Crítica:
El texto original es demasiado complaciente con la burocracia y se limita a enumerar quejas. Le falta señalar que el 'atasco' en Es Cap es el síntoma de una incapacidad estatal crónica, no un simple problema de espacio.
El texto original es demasiado complaciente con la burocracia y se limita a enumerar quejas. Le falta señalar que el 'atasco' en Es Cap es el síntoma de una incapacidad estatal crónica, no un simple problema de espacio.
Imaginen la escena: usted llega a Urgencias con el hombro hecho un nudo, probablemente pagando una prima de seguro que deja la cuenta corriente temblando, y lo primero que recibe no es una radiografía, sino un examen de lengua. El 2 de junio de 2025, en una clínica privada de Esplugues de Llobregat, la medicina se tomó vacaciones para dejar paso a la gramática militante. Según la denuncia, una doctora decidió que el catalán no era el idioma adecuado para diagnosticar una lesión física y soltó el ultimátum: «Si no me hablas en español, no te atenderé». Es fascinante cómo hemos pasado de luchar contra los virus a luchar contra los sintagmas. El paciente, que dice no haber exigido que la doctora le respondiera en catalán —solo quería hablarlo él—, terminó necesitando que su padre hiciera de traductor oficial al castellano para que la exploración pudiera avanzar. Básicamente, para que le miraran el hombro, hubo que pasar por el filtro del idioma, como si estuviéramos en una embajada extranjera y no en una consulta médica de Barcelona. La cosa ha escalado. Lo que empezó como un malentendido de pasillo ha terminado en los tribunales gracias al empuje de Acció Cassandra. Aunque la Fiscalía intentó cerrar el chiringuito archivando el caso, la Audiencia Provincial de Barcelona ha dicho que ni hablar y ha ordenado reabrir las diligencias por unanimidad. Ahora, el próximo 1 de diciembre, la doctora tendrá que declarar como investigada. Lluís Gibert, de la asociación, ya lo celebra como un precedente histórico. Estamos ante la era donde una frase mal dicha en Urgencias puede derivar en una causa penal por delitos contra la integridad moral o denegación discriminatoria. Al final, el hombro ya habrá curado, pero la factura judicial acaba de empezar.
Vender la alta velocidad como el pináculo de la modernidad europea es un ejercicio de marketing brillante, pero las cifras tienen una forma muy fea de aterrizar en la realidad. Resulta casi surrealista que, mientras presumimos de infraestructuras vanguardistas, España haya decidido sentarse en la misma mesa de tragedias que Egipto, Pakistán y la República Democrática del Congo. Sí, ese club donde el estándar es el caos, pero aquí estamos nosotros, empatados con tres siniestros de más de 45 muertos en lo que va de siglo XXI. No es una anécdota. Es una sangría con nombre y apellido. El accidente de Angrois en 2013, con 80 fallecidos, no solo es el puesto 16 mundial, sino que se corona como el primer puesto en Europa. Un récord que nadie querría colgarse en el salón. Luego llegó Urda, el segundo golpe a la alta velocidad en apenas nueve meses, dejándonos 69 cadáveres y el puesto 21 global (el segundo en el continente). Y para cerrar el triplete del horror, Adamuz en enero de este año sumó 46 víctimas, situándose en el puesto 38 mundial y el quinto europeo, solo por detrás de Montenegro (47 muertos en 2006) y Grecia (57 en 2023). Solo la India, con diez desastres y un pico de casi 300 muertos en 2023, nos lleva la delantera en este ranking del pavor. Mientras Egipto sufrió su peor golpe en 2002 con 383 víctimas, la R. D. Congo en 2014 con 136 y Pakistán en 2005 con 132, España ha logrado que sus vías se sientan como las de un país en vías de desarrollo. El único consuelo es que no tuvimos el tsunami de Sri Lanka de 2004 con sus 1.700 muertos, pero comparar nuestra gestión ferroviaria con el desastre natural más grande de la historia es como intentar tapar un agujero en el presupuesto con un parche de chicle.
