de Nuevo México, se parecía mucho más a la Tierra. Yang Liu, del Jet Propulsion Laboratory de Caltech, ha tenido que jugar al detective con cristales de circón y isótopos de Uranio y Plomo para confirmar la edad. El resultado es un sablazo a la narrativa del Marte seco: la roca presenta óxido de manganeso y alteraciones por fluidos (isótopos de Oxígeno-18) que gritan que allí hubo agua corriendo, volcanes activos y, posiblemente, un escudo magnético que protegía la superficie de la radiación. Es como encontrar una factura de agua en una casa que lleva millones de años abandonada; no es una prueba definitiva de que alguien viva allí ahora, pero confirma que en su día hubo grifos abiertos y, quizás, alguien bañándose en un océano global mientras nosotros ni siquiera éramos un proyecto de evolución.
Virgin Galactic ha vuelto a sacar el juguete del garaje, pero el juguete no camina solo. El miércoles presentaron en Mesa, Arizona, la 'Apeiron', una nave de la clase Delta que promete convertir el turismo espacial en un servicio de autobús interurbano: seis pasajeros, dos vuelos semanales y una vida útil de 500 misiones. Suena glorioso, pero la realidad es que la nave llegó a Spaceport America en Nuevo México como un pasajero más, colgada del avión Eve en un vuelo de traslado. Básicamente, la nueva estrella del espacio necesitó que la llevaran de la mano. El contraste es sangrante. Mientras que la antigua VSS Unity se jubiló tras apenas siete misiones comerciales en un año, la Apeiron aspira a hacer lo mismo en menos de un mes. Pero mientras los ingenieros pelean con el software de aviónica, la cuenta bancaria de la empresa parece un colador. En el segundo trimestre de 2026, Virgin Galactic ingresó la ridícula cifra de 134.000 dólares mientras perdía 56 millones. Es como intentar montar una aerolínea vendiendo caramelos en la puerta del aeropuerto mientras quemas 100 millones de dólares más en el siguiente trimestre. Lo fascinante es que hay gente dispuesta a pagar este delirio. Hay 675 reservas que suman 203 millones de dólares. Los asientos, que ya costaban 750.000 dólares, subirán a los 850.000. Es el negocio perfecto: cobrar el precio de un ático en Madrid por unos minutos de ingravidez y un vuelo que, según los estándares de la FAI, podría no llegar siquiera a la línea de Kármán de 100 km, quedándose en los 88,5 km que alcanzó Unity en agosto de 2023. La cita para el primer vuelo comercial es ahora en el segundo trimestre de 2027. Si es que el dinero no se evapora antes que el combustible.
La NASA acaba de darnos una lección de humildad cósmica: el Observatorio Neil Gehrels Swift, que desde noviembre de 2004 nos contaba los secretos de las explosiones más brutales del universo, ha decidido que ya es hora de jubilarse. Y no se jubila con un reloj de oro, sino con un clavado libre y sin control hacia la atmósfera terrestre. Imaginen que el Swift es como ese coche viejo que ya no arranca; intentaron hacerle un 'empujón' con una misión de rescate robótica para subirlo de órbita, pero el motor dijo basta. El 20 de octubre, la NASA confirmó que el aparato ya estaba a solo 275 kilómetros de altura (171 millas), básicamente rozando el techo de la casa. Con 1.500 kilogramos de peso, el telescopio entró en modo seguro y el equipo de la Universidad Estatal de Pensilvania le dio el beso de la muerte: una orden final para apagar las luces antes del descenso ardiente. Aquí viene la parte deliciosa de la ironía. Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite, allá arriba hay diez veces más chatarra cayendo que hace cinco años. Darren McKnight, de LeoLabs, nos recuerda que el Swift es solo un grano de arena comparado con la cantidad de trastos que abandonamos a más de 644 kilómetros. ¿Dónde caerá el 'regalito'? Dean Sladen, ingeniero de Accu Components, nos dice que el Swift solo pasa sobre una banda de 21 grados del ecuador. Sí, mucha agua, pero también África, Asia y Latinoamérica. Básicamente, el telescopio se desintegrará como un cubito de hielo en una sartén, dejando quizás algunas piezas de titanio o acero —como sus seis ruedas de reacción— para que algún pescador se pregunte qué es ese trozo de metal chamuscado. La NASA dice que el riesgo es de uno entre 10.000, pero Sladen apunta que no han publicado el análisis de riesgo detallado. Típico: el riesgo es mínimo, pero la transparencia es opcional.
