La ministra de Sanidad, Mónica García, ha decidido jugar al ajedrez con las piezas de Atención Primaria, pero se ha olvidado de avisar a los jugadores. El anuncio es sencillo en el papel: trasladar el aborto farmacológico a los centros de salud, modificando el real decreto de autorización y la ficha técnica de la mifepristona para que el fármaco salga del hospital.
Suena a progreso, pero para los médicos de familia es como si te avisaran de que tienes un nuevo hijo adoptivo mientras estás intentando apagar un incendio en el salón.
Lorenzo Armenteros, de la SEMG, no ha tenido pelos en la lengua: la noticia ha caído como un jarro de agua fría.
Se habla de 'ir de la mano' de los profesionales, pero el anuncio ha sido un monólogo ministerial. Es la eterna canción del sector: se diseñan políticas en despachos con aire acondicionado mientras en la calle los centros de salud funcionan con el combustible del agotamiento.
Pedir que absorban una nueva prestación en un sistema que ya sufre una infrafinanciación crónica es como intentar meter un colchónviscoelástico en un maletero lleno de piedras.
La SEMG admite que la medida es equitativa y segura —en otros países el 50% de los abortos son farmacológicos fuera del hospital—, pero la realidad es que no hay ecógrafos de calidad en todos los centros ni tiempo para consultas diferenciadas.
No se puede gestionar una interrupción del embarazo entre una receta de hipertensión y una gripe. Sin una dotación económica adicional y una gestión real de la objeción de conciencia, el plan de Sanidad corre el riesgo de ser otra promesa brillante que termina estrellándose contra la falta de personal y la burocracia de una cartera de servicios que ya no aguanta más peso.
Crítica:
La noticia es un catálogo de quejas gremiales bien fundamentadas, pero el titular original es demasiado blando para la magnitud del conflicto interno. Falta analizar si hay presupuesto real detrás del anuncio o si es puro maquillaje político.
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