Crítica:
La noticia es un ejercicio de optimismo botánico que ignora si el daño estructural de las cadenas es irreversible. El tono es excesivamente romántico para lo que es, básicamente, una corrección de un error de mantenimiento.
La noticia es un ejercicio de optimismo botánico que ignora si el daño estructural de las cadenas es irreversible. El tono es excesivamente romántico para lo que es, básicamente, una corrección de un error de mantenimiento.
Hay ironías que superan cualquier guion de Hollywood. Imagina sobrevivir a la Revolución Americana, aguantar que miles de soldados se degüellen a tu sombra el 8 de septiembre de 1781 y, después de esquivar balas de plomo, casi morir estrangulado por quienes decían quererte. Así está el roble de Eutaw Springs, en Carolina del Sur. Un superviviente de casi 300 años que, tras recibir un rayo hace medio siglo que casi lo parte en dos, fue 'salvado' con una técnica rústica: envolverlo en cadenas y cables de acero. El problema es que la naturaleza no entiende de contratos fijos. El árbol creció, y esas cadenas, que en su día fueron su salvavidas, se convirtieron en un torniquete mortal. Es como intentar mantener a alguien vivo apretándole el cuello con una corbata demasiado ajustada; al final, los nutrientes no suben y el árbol empieza a asfixiarse. Ahora, para celebrar el 250 aniversario de la nación, el American Battlefield Trust y expertos de Nueva York han decidido cambiar el hierro por la ciencia. En lugar de darle un 'estirón' con cables, han usado aire supersónico para descompactar la tierra, como quien afloja un zapato que aprieta demasiado, y le han suministrado un cóctel de algas marinas para recuperar el tono. Para evitar que el cielo vuelva a intentar incinerarlo, le han instalado un sistema de pararrayos con cables de cobre que desvían la electricidad a diez pies de distancia. El plan final es quitar las cadenas viejas y poner cables flexibles que permitan al roble bailar con el viento sin romperse. Un despliegue tecnológico faraónico para que un testigo de la historia no termine siendo leña por un error de bricolaje de los años 70.
Hay días en los que el mundo decide que las reglas de la física son más bien sugerencias. El 14 de octubre de 1947 fue uno de esos. Mientras la mayoría de la gente se preocupaba por si el café estaba caliente, el capitán Chuck Yeager decidió que volar a la velocidad del sonido era un reto personal. No lo hizo en un avión convencional, sino en el Bell X-1, una máquina diseñada con la sutileza de una bala de calibre .50. El bicho se llamaba 'Glamorous Glennis', en honor a su mujer, porque nada dice 'voy a romper la barrera del sonido' como un tributo romántico a alta velocidad. La logística fue un despliegue de audacia y presupuesto. El X-1 no despegó como un avión normal, sino que fue soltado desde la bodega de bombas de un B-29 a 20.000 pies (6.096 metros). Fue un salto al vacío con esteroides que duró apenas 14 minutos. Hasta ese momento, los expertos —esos que cobran por decir que algo es imposible— aseguraban que alcanzar Mach 1 convertiría al piloto y a la aeronave en un montón de confeti metálico. Una especie de muro invisible que nadie se atrevía a tocar. Pero Yeager, que probablemente tenía el instinto de supervivencia en modo avión, saltó de Mach .965 a Mach 1.06 sin despeinarse. El único drama fue un estruendo en tierra que dejó a los vecinos preguntándose qué demonios había explotado. Al final, el 'muro' resultó ser un mito y Yeager se convirtió en el héroe de turno. Este vuelo no fue solo una cuestión de ego o de ruido; fue el primer paso real para que Estados Unidos dejara de mirar las estrellas y empezara a planear cómo llegar a ellas, sentando las bases de todo el programa espacial.
