El Gobierno da más de medio millón de euros públicos al sindicato de estudiantes

Medio millón público para 'estudiantes' revolucionarios

politica Una ilustración satírica donde se ve una montaña de monedas de oro y billetes saliendo de un despacho gubernamental gris y aburrido, transformándose en megáfonos y pancartas rojas en manos de jóvenes que llevan libros cerrados bajo el brazo. Estilo caricatura editorial de periódico, colores contrastados, fondo universitario.

Hay quien dice que estudiar es el camino al éxito, pero hay otros que han descubierto que el verdadero negocio es fingir que defiendes al alumno mientras te dedicas a la agitación profesional. El Gobierno de España ha soltado más de 500.000 euros al Sindicato de Estudiantes, una cifra que, traducida al lenguaje de la calle, es como pagarle el alquiler y las cañas de toda una vida a alguien que no ha pisado una biblioteca desde que se inventó el papel.

Mientras el ciudadano medio hace malabares con la hipoteca y mira la cesta de la compra como quien mira una película de terror, el Estado financia con generosidad una organización que parece confundir el campus universitario con un cuartel revolucionario. No es que defender los derechos estudiantiles sea malo; el problema es que aquí el 'estudio' es una sugerencia y la 'revolución' es el horario laboral.

El Sindicato de Estudiantes presume en su web de congresos como 'Hacer la Revolución. 40 años del Sindicato de Estudiantes', un evento que suena más a fiesta de militancia que a debate sobre becas o infraestructuras. Pero el despliegue no se queda en la teoría. El dinero público termina alimentando consignas para 'VENCER A AYUSO', boicots contra Santiago Abascal en Asturias o el aplauso entusiasta por haber silenciado a Vito Quiles. Lo más delirante es la gimnasia mental: se presentan como defensores de los derechos mientras celebran que otros no puedan expresarse.

Es el clásico caso de 'haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago', financiado con el sudor de quien paga sus impuestos. El Gobierno debería explicar, con lujo de detalles y sin lenguaje burocrático, cómo es que medio millón de euros acaba legitimando disturbios en La Coruña o el caos importado de Francia, en lugar de comprar libros o mejorar las aulas.

Crítica:

El texto es una columna de opinión disfrazada de denuncia, cargada de anécdotas personales que rozan lo sentimental. Le falta rigor en la trazabilidad de las subvenciones para no quedarse solo en la queja ideológica.

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