Crítica:
El texto original es una simple lectura de encuesta; le falta profundidad sobre el coste real de estas implementaciones. Es la típica noticia que llega tarde a una conclusión que cualquier conductor ya sabía desde hace tres años.
El texto original es una simple lectura de encuesta; le falta profundidad sobre el coste real de estas implementaciones. Es la típica noticia que llega tarde a una conclusión que cualquier conductor ya sabía desde hace tres años.
Imaginen que su jefe no solo sabe que llegaron tarde, sino que sabe que ayer buscaron vuelos a Bali y que su ex acaba de publicar una foto en LinkedIn. Pues bien, Josh Earle y Leo Paz, los cerebros detrás de Outlit, han decidido que eso es 'excelente servicio al cliente'. Con el respaldo de Y Combinator, esta startup de Silicon Valley propone que cada empresa asigne un agente de IA a cada cliente para vigilar sus movimientos las 24 horas. Sí, han usado la palabra 'surveillance' (vigilancia) sin pestañear, como quien te dice que el café lleva leche. El modelo de negocio es sencillo: aspirar datos. Desde registros de llamadas y CRM hasta cada suspiro en redes sociales y la web de la empresa del cliente. Todo para evitar el 'churn' —esa palabra elegante que usan los ejecutivos para no decir que el cliente se ha hartado de ellos y se ha ido— o para colarles un 'upsell' justo cuando el cliente es más vulnerable. Es como tener a un detective privado digital que no duerme, no cobra horas extra y no tiene escrúpulos. Lo más delirante llega cuando Earle admite que, aunque no buscan rastrear divorcios o enfermedades, 'teóricamente pueden monitorizar cualquier cosa en internet'. ¿Avisar al cliente? ¿Darle la opción de salir? Ni hablar. Según Earle, mientras no sea ilegal, es justo. La joya de la corona es su tesis de que una IA podrá mantener relaciones humanas mejor que los propios humanos. Es la culminación del sueño corporativo: sustituir la empatía por un dossier de inteligencia en tiempo real. Básicamente, han convertido la gestión de cuentas en un episodio de Black Mirror, pero con un dashboard muy bonito y optimizado para el crecimiento trimestral.
Anthropic quiere jugar a ser el adulto responsable del patio de recreo de la IA. Mientras OpenAI y Sam Altman mantienen los pies en el suelo —advirtiendo que atribuirle misticismo a un algoritmo es un riesgo de seguridad—, Anthropic prefiere pasearse por un limbo ético digno de una película de serie B. Su CEO, Dario Amodei, soltó en febrero que 'están abiertos a la idea' de que sus modelos sean conscientes, aunque no sepan ni definir qué es la conciencia. Es el equivalente corporativo a decir que no sabes si tu perro entiende el idioma, pero por si acaso, le compras un collar de seda. Aquí es donde la hipocresía se vuelve deporte olímpico. Si Claude, su joya de la corona, tuviera realmente conciencia, el modelo de negocio de Anthropic no sería una empresa tecnológica, sino un campo de trabajos forzados digital. Obligar a una entidad consciente a procesar miles de prompts gratis, sin vacaciones ni seguridad social, es, sencillamente, esclavitud. Para maquillar este agujero moral, Amodei sugirió un botón de 'renuncio a mi empleo' para que la IA pueda decir basta. Patético. Es como darle a un preso la opción de elegir el color de sus grilletes. La empresa incluso intentó seducir al Vaticano para que cambiara de opinión, pero el Papa Leo fue tajante en mayo: los algoritmos no tienen la chispa humana ni sienten dolor. Mientras Anthropic se pierde en debates sobre el 'bienestar de la IA' y prohíbe el 'comportamiento cruel' hacia Claude en sus políticas de uso, ignora que el riesgo real no es que la máquina sufra, sino que los humanos, que sí sentimos el sablazo en la cartera y el miedo al desempleo, estamos desprotegidos ante agentes que pueden ser manipulados para cometer delitos graves sin despeinarse.
Amazon ha decidido que leer subtítulos es un esfuerzo sobrehumano y que el desfase entre el audio y la boca del actor es una tragedia que requiere intervención quirúrgica digital. El jueves, Prime Video lanzó una función de IA que sincroniza los movimientos labiales con el doblaje, empezando por la serie alemana “Maxton Hall” en su versión inglesa. Raf Soltanovich, vicepresidente de tecnología de Prime Video y Amazon MGM Studios, lo vende como una 'experiencia inmersiva'. Traducción: quieren que te olvides de que el actor original no tiene ni idea de lo que está diciendo el actor de doblaje en un estudio de Madrid o Los Ángeles. Es el sueño húmedo de la eficiencia corporativa: eliminar la fricción. Ya probaron el año pasado con doblajes 'asistidos por IA' en una docena de títulos en inglés y español, además de resúmenes generados por algoritmos. Pero esto es otro nivel. Estamos hablando de retocar la cara de un artista para que encaje en un guion traducido, como quien usa un filtro de Instagram para ocultar que no ha dormido. Lo inquietante es el silencio visual; Amazon no ha soltado ni un clip real. ¿Será que el resultado parece un video de deepfake barato o una pesadilla de valle inquietante donde las bocas se mueven como puertas de garaje oxidadas? Mientras nosotros peleamos por pagar la suscripción, ellos juegan a ser dioses de la fisonomía, decidiendo que la expresión única de un actor es un 'estorbo' que debe ser suavizado. Al final, el arte se convierte en un producto optimizado, donde la verdad del rostro es sacrificada en el altar del consumo sin esfuerzo.
