Crítica:
La noticia es un recorte de declaraciones televisivas sin contrastar con datos reales de presupuesto eclesiástico. Se limita a reproducir el discurso del cura sin cuestionar la cuantía real de esos 'recursos limitados'.
La noticia es un recorte de declaraciones televisivas sin contrastar con datos reales de presupuesto eclesiástico. Se limita a reproducir el discurso del cura sin cuestionar la cuantía real de esos 'recursos limitados'.
Hablemos de matemáticas incómodas, de esas que no encajan en los folletos turísticos ni en los discursos de armonía social. Mientras el ciudadano medio intenta que la hipoteca no se coma su sueldo, el mapa de la inseguridad sexual en España ha dibujado una curva que da vértigo. No es solo el ruido mediático de Ceuta, donde el Sindicato Unificado de Policía (SUP) ha soltado una bomba con 15 presuntas violaciones que, por sí solas, igualan todo el año 2019 de la ciudad autónoma. Es un incendio nacional. Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) son un jarro de agua fría. En 2025, las condenas por violación alcanzaron las 131 personas. De esas, 64 eran extranjeros. Hagamos la traducción callejera: el 49% de los condenados por el delito más grave no son de aquí, a pesar de que los extranjeros solo representan el 14,1% del censo. Es una desproporción que no se explica con la suerte, sino con una realidad que muchos prefieren ignorar. Si miramos atrás, hace diez años las condenas no llegaban a la treintena. Hemos pasado de un goteo a un torrente. El desglose por continentes es donde la hipocresía se pone nerviosa. Desde 2017, el 21% de las condenas por violación recae en ciudadanos africanos, que apenas suponen el 2,8% de la población. Los americanos, con un 4,2% del censo, se llevan el 17,2% de las condenas. En el saco general de delitos sexuales, la cifra es aún más brutal: 6.111 condenados en 2025, donde el 32% son extranjeros. Para rematar la faena, el Ministerio del Interior confirma que los delitos contra la libertad sexual en España pasaron de 9.869 hace una década a 22.846 en 2024. Se han multiplicado por 2,3 mientras nosotros mirábamos hacia otro lado.
Hay quien piensa que el Reglamento General de Circulación es una sugerencia amable, algo parecido a las instrucciones de un mueble de IKEA que ignoras hasta que te sobra un tornillo. Pero cuidado, que hay una norma que es una auténtica trampa para incautos: la escolta forzosa a la ITV. Si tu coche escupe un humo que haría llorar a un minero o tus neumáticos parecen queso gruyère, la Guardia Civil puede pedirte que les acompañes al centro de inspección más cercano, siempre que esté en un radio de 30 kilómetros. No es una invitación a tomar café; es una orden. La ironía es deliciosa. Si el coche es un desastre, tú pagas la factura. Si el coche está impecable y los agentes se han equivocado, la Administración suelta la pasta. Un juego de azar donde la banca siempre gana. De hecho, este protocolo no es un invento para molestar al ciudadano; hace unos meses, la Guardia Civil dinamitó una trama de ITVs que vendían aprobados como quien vende donuts en una feria, interceptando un coche sospechoso y llevándolo a otra estación para desmontar el engaño. Pero aquí viene el verdadero sablazo. Negarse a este 'paseo' es como intentar apagar un incendio con gasolina. Primero, te inmovilizan el vehículo, dejándote tirado. Luego llega la lluvia de multas: 500 euros por desobediencia a la autoridad, más otros 200 euros si la infracción es grave, o 500 euros si es muy grave. En el peor de los casos, terminas con un procedimiento penal por resistencia. Al final, el ahorro de evitar la ITV te sale más caro que cambiar el motor entero. Una lección de aritmética básica que cuesta 1.000 euros y un montón de nervios.