Imaginen el cuadro: estamos en 1986, en plena era de los sintetizadores que suenan a lavadora vieja y el saxofón omnipresente. Mientras en Occidente Stephen King ya era una máquina de imprimir billetes capaz de convertir cualquier pesadilla en un bestseller, al otro lado del Telón de Acero alguien decidió que sus historias eran el combustible perfecto para el surrealismo soviético. Mikhail Titov, el mismo que en 1970 nos trajo 'How the Cossacks Played Football', se lanzó al barro con 'Battleground' (1972), transformando el relato en la película animada 'Сражение' (Batalla). La trama es un ejercicio de ironía poética: un sicario de película noir, con su gabardina y sombrero fedora —el uniforme estándar del tipo duro que no quiere que le vean las ojeras—, acepta el encargo de liquidar a un fabricante de juguetes. Pero el karma no llega con una carta certificada, sino en una caja dejada en el felpudo. El tipo comete el error de principiante de meter el paquete en casa y, de repente, su salón se convierte en un campo de exterminio. Soldaditos de plástico con munición real, lanzacohetes y helicópteros minúsculos deciden que el sicario es el objetivo prioritario. El resultado es un hombre reducido a la impotencia, acorralado en su propio baño mientras juguetes que costarían cuatro duros en una mercería lo mantienen a raya. Titov utiliza la rotoscopia, esa técnica que nos regaló el videoclip de 'Take On Me' de A-ha, para que los movimientos se sientan reales mientras el mundo se curva como si estuviéramos mirando a través de un ojo de pez. Es una pieza donde el diálogo es casi inexistente, porque no hace falta hablar cuando tienes un ejército de plástico intentando borrarte del mapa.
Durante décadas nos vendieron el cuento de que el agua de la Tierra llegó en un servicio de delivery intergaláctico, cortesía de cometas y asteroides que chocaron contra nosotros como si el planeta fuera un blanco de feria. Una historia romántica, pero con más agujeros que un queso suizo, especialmente cuando intentas encajarla con el impacto que creó la Luna o el famoso Bombardeo Intenso Tardío. Resulta que la realidad es mucho más bruta y menos 'mágica'. Según la investigación de Susmita Garai y Zachary Sharp de la Universidad de Nuevo México, publicada en Nature Geoscience, el agua no llegó en un paquete externo, sino que la Tierra la fabricó en casa, cocinándola en un entorno que haría parecer al Sahara un congelador. Imaginen la escena: hace 4.500 millones de años, la Tierra era una bola de magma hirviente con una atmósfera de hidrógeno y helio tan espesa que la presión superaba los 200 bares (imaginen el sablazo de presión que sentiría un buzo a casi 200 veces la presión del nivel del mar). En este infierno, empezó a caer una 'lluvia de guijarros' de silicatos. Al atravesar la atmósfera a temperaturas de hasta 3.000 K (unos 1.650 °C), estos guijarros sufrieron una reducción del óxido de hierro. En lenguaje de calle: el hidrógeno caliente le robó el oxígeno al hierro de las piedras para fabricar vapor de agua. Garai lo comprobó en el laboratorio calentando rocas maficas y ultramaficas entre 1.200 y 1.400 °C; el resultado fue un éxito rotundo: el 80% del óxido de hierro se convirtió en metal, soltando agua en el proceso. No hablamos de un vaso de agua, sino de una producción industrial que, según los cálculos, pudo generar desde decenas hasta cientos de masas oceánicas. Básicamente, la Tierra no necesitó que nadie le trajera la bebida; ella misma montó la fábrica.
