Parece que en Madrid el concepto de 'adolescencia' se ha vuelto elástico, casi como un chicle. Según la Memoria de la Fiscalía de la Comunidad de Madrid de 2025, el sistema de filtros tiene más agujeros que un colador suizo: de los 786 supuestos menas sometidos a pruebas radiológicas el año pasado, 346 resultaron ser adultos.
Sí, han leído bien. Casi la mitad de los que decían ser niños eran, en realidad, señores con barba o, al menos, con el carpo de un adulto. Mientras el ciudadano medio hace malabares para que la lista de la compra no supere los 100 euros, el Estado ha estado financiando la estancia de adultos en centros de protección, mezclándolos con menores reales en un cóctel de riesgo que la propia Fiscalía califica de 'peligroso'.
La ingeniería del engaño ha sido tan efectiva que los procedimientos de determinación de edad subieron un 67,2% respecto a 2024, cuando fueron 470.
Pero el problema no es solo quién entra, sino cómo se gestiona el caos. La Fiscalía admite que conseguir traductores de lenguas africanas como el bambara, wolof, poular o mandinga es casi como buscar un unicornio; doce comparecencias tuvieron que suspenderse por no encontrar a alguien que hablara el idioma.
Para rematar la crónica, el informe destapa una realidad cruda: 2.856 niños menores de 14 años ya están inmersos en 'conductas disociales'. No hablamos de travesuras, sino de una banalización de la violencia que incluye 23 intentos de homicidio y la irrupción de bandas como los Dominican Don’t Play (DDP) y Trinitarios, que han descubierto que estafar por internet es mucho más rentable y cómodo que el crimen callejero.
Todo esto mientras el Aeropuerto Adolfo Suárez-Madrid Barajas ve caer el flujo de entradas ilegales gracias a la exigencia de visados de tránsito. En resumen: filtros rotos, adultos jugando a ser niños y una juventud que confunde la calle con un videojuego de disparos.
Crítica:
La noticia es un despliegue de datos alarmantes, pero falla al no cuestionar quién es el responsable político de que los 'filtros' sean tan deficientes. Se limita a transcribir la memoria judicial sin buscar la cara del gestor que permitió este despropósito.
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