Crítica:
El texto original es una enumeración de cargos que parece una agenda telefónica. Le falta valentía para preguntar directamente qué beneficio obtuvo el Estado español de este 'networking' privado.
El texto original es una enumeración de cargos que parece una agenda telefónica. Le falta valentía para preguntar directamente qué beneficio obtuvo el Estado español de este 'networking' privado.
Bruselas ha vuelto a abrir el grifo. Ursula von der Leyen, desde la comodidad de un Global Citizen Festival en Nueva York que acabó siendo un baño colectivo por el mal tiempo, ha anunciado un desembolso de casi 710 millones de euros. Para el ciudadano medio, que mira la factura de la luz como quien mira una película de terror, esa cifra es abstracta; pero traducido al lenguaje de la calle, es como si la UE decidiera pagar la hipoteca de medio barrio mientras nosotros seguimos contando los céntimos para el café. El reparto del botín es quirúrgico. 380 millones de euros se van al África subsahariana para gestionar la migración, que en lenguaje diplomático significa intentar que el flujo no llegue a nuestras costas mediante el 'retorno voluntario'. Un eufemismo elegante para decir que pagan para que no vengan. A esto sumamos otros 97 millones para combatir la malnutrición y el clima en la misma zona, porque aparentemente el primer paquete no bastaba para llenar los platos. Luego están los 'parches' de urgencia. 103 millones de euros se dirigen a Gaza y Líbano, donde los servicios básicos han colapsado más que un servidor de Hacienda el día de la declaración de la renta. Ucrania, que ya tiene la despensa llena de promesas europeas, recibe 52 millones más para no congelarse este invierno. Y para cerrar el despliegue de generosidad, 7.5 millones de euros aterrizan en la República Democrática del Congo para pelearse con el ébola. Todo este despliegue de solidaridad, con 252 millones aún pendientes de que alguien en Bruselas firme el cheque final, nos deja una sensación agridulce. Es la eterna paradoja: Europa se siente el salvador del mundo mientras sus propios barrios se vuelven prohibitivos. Mucho compromiso en redes sociales, pero la realidad es que el dinero vuela más rápido que los aviones privados de los comisarios.
Hay una magia aritmética en Moncloa que cualquier mago de Las Vegas envidiaría. Resulta que Barcelona es el 'ejemplo a seguir' en vivienda, según Pedro Sánchez, pero el truco no está en la gestión, sino en el talonario. Mientras que para la Comunidad de Madrid el Gobierno ha soltado 8.375.000 euros —una cantidad que, a efectos prácticos, se queda en el realojo de la Cañada Real y algunos papeles de notaría—, para la capital catalana el grifo se ha abierto hasta el delirio. Barcelona ha concentrado 21.476.480 euros. Es un sablazo monumental que hace que la ayuda a Madrid parezca una propina dejada en un café. El desglose es casi poético: el Ayuntamiento se lleva 15.777.360 euros para alquileres sociales y otros 250.000 euros solo para organizar el 'HOUSING SUMMIT 2026'. Sí, porque para solucionar que la gente no tenga dónde vivir, lo primero es montar un congreso con catering y ponentes. A esto sumamos los 5.399.120 euros para el Área Metropolitana y un 'bonus' de 50.000 euros repartidos entre cuatro universidades para que escriban artículos y hagan seminarios sobre por qué no hay casas. La ironía alcanza su pico cuando Sánchez presume de una bajada del 4,7% en los precios de los contratos. Pero aquí llega la traducción de la calle: el precio del metro cuadrado subió a 23 euros en junio, tres euros más que el año anterior. ¿Cómo cuadran los números? Muy sencillo. Como explica Carlos Balado de OBS Business School, la superficie media ha caído al 71,4 metros cuadrados. No es que el alquiler sea más barato, es que los inquilinos están viviendo hacinados en cajas de zapatos. Menos espacio, mismo precio, pero en el Excel del Gobierno figura como un éxito rotundo gracias a una inversión que deja a Madrid mirando desde la barrera.