Hay una poesía cruel en la burocracia laboral española. Un conductor de autobús en Zaragoza, que entró al servicio el 10 de enero del año 2000 con un sueldo diario de 117,35 euros, decidió que la mejor cura para su sintomatología ansioso-depresiva —diagnosticada en enero de 2024 por una Unidad de Salud Mental— era empuñar un destornillador. El hombre, de baja por incapacidad temporal desde el 13 de mayo de 2024, resultó ser un manitas entusiasta en el bar de su pareja, sociedad constituida el 1 de septiembre de 2024. La empresa, que no se fía ni de su sombra, montó un operativo digno de película de espías. Contrataron detectives que, el 23 de diciembre de 2024, lo pillaron entrando en la cocina con un martillo pequeño. Luego, el 9 y el 13 de enero de 2025, lo vieron pelearse con el toldo de la terraza usando una taladradora y una escalera. En total, el 'trabajo' consistió en unas cuantas horas de bricolaje doméstico. La empresa, indignada por este despliegue de carpintería amateur, aplicó el artículo 95.15 del convenio y le dio el portazo el 11 de marzo de 2025. Pero aquí llega el giro irónico. El Juzgado de lo Social n.º 4 de Zaragoza, el 3 de noviembre de 2025, decidió que apretar unos tornillos no es exactamente montar una multinacional mientras cobras la baja. Declaró el despido improcedente. El Tribunal Superior de Justicia de Aragón confirmó la sentencia en marzo de 2026, dejando a la empresa en una encrucijada deliciosa: o readmiten al conductor o le sueltan un cheque de 84.492 euros. Básicamente, el martillazo más rentable de la historia. Pasar de arreglar un toldo a cobrar una cifra que dejaría en ridículo cualquier presupuesto de reformas es, cuanto menos, una lección de supervivencia laboral.
Hay una generación que confunde el activismo con el catálogo de suministros de una ferretería industrial. Mientras la mayoría de los adolescentes se pelean por el Wi-Fi o el último trend de TikTok, el grupo Blocus ha decidido que el próximo 31 de octubre, en lugar de disfrazarse de vampiros, lo ideal es ir de 'full black': pasamontañas, guantes y una actitud de quien quiere borrar la Plaza de Cataluña del mapa a las 19:30 horas. Es la evolución del vandalismo: pasar de las pintadas a los 'meteoritos' y cócteles Molotov con aceite y trapo, todo coordinado con la precisión de un grupo de WhatsApp para organizar una cena de empresa. La estrategia es de manual. Primero te venden la utopía de un 'instituto de calidad' o más recursos educativos —el anzuelo perfecto para el corazón sensible— y, en cuanto escaneas el código QR, aterrizas en el sótano digital donde la educación se sustituye por instrucciones sobre cómo fabricar bombas de humo por 20 euros para dejar ciegos a los agentes. Una ingeniería social brillante: entrar por la puerta de la educación y salir por la ventana del código penal. Los números no mienten, aunque los culpables sí. Tras el arresto de 130 personas el pasado 24 de octubre, la 'fiesta' no ha terminado. Según Golden Owl, vinculada a la Universidad de Alicante, Blocus tiene tentáculos en 11 comunidades autónomas y 18 localidades. Es una franquicia del caos. Los Mossos d'Esquadra buscan conexiones transnacionales, mirando hacia Francia e Italia, pero parece que el instinto de romper escaparates de grandes compañías es un lenguaje universal que no necesita pasaporte. Mientras la Policía Nacional ya ha fulminado a un administrador en Valencia, el resto sigue creyendo que Halloween es la excusa perfecta para que el vandalismo pase desapercibido entre máscaras de plástico y gasolina.
