Hay un arte casi místico en la capacidad de la administración para convertir un gasto doméstico en una cuestión de principios políticos. Pere Navarro, el timonel de la DGT, ha salido a la luz pública con una perplejidad digna de un Oscar: no entiende cómo hay ciudadanos que se niegan a soltar entre 40 y 60 euros por la nueva baliza V16 solo porque la idea lleva el sello de Pedro Sánchez.
Es fascinante. Para el Estado, que el ciudadano se gaste lo mismo que cuestan dos cenas modestas en un dispositivo con eSIM y GPS es un trámite lógico; para el bolsillo del conductor, es otro 'sablazo' más en la lista de la compra obligatoria.
El dispositivo es una joya tecnológica que chiva tu posición a la plataforma DGT 3.0 cada 100 segundos, jubilando a los viejos triángulos que obligaban a jugar a la ruleta rusa en el arcén.
Pero claro, la modernidad tiene un precio: si decides mantenerte fiel al plástico naranja de toda la vida, la multa es de 80 euros. Una ecuación sencilla donde el Estado gana siempre, ya sea por la venta del aparato (con su correspondiente IVA para Hacienda) o por la sanción.
Pero la reforma no se queda en el gadget.
Navarro ha decidido que la fluidez del tráfico es un lujo prescindible frente a la seguridad, eliminando esos cruces donde el peatón tenía verde y el coche ámbar. Además, han puesto la mira en los 'vulnerables'. Si vas en moto y te pillan con sandalias o sin guantes en carretera, prepárate para un tajo de 200 euros en la cuenta bancaria.
A los ciclistas les han quitado la excusa del calor para no usar casco y a los riders se lo imponen por decreto. En resumen: más seguridad, más control y, sobre todo, más tickets de pago.
Crítica:
La noticia camufla una imposición económica como un avance tecnológico, omitiendo si hubo alternativas gratuitas para rentas bajas. El enfoque de Navarro es condescendiente y desplaza la responsabilidad del gasto al 'odio político' del usuario.
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