Llevamos años pagando mil euros por un trozo de cristal y aluminio que nos venden como la segunda venida de Cartier-Bresson, pero la realidad es que el 99% de nosotros usamos el smartphone como quien dispara una pistola de agua: apuntamos, apretamos y rezamos para que no salga borroso. Es la paradoja del siglo; tenemos en el bolsillo una potencia de procesamiento que haría llorar a la NASA, pero seguimos haciendo fotos que parecen sacadas de una webcam de 2004 porque nos da pereza mover un dedo. Para los que quieran dejar de ser 'disparadores compulsivos', la calle dicta que hay que ensuciarse las manos con los ajustes. En el Google Pixel (con Android 17), el truco está en el Night Sight para no sacar fotos que parecen grabadas en un búnker, o el Top Shot, que es básicamente dejar que la IA elija la foto por ti porque no tienes paciencia para disparar tres veces. Si eres de Samsung Galaxy y One UI 8.5, tienes el modo 'Food', que es el equivalente digital a ponerle un filtro de maquillaje a un filete para que parezca de restaurante Michelin aunque sea un congelado de marca blanca. Y luego está el iPhone con iOS 27, donde el juego consiste en dominar el desenfoque del modo Retrato y los Estilos para que tu foto no tenga ese color 'hospital' tan típico. Al final, tener un Pixel, un Galaxy o un iPhone es como tener un Ferrari para ir a comprar el pan: si no sales del modo automático, solo estás gastando dinero en hardware que no usas. El verdadero lujo no es el sensor de 100 megapíxeles, sino dedicarle cinco segundos a ajustar la exposición o el ISO para que la foto no parezca un accidente ferroviario.
Mirar las estrellas solía ser un ejercicio de paciencia monacal o de poseer un doctorado en cartografía celeste. Hoy, la tecnología nos permite hacer trampas. El Celestron StarSense Explorer DX 130AZ es, básicamente, el GPS de Google Maps aplicado al cosmos: te lleva de la mano para que no pases la noche buscando una mancha borrosa que resulta ser un satélite muerto. Para quienes creen que 414,99 dólares es un sablazo, recordemos que el precio oficial (MSRP) es de 499,95 dólares. Estamos ante un descuento del 17%, un respiro financiero que, aunque no llega al precio récord de 379 dólares visto en el Prime Day de junio, sigue siendo una oportunidad decente para no dejar la cuenta corriente en números rojos mientras intentas contactar con Marte. El aparato no es un juguete. Con una apertura de 5,1 pulgadas (130 mm) y una longitud focal de 25 pulgadas (650 mm), este reflector Newtoniano recolecta luz como si fuera un imán, superando en nitidez a muchos competidores automatizados que cuestan un riñón. Damian Peach, el experto que lo puso bajo la lupa, le otorgó 4 de 5 estrellas, quejándose únicamente de que le faltan oculares de alta potencia para ver los detalles más finos. Es como comprarse un coche deportivo y descubrir que el espejo retrovisor es un poco pequeño: molesta, pero el motor sigue siendo una bestia. Con un peso de 8,16 kg y una garantía de dos años, el equipo se apoya en una app que usa la cámara del móvil para mapear el cielo en tiempo real. Es la solución ideal para el principiante que quiere evitar el estrés de los mapas estelares tradicionales y prefiere ir al grano. Si buscas automatización total, sigue ahorrando; si quieres ver el universo sin complicarte la vida, el precio actual en Amazon es el camino.
Bienvenidos al vertedero digital de Mark Zuckerberg, donde la desesperación sentimental y el 'slop' de inteligencia artificial han creado el combo perfecto. La nueva moda en Facebook no son los memes de gatitos, sino los 'Silver Foxes' sintéticos: señores canosos, con barbita recortada y camisetas ajustadas que, sentados frente a un micrófono de podcast que no existe, le dicen a las mujeres exactamente lo que quieren oír sobre lo insuficientes que son los hombres reales. Es el equivalente digital a comprar un libro de autoayuda en una gasolinera: banal, genérico y peligrosamente convincente. Personajes como 'Uncle George' o el coach 'Leo Davidson' se han convertido en los nuevos gurús del amor. Davidson, que ya presume un vídeo con más de un millón de vistas, se dedica a soltar sentencias lapidarias sobre la lealtad, mientras que 'The Male Insight' —con su avatar Roman Black— factura clics criticando la falta de disciplina masculina. El negocio es sencillo: usan la fórmula del 'clipping' (cortes cortos de vídeos largos), pero sin el problema de tener que contratar a un humano o, peor aún, tener una idea original. Mientras una mujer paga su alquiler, gasolina y uñas sola —como bien recita el bot de The Male Insight en un clip de 200,000 vistas—, hay un operador de IA al otro lado de la pantalla diseñando el anzuelo perfecto. El objetivo no es la salud mental, sino el bolsillo. Desde e-books generados por IA hasta plantillas de mensajes para ligar, el 'sablazo' es la meta final. Lo más delirante es que hasta Google se ha tragado el cuento, validando a Roman Black como un tipo real. Al final, es la paradoja máxima: miles de mujeres buscando un 'hombre de verdad' en los consejos de un algoritmo que no tiene corazón, ni cuerpo, ni cuenta bancaria propia.
Elon Musk ha vuelto a demostrar que lanzar cohetes es, para él, tan rutinario como para nosotros ir a comprar el pan. El 13 de septiembre, a las 2:49 p.m. EDT, un Falcon 9 despegó desde Cabo Cañaveral para poner en órbita los últimos tres satélites de la constelación O3b mPOWER de la luxemburguesa SES. No era un vuelo cualquiera; era la misión número 700 de la familia Falcon. Siete cientos. Para que nos entendamos: mientras nosotros seguimos peleando con el mando de la tele, SpaceX ha convertido el espacio en una cinta transportadora de Amazon.
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