La política es ese arte maravilloso donde el espejo solo refleja los pecados ajenos. Elma Saiz, portavoz del Gobierno, se paseó por Ginebra en 2025 lanzando dardos cargados de superioridad moral, tildando a Alberto González Amador de «delincuente confeso» por sus líos fiscales. Un despliegue de ética impecable, si ignoramos que en su propia casa el concepto de 'confesar delitos' no era una teoría, sino un antecedente judicial con sello oficial. Resulta que Aitor Zunzarren, el marido de la ministra, no estuvo precisamente meditando sobre la ley en el chupinazo de San Fermín del 6 de julio de 2016. En el bar Kabiya, la fiesta se le subió a la cabeza y decidió que los agentes de la Policía Municipal de Pamplona eran sacos de boxeo. La sentencia del Juzgado de lo Penal Número 4 de Pamplona, del 2 de febrero de 2017, es un poema: codazos, braceos y un ojo afectado que requirió asistencia facultativa. Básicamente, Zunzarren convirtió una salida nocturna en un campo de batalla. Pero aquí viene la ingeniería del perdón. Para evitar que el camino al calabozo fuera corto, Zunzarren pactó con la Fiscalía. El precio de su libertad fue una multa de ocho euros diarios durante siete meses y un pago de 90 euros al agente golpeado. Un sablazo insignificante, casi el coste de una cena mediocre, para borrar el rastro de una condena por lesiones, atentado y resistencia a la autoridad. Lo más fascinante es que, mientras Saiz distinguía entre quien persigue el delito y quien lo comete, su marido seguía disfrutando de su plaza en la Policía Foral de Navarra. Una coherencia que asusta: condenar al vecino por el libro de cuentas mientras en casa se perdonan los codazos a los compañeros de uniforme.
Hay quien dice que la seguridad es un derecho, pero cuando se trata de la familia del presidente, parece más bien un paquete 'todo incluido' pagado con el dinero de todos. Mientras el ciudadano medio hace malabares con la cuenta bancaria para que el coche no se quede sin gasolina, los padres y las hijas de Pedro Sánchez se pasean por Lanzarote con un servicio de chófer y escoltas del Ministerio del Interior que haría palidecer a cualquier estrella de Hollywood. El Gobierno, en una respuesta al Senado que es una obra maestra de la gimnasia mental, sostiene que poner coches oficiales a disposición de los familiares es fundamental para «garantizar su seguridad». Claro, porque ir a comprar el pan o pasear por la isla con la familia es, aparentemente, una actividad de alto riesgo. Cuando el PP, a través de Alicia García, Paco Bernabé y Javier Arenas, preguntó cuánto costaba este despliegue de lujo en La Mareta el pasado agosto, el Ejecutivo aplicó el clásico truco del mago: los datos no existen o son secretos. Según el Gobierno, desglosar el coste del alquiler de vehículos sería un «potencial peligro», como si revelar el precio de un renting fuera a dar la clave para un golpe de Estado. La escena es surrealista: 40 agentes del GRS de la Guardia Civil, patrulleras vigilando la costa y hasta buzos del Grupo de Actividades Subacuáticas para que el presidente pueda sumergirse tranquilo. Todo esto mientras el Ejecutivo se escuda en que los gastos de Patrimonio Nacional se imputan a su programa presupuestario, una frase tan vacía que sirve para ocultar el sablazo. En resumen, el dinero público ha dejado de ser un recurso común para convertirse en la tarjeta de crédito personal de la familia Sánchez, todo bajo el manto sagrado de la 'seguridad integral'.
Emmanuel Macron llega a España con la sonrisa ensayada y la maleta llena de protocolos, pero el aire huele a fragancia barata y traición diplomática. Mientras se prepara una cena de gala en el Palacio Real y una cita en Moncloa el 30 de septiembre, París juega al ajedrez con piezas que a Madrid no le hacen ninguna gracia. Resulta casi cómico que, mientras Pedro Sánchez intenta gestionar la crisis de Ceuta, Francia invite a Marruecos a jugar a los avioncitos en su casa. No es un juego de niños. Hablamos de las maniobras ORYX 2 y CHEBEC 26. En la base Orange-Caritat 115, cuatro cazas F-16 marroquíes y dos C-130 Hércules se han instalado como quien se planta en el salón del vecino, habiendo sobrevolado España con un permiso que sabe a condescendencia. Mientras tanto, en el Mediterráneo, una fragata francesa y una marroquí hacen 'simulaciones' que nadie sabe explicar, pero que se entienden perfectamente: Francia quiere ser el jefe de la zona y Rabat sabe cómo pulsar el botón del pánico español. La hipocresía alcanza niveles estratosféricos cuando miramos el calendario. España intenta hacer sus ejercicios Eagle Eye en Málaga con seis F-18, pero Marruecos les responde con un 'aquí estoy yo' desde el aeropuerto de Alhucemas, haciendo touch-and-go con sus F-16 justo delante de las narices españolas. Y para rematar el pastel, los drones marroquíes en Melilla juegan al escondite con los aviones de Iberia, obligándolos a dar vueltas en el aire como si estuvieran esperando turno en la carnicería. Todo esto ocurre mientras el Tratado de Amistad y Cooperación de enero de 2023 está cogiendo polvo en el Congreso, paralizado, mientras que en París ya lo han firmado con la rapidez de quien firma un cheque que sabe que no va a cobrar.
