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Ir a la Luna hoy en día parece menos un hito científico y más un rompecabezas de logística de gasolinera de carretera. La misión Artemis IV de la NASA tiene un plan que, leído con calma, suena a broma de mal gusto: quieren que el Starship de SpaceX funcione como un coche viejo que necesita parar en cada estación para no quedarse tirado. El problema es que nadie se pone de acuerdo en cuántas 'paradas' hacen falta. Mientras que el GAO (Government Accountability Office) estimaba hace tiempo que serían unas 16 lanzamientos de repostaje, el Panel de Seguridad Aeroespacial ha soltado que podrían ser hasta 22. Elon Musk, con la soltura de quien te vende un coche usado asegurando que 'está impecable', ha replicado en X que con seis u ocho bastaría. La coreografía es delirante. Primero lanzan un depósito a órbita baja (LEO), luego mandan 'múltiples' camiones cisterna espaciales para llenarlo. Después, el Starship llega, se llena el tanque, sube a una 'órbita de llenado final' (FTO) y, ¡sorpresa!, mandan más camiones cisterna para un segundo repostaje. Es como intentar llenar una piscina olímpica usando solo cubos de plástico mientras el tiempo corre. Todo este baile orbital sirve para que el cohete SLS pueda lanzar la cápsula Orion con los cuatro astronautas sin que estos tengan que esperar en el espacio a que SpaceX termine de jugar al Tetris con el combustible. La NASA dice que esto ahorra gasolina al llevar a Orion directamente a órbita lunar baja, pero la realidad es que el plan es un castillo de naipes. Si SpaceX no demuestra que puede repostar en el vacío o no clava un aterrizaje no tripulado para finales del próximo año, la NASA podría mandar todo el tinglado al desguace y llamar a Blue Origin y su lander Blue Moon. Al final, el sueño lunar depende de si Elon sabe llenar el depósito sin que se le escape el combustible por el camino.
Hay dolores que no entienden de calendarios ni de imperios caídos. Mientras nosotros nos quejamos porque el Wi-Fi tarda tres segundos en cargar, hace 5.300 años un caballero de la Edad del Bronce libraba una guerra civil en su propio sistema urinario. No tenía analgésicos, ni seguros médicos, ni mucho menos una cita con el urólogo para evitar que su cuerpo fabricara, literalmente, una joya mineral. En una tumba monumental cerca del Mar Negro, los arqueólogos han desenterrado un 'recuerdo' incómodo: un cálculo renal del tamaño de una uva. Para el ciudadano medio, una uva es el aperitivo de una cena; para este hombre, era una piedra caliza instalada en el lugar menos oportuno. Natalia Berezina, antropóloga de la Universidad Estatal Lomonosov de Moscú, lo ha dejado claro: el sujeto convivía con una infección urogenital crónica. Básicamente, el pobre hombre caminaba con un pequeño proyectil interno que convertía cada paso en un recordatorio de su propia mortalidad. Es fascinante el contraste. El tipo fue enterrado en una tumba monumental, lo que sugiere que era alguien con peso social, quizá un jefe o un aristócrata de la época. Pero el estatus no sirve de nada cuando tienes una infección de las vías urinarias que termina por dinamitar tu salud. Al final, no importaba cuántos monumentos le levantaran o cuánto oro lo rodeara; su verdadera herencia fue esa piedra del tamaño de una fruta, que ha sobrevivido cinco milenios para recordarnos que el dolor humano es la única constante universal. La muerte, al parecer, no distingue entre quien manda y quien sufre un cólico nefrítico
En el cosmos, como en cualquier barrio, hay quien presume de mansión y quien intenta pasar desapercibido en el callejón. La Vía Láctea es esa mansión ostentosa que, según creemos, tiene un séquito de satélites diminutos y apagados orbitando en las afueras. Hasta ahora, los astrónomos habían localizado unos 65 de estas galaxias enanas y unos 40 cúmulos globulares, pero el inventario estaba incompleto, como cuando revisas el cajón de los cubiertos y te das cuenta de que faltan tres tenedores. Aquí entra el Observatorio Vera Rubin, que ha decidido hacer limpieza general. Usando los datos del Early Data Preview 2 (EDP2) lanzados en julio de 2026, han sacado a la luz dos piezas más del puzzle. La primera es Aquarius IV, una galaxia enana ultra tenue que es básicamente el equivalente astronómico a intentar ver una vela encendida a diez kilómetros de distancia en una noche de niebla. William Cerny, un estudiante de Yale, lideró el hallazgo, confirmando que este sistema compacto tiene una población estelar antigua y pobre en metales. La gran duda es si tiene materia oscura; si la tiene, es una galaxia; si no, es solo un cúmulo globular con ínfulas. Luego tenemos a Rubin-GC1, un cúmulo globular detectado por Aashay Pai, de la Universidad de Chicago. Este hallazgo es el verdadero 'golpe de suerte' técnico, porque está escondido en el bulbo galáctico, una zona donde el polvo y la densidad de estrellas son como intentar encontrar una moneda de un céntimo en una piscina llena de canicas. Con unos 9.200 millones de años y vinculado al brazo delantero de la galaxia Sagitario, Rubin-GC1 demuestra que el observatorio puede ver a través de la mugre cósmica. Como bien dice Marla Geha, esto es solo el aperitivo. Con la encuesta de 10 años del LSST, el censo de la Vía Láctea va a pasar de ser una lista improvisada a un registro catastral exhaustivo.