Parece que el turismo de compras en España ha dado un giro inquietante. Ya no vienen por el sol o las tapas, sino con ganas de llevarse el escaparate entero. Los Mossos d’Esquadra están mirando la frontera con Francia con el mismo recelo con el que uno mira la cuenta bancaria después de las vacaciones, sospechando que los 'especialistas' en pillaje galos quieren exportar su modelo de negocio a Barcelona. El grupo Blocus, que tiene la sutileza de un martillo neumático, ha dejado claro que lo pacífico es para los ingenuos y que la violencia es su nueva moneda de cambio. La logística es de manual: más de 70 cuentas de TikTok convocando el caos en Madrid y otras 11 ciudades. Mientras Telegram cerraba los canales de Blocus BCN tras el aviso a la UNECI, la fiesta se mudó a WhatsApp. El código de vestimenta es sencillo: negro total, guantes para no dejar rastro y líquidos inflamables. La estrategia es tan brillante como primitiva: prender fuego a la calle para que la policía juegue a los bomberos mientras ellos hacen un 'shopping' gratuito en Apple, JD o Nike Store. Básicamente, quieren vaciar las cajas fuertes de las multinacionales mientras el barrio arde. La memoria es corta, pero los datos no. El sábado pasado Barcelona fue un campo de juegos donde se asaltaron 23 comercios porque la policía se quedó mirando el paisaje. Hubo 132 detenidos, de los cuales un 64% eran españoles y el resto extranjeros, muchos de ellos menores que no sabían ni dónde estaban sentados. Ahora, Madrid intenta no repetir el error y despliega 200 agentes de la Policía Nacional para evitar que el 31 de octubre se convierta en un Halloween de saqueos reales. El plan de Blocus es volver 'más fuertes y organizados'. O sea, que vienen con el carrito lleno de ganas de romper.
La ingeniería vial tiene una capacidad fascinante para diseñar soluciones que parecen sacadas de un chiste de mal gusto. El último experimento, nacido en el corazón de Alemania, consistía en instalar unas bandas transversales de dos centímetros de altura para que los motoristas dejaran de jugar a MotoGP en carretera. El plan era sencillo: generar ruido y vibraciones para que el conductor frenara. Spoiler: no funcionó. En el distrito de Schmalkalden-Meiningen, concretamente en siete puntos de una ruta motera, intentaron frenar la sangría de 19 accidentes registrados entre 2023 y 2024, incluyendo dos tragedias mortales. Pero claro, los motoristas, que conocen el asfalto mejor que el alcalde su despacho, terminaron usando las bandas como marcas de referencia para saber exactamente dónde clavar el freno antes de la curva. Eficacia cero. Mientras tanto, el resto de los mortales pagaba el pato. Para los coches, estas bandas son el equivalente a pasar por un camino de piedras con el coche cargado; provocan frenazos bruscos que crean nuevos riesgos de colisión. Y luego están los transportistas, como Volker, dueño de una empresa de autobuses, que ha visto cómo sus facturas de reparación se disparaban a miles de euros por culpa de unas vibraciones que parecen un terremoto grado 4 en cada paso. Para rematar la jugada, los vecinos de Oberhof viven en un estado de irritación constante por el ruido. Ahora, la comisión de accidentes y los representantes municipales se han dado cuenta de que poner 'obstáculos' en el suelo no es una estrategia de seguridad, sino un agujero contable en el taller mecánico. Europa empieza a entender que la señalización dinámica o los radares pedagógicos son más útiles que jugar al Tetris con el asfalto y esperar que la física haga el trabajo sucio.
La DGT ha jugado a hacer el optimista con el nuevo Reglamento General de Circulación y el resultado es un incendio en plena carretera. Desde el 1 de octubre, el organismo ha decidido que los motoristas pueden usar el arcén en los atascos, una medida que suena muy bonita en un despacho con aire acondicionado, pero que en el asfalto es, cito textualmente según un agente de la Asociación Unificada de Guardias Civiles, una «basura». El truco está en la letra pequeña, esa que nadie lee hasta que llega el sablazo en la factura. Para que un motero pueda filtrar por el arcén sin que el agente le corte el paso con una multa, la zona debe estar señalizada. El problema es que, según el propio guardia civil, no existe ni una sola señal en todo el territorio. Es como si te dijeran que puedes entrar gratis a un club si presentas un carnet que el propio club se niega a emitir. La trampa se completa con el límite de velocidad: 30 kilómetros por hora. Una cifra tan ridícula que es prácticamente incontrolable, ya que nadie va a instalar radares en el arcén solo para pillar a alguien yendo a ritmo de bicicleta eléctrica. Mientras la DGT intenta dar una pátina de legalidad a una práctica habitual, lo que ha creado en realidad es una fábrica de sanciones. Los motoristas creen que tienen luz verde desde octubre y los agentes se ven obligados a multar a quienes confían en la palabra del BOE. Al final, la ingeniería administrativa ha logrado lo imposible: convertir un intento de flexibilidad en una emboscada legal donde el ciudadano paga el pato por una señal que no existe.
Comentarios