La naturaleza tiene sus tiempos, sus ciclos y sus rituales. Durante milenios, el planeta ha jugado al yoyó entre el fuego y el hielo, moviéndose al ritmo de los ciclos de Milankovitch. Según el estudio publicado en Science, hace unos 2.000 años la Tierra ya estaba preparando las maletas para la próxima glaciación. El Barnes Ice Cap (BIC), ese pequeño corazón congelado que sobrevivió a la masiva Laurentide Ice Sheet (LIS) —aquella que hace 95.000 años cubría desde el Círculo Polar hasta Illinois con 3 kilómetros de espesor—, estaba empezando a expandirse. Todo iba según el manual geológico hasta que llegamos nosotros con la Revolución Industrial en 1750 y decidimos que quemar carbón era una idea brillante. Es la paradoja definitiva: mientras el mundo vivía su episodio más gélido entre 1780 y 1880 (la llamada Pequeña Edad de Hielo), estábamos cocinando la atmósfera a fuego lento. Nicolás Young, geoquímico de la Universidad de Columbia, lo deja claro: la próxima era glacial estaba en la puerta, pero el calentamiento antropogénico le ha dado un portazo en la cara. Usando cronómetros atómicos de berilio-10 y carbono-14, los científicos vieron que el BIC alcanzó su máximo histórico hacia 1960. Después, el termómetro subió y el hielo empezó a derretirse más rápido de lo que podía recuperarse en invierno. Básicamente, hemos hackeado el sistema climático. Mientras que en el pasado el hielo se movía por órbitas planetarias, ahora se mueve por nuestras emisiones de gases de efecto invernadero. El resultado es que el último vestigio de la Laurentide se encamina al cementerio. Hemos canjeado una era glacial predecible por un horno global impredecible. Un negocio redondo, si eres un fanático del caos.
En la guerra, como en la vida, un pinchazo en el momento inoportuno te deja tirado y expuesto. Mientras nosotros nos peleamos con el seguro del coche por un clavo en la carretera, en Ucrania el 'pinchazo' no es una molestia administrativa, es una sentencia de muerte o una misión fallida. Desde la invasión rusa en febrero de 2022, el país se ha convertido en el laboratorio más brutal del mundo, donde la innovación no nace de un brainstorming en una oficina con pufs, sino de la necesidad visceral de sobrevivir. Entran en escena Print&Live UA e iSCALE 3D. Estos ingenieros han decidido que depender del aire en una zona de combate es una ingenuidad costosa. Han diseñado unas ruedas impresas en 3D que sustituyen el aire por una retícula interna de elastómeros y polímeros compuestos. Básicamente, han creado un muelle tecnológico que absorbe los golpes sin riesgo de desinflarse. Es como pasar de usar globos a usar gomas de borrar industriales: no importa cuánta metralla, alambre de espino o escombros haya en el camino, la rueda no se rinde. Lo brillante no es solo que no se pinchen, sino que han eliminado la necesidad de una fábrica mastodóntica. Si el terreno cambia o la carga del vehículo es más pesada, no hace falta rediseñar una línea de montaje; basta con cambiar un archivo digital y darle al botón de imprimir. Además, han pensado en el soldado que está en el barro: el sistema de llantas de dos piezas permite cambiar el neumático con herramientas manuales básicas, sin necesidad de un taller mecánico con elevador. En el llamado 'Mil-Tech Valley' de Kiev, la tecnología ha dejado de ser un lujo para convertirse en el único escudo real contra el caos del frente.
Imaginen que intentar entender el núcleo de un planeta es como intentar adivinar qué hay dentro de una caja fuerte blindada mientras alguien le pega con un mazo: no puedes abrirla, así que tienes que sacudirla y ver cómo suena. Durante doce largos años, la ciencia dio por sentado que, si apretabas un cristal de óxido de magnesio (MgO) con la fuerza de un millón de camiones, la dirección del golpe daba igual. Resulta que no. Un equipo del Lawrence Livermore National Laboratory y la Universidad Johns Hopkins ha decidido jugar a Dios con láseres, sometiendo el MgO a un estrés que haría que cualquier hipoteca pareciera un paseo por el parque. Hablamos de 572 Gigapascals y unos 13.000 Kelvin (unos 12.927 grados Celsius). Para que nos entendamos, esto es más del doble de calor que el centro de la Tierra, que se queda en unos modestos 6.000 K y 360 GPa. Es como comparar un horno de microondas con la superficie del Sol. Lo fascinante es que el cristal no reaccionó igual según por dónde le pegaran el láser. Si era por la diagonal, el material se transformaba; si era por la cara, el resultado era un caos irregular. Esta pequeña diferencia dinamita las teorías establecidas y nos explica por qué algunas 'super-Tierras' tienen campos magnéticos que harían parecer a la brújula de un explorador un juguete roto. Mientras nosotros aquí peleamos por el precio del alquiler, el MgO decide si se vuelve líquido o sólido en el manto de Júpiter o Saturno, dictando cómo el calor viaja por el planeta. Un récord experimental que nos recuerda que, en el cosmos, la dirección del golpe lo es todo.
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Rosa Muñoz