Hay gente que gasta sus ahorros en un piso o en jubilarse temprano; luego está el tipo que decide soltar 3,3 millones de dólares por el Apollo EVO. Para que nos entendamos: es el equivalente a comprarse un barrio entero solo para tener donde aparcar un juguete que, irónicamente, no puedes usar para ir a comprar el pan porque es exclusivo de circuito. Este bólido, que aterrizó en el Concours at Wynn Las Vegas bajo el nombre de 'Caribbean Dragon', es básicamente un experimento de ingeniería alemana que parece escapado de una película de ciencia ficción con presupuesto infinito. Bajo el capó esconde un V12 de 6,3 litros, nacido de un romance técnico entre Autotecnica Motori y HWA AG sobre arquitectura Ferrari. Nada de turbos ni baterías modernas; aquí mandan 800 caballos y un torque de 765 Nm que te pegan al asiento en 2,7 segundos hasta alcanzar los 335 km/h. La obsesión por el peso es casi patológica. El chasis de fibra de carbono pesa apenas 105 kg, contribuyendo a un peso total de 1.300 kg. Es tan ligero que, a 300 km/h, el sistema aerodinámico genera una carga de 1.350 kg. Sí, el coche empuja el suelo con más fuerza de la que pesa él mismo. Todo en el EVO es un exceso glorificado: desde la transmisión secuencial de Hewland hasta un escape de titanio impreso en 3D que cambia de color al calentarse. Apollo, que nació en 2004 como Gumpert Sportwagenmanufaktur de la mano de Roland Gumpert, ha creado una pieza de museo mecánica limitada a solo 10 unidades. Mil horas de trabajo manual solo en la carrocería para que diez millonarios sientan que tienen algo que el resto de los mortales ni siquiera podemos imaginar en nuestros sueños más febriles.
Imaginen que están limpiando el desván de la abuela y, entre trastos viejos, encuentran un ticket del supermercado de hace un siglo que todavía tiene tinta. Imposible, ¿verdad? Pues bien, la ciencia acaba de soltar una bomba que hace que nuestra capacidad de conservar los archivos del ayuntamiento parezca un chiste: han encontrado rastros de sangre en un fósil de dinosaurio de 115 millones de años. Sí, han leído bien. Mientras que el aguacate de nuestra nevera decide morir en tres días, la naturaleza ha decidido guardar el 'jugo' de una bestia prehistórica durante eras geológicas. El estudio, impulsado por la curiosidad insaciable de quienes no se conforman con mirar piedras, sugiere que hemos dado con un tesoro biológico que desafía cualquier lógica de caducidad. No hablamos de una mancha sospechosa, sino de una estructura molecular que ha sobrevivido a cataclismos, glaciaciones y al paso implacable del tiempo. Es como si alguien hubiera dejado un café servido en la mesa hace millones de años y todavía estuviera caliente. La ironía es deliciosa. Vivimos en la era de la obsolescencia programada, donde el móvil te muere a los dos años y las zapatillas se deshacen al primer charco, pero la sangre de un dinosaurio se aferra a la existencia con una terquedad envidiable. Este hallazgo no es solo una curiosidad para coleccionistas de huesos; es un bofetón a nuestra comprensión de la degradación orgánica. Mientras nosotros peleamos con la fecha de vencimiento de la leche, hay moléculas de hace 115 millones de años que simplemente decidieron que no era el momento de jubilarse.
