Europa ha decidido que salvar vidas es un lujo climático. Mientras en Estados Unidos el aire acondicionado es tan básico como el papel higiénico, aquí lo miramos con la sospecha de quien ve un pecado mortal. El resultado es una carnicería silenciosa: 26.000 fallecimientos anuales que podrían evitarse si dejáramos de jugar a los ecologistas de salón mientras los abuelos se asan en sus casas.
Es la paradoja del continente más rico: preferimos que el termómetro suba hasta el delirio antes que admitir que un aparato eléctrico puede ser la diferencia entre la vida y el cementerio.
Los números no mienten, aunque a los políticos les encante maquillarlos. Roger Pielke Jr.
ha soltado la bomba: si tuviéramos la penetración de refrigeración de EE. UU., en un verano como el de 2022 habríamos salvado entre 22.000 y 31.000 personas. Si fuéramos universales, la cifra subiría a 35.000. Para que se entienda: con solo llegar al 40% de cobertura —menos de lo que ya tienen España o Italia— salvaríamos hasta 8.000 vidas.
Es como decidir no poner cinturones de seguridad en los coches porque fabricar la tela contamina demasiado.
La OMS nos da el golpe de gracia: 68.000 muertos en 2022, 51.000 en 2023 y 63.000 en 2024. El 93% son mayores de 65 años, el grupo que más sufre el sablazo del calor y el más olvidado por las agendas del 'enfriamiento pasivo'.
Bjørn Lomborg lo ha clavado: somos hipócritas. Nos horroriza el gasto eléctrico del verano, pero encendemos la caldera a tope en invierno sin que nadie nos llame criminales climáticos. Europa ha sustituido la lógica por la ideología, y el precio de esa coherencia moral lo pagan los que mueren en interiores, solos y sudando, mientras alguien en una oficina decide que el aire acondicionado es 'demasiado agresivo' para el planeta.
Crítica:
El texto es un despliegue de datos contundentes, aunque roza el maniqueísmo al simplificar el debate energético. Es brillante al exponer la hipocresía europea, pero ignora la viabilidad técnica de instalar equipos en cascos urbanos medievales.
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