Hubo un tiempo en que los perros se comían los deberes; ahora, las productoras culpan a los algoritmos por borrar el trabajo de un año. La productora Mastiff ha vivido el sueño húmedo de cualquier informático negligente: dejar que un agente de IA entrara en el servidor y, en un descuido digital, mandara a la papelera toda la temporada de 'The Challenge Sverige'. Así, sin anestesia, semanas antes del estreno previsto para el 22 de noviembre. Imaginen la escena. Cientos de personas sudando la gota gorda durante doce meses para que, de repente, el botón de 'borrar todo' se pulse solo. Mientras nosotros peleamos con el banco por una comisión de cinco euros, en Suecia se han esfumado miles de horas de montaje. La cadena TV4, en un ejercicio de gimnasia mental digno de olimpiadas, habló de un 'fallo técnico' y retrasó el estreno hasta el año que viene. Mia Lindqvist, directora de programas de TV4, intentó salvar los muebles diciendo que la IA no actuó 'de forma independiente'. Traducido al lenguaje humano: alguien le dio la llave del coche a un robot borracho y ahora no saben cómo frenarlo. Lo más tierno es que Lindqvist insiste en que el culpable es el 'factor humano' y que el verdadero drama es que las copias de seguridad no funcionaran. Claro, porque tener un backup es como llevar paraguas: nadie lo hace hasta que le cae el diluvio encima. El presentador, Ahmed Behran, se lo tomó con una risa nerviosa, bromeando sobre cómo la IA será su perdición. Mientras tanto, los editores de Mastiff se enfrentan a la tarea sísifa de volver a montar la temporada desde cero. Una lección magistral de modernidad: automatizamos el proceso para ir más rápido, y terminamos trabajando el doble por no saber hacer un clic derecho en 'copiar y pegar'.
Hay una especie de placer casi erótico en creer que las tragedias humanas tienen una explicación técnica, un 'fallo en la matriz' que nos quite la culpa. Así nació el mito del pan mohoso. En 1976, Linnda Caporael, una estudiante de U.C. Santa Barbara que solo quería aprobar una asignatura de humanidades para graduarse, escribió un trabajo sobre Ann Putnam y los juicios de Salem de 1692. Su tesis era sencilla: las convulsiones de las niñas no eran demonios, sino ergot, un hongo del centeno que actúa como un LSD rústico. El resultado fue un incendio forestal informativo. Aunque Caporael fue cautelosa y llamó sus hallazgos 'sugerentes', la prensa de la época —con el The New York Times, The Washington Post y The Boston Globe al mando— decidió que el matiz era aburrido. Prefirieron vender que las niñas de Salem estaban en un 'mal viaje' psicodélico, encajando la historia en la paranoia antidrogas de los setenta. Fue el primer 'viral' antes de que existiera internet; una teoría que saltó de una revista científica a los kioscos en semanas. Lo fascinante es la terquedad del error. Nicholas Spanos y Jack Gottlieb desmontaron la teoría en la misma revista Science ese mismo año, demostrando que si hubiera habido ergot, las niñas habrían tenido los dedos pudriéndose por gangrena o el estómago revuelto, cosas que no aparecen en los registros. Pero la verdad es un producto difícil de vender. El mito es tan resistente que en 2023 Joe Rogan lo rescató en su podcast, demostrando que preferimos culpar a un hongo que admitir que los adultos a cargo eran simplemente crueles. Al final, 19 personas colgadas y un hombre, Giles Corey, aplastado por piedras, no fueron víctimas de un hongo, sino de una sociedad que decidió 'comerse a los suyos' porque era más fácil que admitir que la gente puede ser mala sin necesidad de alucinógenos.
Si pensabas que tu factura de la luz era el único susto del año, bienvenido a la realidad: el verano de 2026 en Estados Unidos no ha sido un clima, ha sido un castigo. No hablamos de un 'calorcito' molesto, sino del verano más abrasador en 132 años. Según la NOAA, la temperatura subió 3 grados Fahrenheit (1,67 °C) por encima de la media, dejando en ridículo el récord anterior de 2021 que apenas rozaba los 0,4 °F. Es como pasar de un ligero roce a un golpe seco en la cara. Agosto fue el clímax de este horno industrial, situándose 3,5 °F sobre la media con unos 75,6 °F (24,2 °C). Mientras algunos intentaban sobrevivir en el Suroeste, California, Nevada o Florida, el país se secaba como una pasa al sol. No es solo que hiciera calor; es que el agua desapareció. El verano fue el tercero más seco desde el año 2000, con una precipitación 0,32 pulgadas (0,8 cm) por debajo de lo normal. Para septiembre, el 59,1% del territorio contiguous estaba en sequía. Puerto Rico, por su parte, estaba en cuidados intensivos: el 75% de la isla seca y un 40% en 'sequía extrema'. La naturaleza, harta de nuestra 'ingeniería atmosférica' basada en emisiones industriales, respondió con el catálogo completo de desastres. Mientras el viento en Dakota del Sur soplaba a 111 mph (178,6 km/h) como si quisiera borrar el mapa, el fuego devoraba más de 10.000 acres entre Washington y Oregón. Y para rematar la faena, el Huracán Lala decidió que Hawái necesitaba un baño forzado de viento y lodo. No es mala suerte, es la factura del cambio climático llegando al buzón y, esta vez, no hay quien la dispute.