En un mundo donde lo único que crece más rápido que la inflación es el ego de las administraciones públicas, Ciudad de México ha decidido que la mejor forma de honrar la muerte es construyendo un rascacielos de hueso. Hablamos de una 'La Catrina' que mide más de 109 pies —unos 33 metros para los que no usamos el sistema imperial—, lo que equivale a un edificio de 11 plantas. Porque claro, para recordar a los que ya no están, no basta con una vela y un pan de muerto; necesitamos un monumento que haga sentir pequeña a la manzana del barrio. Esta mole de acero, fibra de vidrio y papel maché ha dinamitado el récord anterior de 92 pies logrado en Puerto Vallarta en 2023. Para montar este despliegue de egolatría artística, hicieron falta más de 140 personas del taller Xibalbá, bajo la batuta de Carlos Camilo Báez. El vestido mide 88 pies; básicamente, más tela que la que usa una familia entera para cubrirse en invierno. Y para darle el toque 'eco', la rodearon de 70,000 cempasúchil de Xochimilco, una cantidad de flores que haría palidecer a cualquier floristería de barrio en San Valentín. Lo más irónico es que la Catrina nació como una bofetada social. José Guadalupe Posada la creó en 1912 para reírse de las 'garbanceras' que fingían ser europeas para escalar socialmente. Hoy, la figura es un imán de turistas y un trofeo de Guinness. La alcaldesa Clara Brugada, en un alarde de generosidad logística, extendió la exhibición en el Zócalo hasta el 11 de noviembre. Al final, hemos pasado de la sátira contra la pretensión a la pretensión convertida en monumento. La muerte es democrática, sí, pero parece que ahora también compite por ver quién tiene la estructura más alta.
Hacer negocios con el dinero público tiene la misma gracia que jugar a la ruleta rusa con la tarjeta de crédito de un vecino. En agosto de 2025, la administración Trump decidió que Intel era el caballo ganador y le soltó una inversión de 8.900 millones de dólares, parte de un plan titánico de 100.000 millones para que EE. UU. no dependa de chips extranjeros. Al principio, el truco funcionó: las acciones subieron hasta los 92 dólares, y el gobierno se sentía el lobo de Wall Street viendo cómo su apuesta se cuadruplicaba. Pero el viernes pasado la fiesta terminó con una resaca monumental. Intel registró su peor caída diaria desde 1974, desplomándose casi un 30%. En lenguaje de calle: el valor de la participación del 9,9% del gobierno pasó de 40.000 millones a menos de 30.000 millones. Un agujero contable de más de 11.000 millones de dólares de dinero del contribuyente que se esfumó en una tarde, como quien pierde los ahorros del año en una apuesta deportiva mal calculada. Mientras tanto, el presidente Trump presumía en septiembre con una imagen generada por IA donde aparecía como un trader experto con la acción a 95 dólares. La realidad es más cruda: el precio ahora ronda los 60 dólares. El motivo es el clásico cuento de Wall Street: las previsiones de ingresos del cuarto trimestre no dieron la talla, borrando 150.000 millones de valor de mercado. Entre un sector de PCs colapsado porque la IA ha disparado los precios y problemas de producción, Intel está atrapada. El contribuyente, que no pidió entrar en este casino, ahora mira con horror cómo su dinero fluctúa según el humor de los algoritmos y la incapacidad de Intel para decidir si quiere vender ordenadores viejos o procesadores para centros de datos.
Resulta que la ciencia tiene la memoria más corta que un pez dorado. Durante casi un siglo, los expertos dieron por muerto al loris perezoso de Bangka, tachándolo de 'posiblemente extinto' en la Lista Roja de la IUCN en 2015. Mientras los académicos se hacían el día en sus despachos, el animalito simplemente estaba jugando al escondite en Indonesia, esquivando plantaciones de palma y minas de estaño ilegales. Es la clásica historia de 'el experto no sabe nada y el vecino de al lado lo tiene en el jardín'. La realidad es que el loris no necesitaba un doctorado para sobrevivir, sino un refugio. El Centro de Rescate de Vida Silvestre Alobi ha estado haciendo el trabajo sucio: entre 2015 y 2025 rescataron a más de 90 ejemplares, devolviendo 86 a la naturaleza. Algunos aparecieron en casas, otros en carreteras y algunos, más desafortunados, con quemaduras eléctricas o mordiscos de perro. Solo desde 2021, rescataron 43 individuos, incluso en Pangkalpinang, la ciudad más grande de la isla, demostrando que el bicho es más resistente que la burocracia científica. Pero no se deje engañar por esos ojos enormes y ese pelaje marrón rojizo; este primate es un arma química con patas. Tiene un sistema de defensa que parece sacado de una película de espías: lame una glándula en su brazo, mezcla la secreción con saliva y lanza una mordida venenosa que puede provocar reacciones alérgicas graves en humanos. Tiene hasta una segunda lengua para limpiar sus dientes, porque la higiene es fundamental cuando te dedicas a morder. Timon Glaw y su equipo, en un estudio publicado en octubre en Spixiana, ahora piden que le quiten la etiqueta de 'extinto'. El problema es que, aunque el loris haya vuelto al mapa, su casa ha desaparecido en un 62% entre 2000 y 2012. Sobrevivir a la ciencia fue fácil; sobrevivir al aceite de palma es el verdadero reto.