Hay quien dice que el agua es un derecho humano, pero convertir una fuente de agua potable en un spa personal es llevar el concepto de 'bien común' a un nivel de surrealismo digno de premio. En el parque Krekovic, el corazón verde de Nou Llevant, un joven magrebí decidió que el surtidor municipal era el sitio ideal para una sesión de higiene personal, lavándose pies y piernas a plena luz del día. Mientras el ciudadano medio lucha contra la factura del agua como si fuera un deporte de riesgo, aquí tenemos una ducha gratis, sin calefacción pero con público en directo. La escena, capturada por un testigo que no quiso perderse el espectáculo del incivismo, ha dejado a los vecinos con la boca abierta. Y es que no es un desliz puntual; es una costumbre que ya ha pasado por la plaza de Pere Garau, donde otros usuarios de origen africano trataron las instalaciones de Emaya como si fueran el vestuario de un gimnasio low-cost. El contraste es brutal: por un lado, ancianos y familias que cuidan el parque como si fuera el salón de su casa; por otro, alguien que confunde la infraestructura de abastecimiento con un bidé gigante. Lo verdaderamente fascinante no es solo el acto, sino la repetición del guion. De Nou Llevant a Pere Garau, el mensaje es el mismo: el equipamiento urbano es un tablero de juegos donde las normas de convivencia son meras sugerencias. Mientras el Ayuntamiento gestiona el agua potable, algunos deciden que el parque es el lugar perfecto para el aseo personal, transformando un punto de hidratación en una zona de lavado de pies. Una gestión del espacio público que, sinceramente, deja a cualquiera con la sensación de que estamos viviendo en una comedia de errores donde el sentido común ha pedido la baja laboral.
Bienvenidos a la España de las dos velocidades: donde unos pagan sus impuestos esperando que el Estado funcione y otros descubren que la mejor política de seguridad es el alambre de espino comprado en la ferretería de la esquina. En Ceuta, concretamente en la urbanización La Colina, cerca de la playa del Trampolín, el concepto de 'hogar dulce hogar' ha sido sustituido por el de 'fortaleza blindada'. Los vecinos, hartos de que su propiedad privada sea tratada como una zona de libre tránsito, han decidido instalar concertinas y vallas de obra. No es un capricho decorativo; es la respuesta desesperada a un escenario donde algunos residentes ya han sufrido tres intrusiones en sus casas. Mientras el Gobierno juega al ajedrez administrativo con las devoluciones, que según los afectados se tramitan en un limbo donde no se ve movimiento, el ciudadano de a pie siente que su suscripción al Estado español ha caducado. Es la paradoja del siglo: pagar la cuota mensual de impuestos para luego tener que gastarse el presupuesto de las vacaciones en alambre de espino para que no te salten la valla. La sensación de abandono es tan espesa que se puede cortar con el mismo metal que protege los jardines. La situación no es un caso aislado de La Colina; en Loma Colmenar el malestar es el mismo. Los vecinos denuncian que, mientras ellos blindan sus puertas, la Cruz Roja mantiene el suministro de alimentos, creando un ecosistema donde el invasor merodea y el propietario se encierra. Algunos llegan a lanzar la frase más lapidaria de la crónica: se sienten más seguros en Marruecos que en España. Cuando el ciudadano pide un estado de excepción o el confinamiento con tal de recuperar la paz, es que el contrato social no solo está roto, sino que ha sido triturado.
Hay que tener una fe ciega en el sistema para pensar que el Estado se preocupa por la vejez. En Ilisan, estado de Ogun, la Agencia Nacional Antidrogas de Nigeria (NDLEA) decidió que su prioridad absoluta el pasado 15 de agosto era Esther Ogunmabo. Sí, Esther tiene 101 años. Mientras la mayoría a esa edad lucha con la memoria o el mando de la tele, ella gestionaba un inventario de 90 gramos de cannabis variedad skunk, convenientemente empaquetado en sobres pequeños. Un negocio de barrio, casi artesanal. La tragedia es el motor de la picaresca. Esther perdió su tienda de provisiones en un incendio y, en lugar de esperar a que el Estado le enviara un cheque de ayuda que probablemente nunca llegaría, decidió montar un 'supermercado' botánico. La logística era familial: su hija, residente en Lagos, le suministraba la mercancía cada cuatro días. Una cadena de suministro más eficiente que el servicio de correos local. La hija, por supuesto, también terminó esposada en la operación. El despliegue policial es conmovedor. Mohamed Buba Marwa, el jefe de la NDLEA, terminó ordenando la libertad bajo fianza y asesoramiento psicológico para la centenaria, probablemente al darse cuenta de que la foto de una bisabuela en calabozos no ayuda mucho al marketing institucional. Mientras tanto, la agencia presume de 'grandes éxitos': 42,62 kilos de narcóticos y 20 gramos de cocaína camuflados en fufu de yuca en Akwa Ibom el 21 de agosto, y contenedores de marihuana sintética llegados desde Tailandia a los puertos de Apapa y Lekki. Es fascinante que Nigeria tenga tiempo para perseguir 90 gramos de una mujer de 101 años mientras las rutas tailandesas se abren como autopistas.