Hay una elegancia casi coreográfica en la forma en que ciertos políticos gestionan sus crisis: cuando el agua llega al cuello, el billete de avión es el mejor salvavidas. Mounir Laymouri, el alcalde de Tánger y pieza clave del Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), ha descubierto que España es el refugio ideal cuando en casa las cosas se ponen feas. El detonante no fue una crisis geopolítica, sino algo tan cutre como una bolsa de documentos sospechosos encontrada en la mesa electoral número 84, en la escuela Al Qods del barrio de Casabarata. Básicamente, alguien olvidó cerrar bien la maleta de los trucos electorales y el vídeo de la detención se volvió viral, convirtiendo la red social en el fiscal más eficiente de Marruecos. Mientras cinco personas ya están pasando el rato en el calabozo, la Policía Judicial fue a buscar a Laymouri para un careo que prometía ser digno de una telenovela. Pero el alcalde, que además coordinaba la campaña electoral, aplicó la técnica del 'desvanecimiento estratégico'. El jueves por la noche, justo cuando la Fiscalía de Tánger empezaba a calentar los motores judiciales, el dirigente decidió que el clima español era mucho más propicio para reflexionar sobre la democracia. Es la clásica ingeniería de supervivencia: mientras el Ministerio Público habla de 'medidas legales correspondientes' y 'pesquisas abiertas', el responsable de la campaña disfruta de la distancia. Pasar de gestionar una ciudad a ser el objetivo de una orden de búsqueda nacional es un salto profesional vertiginoso, pero Laymouri lo ha hecho con la naturalidad de quien sale a comprar el pan, solo que en este caso, el pan se compra en otro país para evitar que te pongan las esposas.
Mientras el ciudadano medio hace malabares para que la cesta de la compra no parezca un atraco a mano armada, el Ministerio de Asuntos Exteriores, bajo la batuta de José Manuel Albares, juega a la filantropía con el dinero ajeno. Estamos hablando de una arquitectura financiera donde la transparencia es un concepto abstracto, casi mitológico. El caso estrella es Community Family Services International, INC., una ONG filipina que ha sabido navegar los vientos del poder con una soltura envidiable, embolsándose más de cuatro millones de euros de los contribuyentes españoles. El desglose es una oda al optimismo presupuestario. Empezamos en 2019 con un millón de euros para servicios básicos en Mindanao; resultados: silencio administrativo. Saltamos a 2022 con el 'Camps of learning project' y otros 600.000 euros que se evaporaron en el éter de la gestión. Pero la generosidad no tiene techo: para 2025 ya hay reservados dos millones para el 'Communities for learning and employment project' y, como si fuera un regalo de Navidad anticipado, otros 500.000 euros para septiembre de 2026 destinados al 'Youth moving up project'. Lo verdaderamente fascinante no es solo que el Tribunal de Cuentas y la Airef se pierdan en el laberinto de la trazabilidad de los 4.500 millones anuales de cooperación, sino la ingratitud del beneficiario. En la web de la ONG, el Banco Mundial y Australia son los protagonistas del cuadro de honor. España, que ha soltado el dinero sin pestañear, ni siquiera merece una mención en los agradecimientos. Es la definición perfecta de la diplomacia actual: pagar la fiesta completa y que ni siquiera te inviten a sentarte en la mesa. Un sablazo con guante blanco que deja al contribuyente como el tonto útil de la geopolítica.
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