Hay quien gasta millones en un cuadro abstracto que parece un mantel sucio, pero en Alemania han decidido que el verdadero arte tiene patas cortas y cuerpo de salchicha. El Kunsthalle Bremen ha inaugurado 'The Dachshund: An Icon Off the Leash', la primera exposición del mundo dedicada exclusivamente a estos perros. Mientras nosotros peleamos con el precio del alquiler, el museo ha montado un despliegue de 120 obras donde el perro salchicha es la estrella, desplazando a los egos humanos. La lista de invitados es de esas que te hacen sentir que tu currículum es un chiste: Pablo Picasso, Andy Warhol, David Hockney, Otto Dix y Max Liebermann. Resulta casi cómico que Picasso, el genio que reinventó la pintura, decidiera que su perro Lump era más interesante que el Mastín de Velázquez en sus versiones de 'Las Meninas'. Es el equivalente moderno a poner un filtro de Instagram a una obra maestra solo porque tu mascota sale divina en la foto. La historia es curiosa. Estos animales pasaron de cazar tejones hace 300 años —un trabajo sucio y subterráneo— a dormir en salones aristocráticos. Incluso fueron víctimas de la geopolítica; durante las Guerras Mundiales, en EE. UU. tuvieron que rebautizarlos como 'perros de la libertad' para que no los odiaran por sonar a alemán. Para rematar la ironía, el museo permite la entrada a perros pequeños los jueves y sábados, siempre que midan menos de 30 centímetros y pasen por una 'Dachshund Lounge'. Una zona VIP para perros que, probablemente, tengan más acceso a la alta cultura que el ciudadano medio. La muestra sigue abierta hasta el 28 de marzo de 2027, demostrando que, en el mundo del arte, basta con ser adorable y tener la espalda larga para ser inmortal.
Betelgeuse es esa estrella de Orión que tiene la estabilidad emocional de un adolescente en plena crisis. Mientras nosotros nos peleamos por el precio del kilo de tomates, esta supergigante roja juega a las escondidas con el universo. No es que se esté apagando para dejarnos a oscuras, es que tiene un ritmo cardíaco errático: un ciclo de pulsación de unos 430 días donde se expande y se enfría, bajando la intensidad como quien apaga la luz del pasillo para ahorrar en la factura eléctrica. Pero el verdadero salseo astronómico llegó en enero de 2026. Gracias al VLT en el desierto de Atacama y al Hubble, descubrieron que no está sola. Tiene una acompañante, Siwarha (apodada cariñosamente 'Betelbuddy'), que orbita cada seis años aproximadamente. Esta pequeña es la culpable de un ciclo de oscurecimiento de 2.100 días; básicamente, Siwarha levanta una cortina de gas y polvo que nos tapa la vista, como quien pone un parasol en el coche un mediodía de agosto. Lo más delirante fue el 'Gran Oscurecimiento' de 2019-2020. La estrella pasó de una magnitud +0.5 a +1.7, perdiendo dos tercios de su brillo. El internet entró en pánico pensando que iba a explotar en una supernova, pero resultó que Betelgeuse simplemente 'estornudó'. Lanzó una burbuja de plasma que se condensó en polvo de monóxido de silicio, bloqueando la luz justo cuando coincidía con su fase baja de pulsación y el paso de Siwarha. Un 'combo' de mala suerte cósmica. Actualmente, ha vuelto a bajar de +0.5 a +0.95, quedando un pelín más apagada que Aldebarán. Tranquilos, que según los modelos, le quedan unos 100.000 años antes de reventar. Tenemos tiempo de sobra para seguir mirándola con escepticismo.
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Rosa Muñoz