Hay una lógica perversa en la gestión de la seguridad rural: si quitas al vigilante, el ladrón se siente como en un buffet libre. En Rollán, un pueblo de 350 habitantes que ahora mismo es el patio de recreo de cualquier oportunista, llevan más de 600 días sin puesto de la Guardia Civil. El Gobierno decidió que cerrar un cuartel operativo desde 1870 era una 'optimización', trasladando el servicio a Villares de la Reina. Treinta y dos kilómetros de distancia. Para quien vive en la ciudad, 32 kilómetros son un paseo; para un vecino de Rollán que ve cómo le roban hasta el tendido de ADSL, es un abismo donde la ley no llega a tiempo ni para decir 'hola'. El alcalde, Leonardo Bernal (PSOE), ha tenido que sacar a todo el pueblo a la calle porque la delincuencia no entiende de decretos de unificación. Han pasado de la tranquilidad castellana a que les desplumen la depuradora en construcción y las explotaciones agrarias. Es la ingeniería del ahorro: ahorran en personal y el coste lo pagan los vecinos en facturas de reposición y noches sin dormir. El miedo se alimenta de ejemplos cercanos; ver una casa ocupada en Garcihernández, a solo 50 kilómetros, es el recordatorio constante de que una vivienda vacía es, hoy en día, una invitación abierta. Mientras el Ministerio juega al Tetris con los cuarteles, en Rollán han acumulado casi 1.400 firmas en Change.org desde febrero. Una cifra ridícula si pensamos que el puesto servía a 12 localidades, incluyendo Canillas de Abajo, Calzada de Don Diego o Robliza de Cojos. Al final, la cuenta es sencilla: menos botas sobre el terreno equivalen a más manos largas en los campos. El ahorro público ha resultado ser el subsidio perfecto para el crimen rural.
Gestionar la muerte suele ser un proceso aséptico, casi administrativo, hasta que te encuentras con 88 cadáveres hacinados en un Hospital Militar que, para colmo, no tiene actividad hospitalaria ordinaria. Lo de Ceuta no ha sido una gestión de crisis, ha sido un ejercicio de improvisación digno de una película de terror presupuestaria. Mientras el Ministerio de Justicia se limitaba a pagar las dietas del personal voluntario —como quien paga el parking de un centro comercial—, los forenses locales se las apañaban con 'pingüinos' (refrigeradores portátiles) y literas para evitar que la descomposición ganara la carrera contra el reloj. La aritmética del horror es sencilla: una invasión de 80.000 personas que desembocó en una montaña de cuerpos recogidos el 30 y 31 de julio. Antes de eso, el goteo era constante: uno aquel día, dos este otro, cuatro en una jornada mala. Al final, la cuenta llegó a 88 cuerpos que el Estado dejó en un limbo gélido y precario. El resultado es lógico: trabajadores con el alma rota que ahora necesitan tratamiento psicológico o piden la baja porque nadie puede pasar semanas manipulando restos en descomposición sin que se le quiebre la cabeza. La hipocresía alcanza su cénit con el ministro de Justicia de Marruecos, Abdellatif Ouahbi. Tras tres semanas de silencio sepulcral, y solo cuando la prensa española y la presión internacional empezaron a hacer ruido, Ouahbi decidió que ya era hora de 'no separar entre vivos y muertos'. Mientras tanto, 18 inmigrantes ya descansan en el cementerio musulmán de Ceuta, enterrados con números en lugar de nombres, esperando que alguien, algún día, recuerde que fueron personas y no solo una cifra en un acuerdo diplomático de última hora.
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