Hay una figura clásica en el teatro de la vida: el jefe que intenta cerrar el negocio y, cuando el éxito es inevitable, aparece en la foto para decir que él puso la pasta. El 30 de agosto de 2026, el Telescopio Espacial Nancy Grace Roman despegó con éxito, y como si fuera una llamada de un ex que quiere volver, Donald Trump interrumpió la rueda de prensa de la NASA para repartir felicitaciones. El momento fue casi surrealista: Jared Isaacman, administrador de la NASA, sosteniendo el móvil frente al micrófono mientras el presidente presumía que el lanzamiento 'se veía hermoso en televisión' y soltaba el mantra de 'yo os doy todo ese dinero'. La ironía tiene un sabor metálico. Para quienes llevan la cuenta, Trump no es precisamente el padrino de esta misión. Entre 2019 y 2021, el presidente intentó borrar al Roman (entonces llamado WFIRST) del mapa presupuestario en tres ocasiones distintas. Fue el Congreso quien, haciendo de escudo, mantuvo los fondos. No contento con ello, en abril de 2025 se filtraron documentos que proponían un tajo del 50% al presupuesto de ciencia de la NASA, un sablazo que habría sentenciado la misión. Al final, el presupuesto para el año fiscal 2026 se quedó en 24.400 millones de dólares, manteniendo el flujo de caja casi plano. Trump incluso llegó a decir que el Centro Espacial Kennedy estaba 'literalmente cerrado' en 2016 porque veía hierba en las grietas de las pistas, ignorando convenientemente que el cierre duró dos días por el huracán Matthew. Cuando Jeff Foust, de SpaceNews, lanzó la pregunta incómoda sobre cómo se pasa de querer anular una misión a celebrarla, Isaacman aplicó la técnica del esquive corporativo, hablando de 'recursos positivos'. En resumen: el telescopio vuela, la ciencia avanza y el político se cuelga la medalla de un proyecto que intentó matar tres veces.
Vivimos en la era de la obsolescencia programada, donde comprar un cargador nuevo es casi un ritual religioso cada dos años. Mientras nos venden la moto de la 'eficiencia sostenible' en los anuncios, la realidad es que la mayoría de nosotros dejamos el ordenador configurado como vino de fábrica, permitiendo que la máquina chupe energía como si la factura la pagara el vecino. Para los que usan Windows 11, el camino es sencillo: Ajustes > Sistema > Energía. Ahí tenemos el 'Modo de energía', un menú con tres sabores: Eficiencia energética, Equilibrado y Máximo rendimiento. Es como elegir el ritmo de un coche: o vas en modo ahorro para que el depósito dure hasta el viernes, o pisas el acelerador y ves cómo el porcentaje de batería cae en picado mientras el ventilador suena como un avión despegando. Luego está el 'Ahorrador de energía', que básicamente deja el PC en estado vegetativo, bajando el brillo y pausando actualizaciones para que no te quedes a oscuras en mitad de una reunión. En el jardín vallado de Apple, con macOS 27 Golden Gate, la cosa cambia según el hardware. Si tienes un MacBook, vas a 'Batería'; si tienes un iMac, a 'Energía'. Los que presumen de los últimos procesadores Apple Silicon tienen el lujo del 'Modo de energía' con opciones de Bajo consumo, Automático o Alto rendimiento. Es la eterna lucha entre querer que el Mac vuele o que no necesites llevar un ladrillo de carga en la mochila. Y ojo al detalle: Apple esconde el tiempo de espera de la pantalla en el menú de 'Bloqueo', una jugada maestra de diseño para que te olvides de configurarlo y sigas regalando vatios al aire. Al final, optimizar el sistema es el único modo de evitar que el ordenador sea un agujero negro de electricidad en el salón.
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