Crítica:
El texto es un ejercicio de realismo sucio sobre la gestión pública. Le falta contrastar con datos de auditorías externas para no quedarse solo en la tesis del analista invitado.
El texto es un ejercicio de realismo sucio sobre la gestión pública. Le falta contrastar con datos de auditorías externas para no quedarse solo en la tesis del analista invitado.
Bruselas ha decidido que el culpable de que un joven no pueda emanciparse sin hipotecar hasta el alma es, convenientemente, el que quiere comprarse un piso en la playa para escaparse los fines de semana. Bajo el sofisticado nombre de 'Ley de Vivienda Asequible', la Comisión Europea ha lanzado un dardo que, aunque no prohíbe la compra de segundas residencias de golpe, deja la puerta abierta y el camino asfaltado para que ayuntamientos y regiones cierren el grifo. Es el clásico movimiento de 'yo no lo hago, pero te doy el permiso para que lo hagas tú'. La lógica es tan simple que asusta: menos casas para el ocio, más casas para vivir. Un razonamiento que suena muy bien en un despacho de cristal en Bélgica, pero que en la calle se siente como intentar arreglar una inundación tapando el grifo con un chicle. Teresa Ribera y Dan Jørgensen, los arquitectos de esta norma, junto a la bendición de Ursula von der Leyen, sugieren que restringir la propiedad si no es la residencia principal 'salvaguarda la asequibilidad'. Traducido al idioma mortal: si tienes dinero para dos casas, eres el enemigo público número uno. Mientras tanto, el eurodiputado Borja Giménez Larraz ya ha soltado la palabra mágica del momento, calificando la medida de 'corte bolivariano' y un 'desatino'. El argumento es el de siempre: el problema no es quién compra, sino que no hay casas. Es como intentar bajar el precio del pan prohibiendo que la gente compre dos barras; el panadero seguirá cobrando lo mismo y tú seguirás con hambre. Además, la norma pone el ojo en los alquileres turísticos y en las viviendas vacías, amenazando con un sablazo fiscal si el dueño no tiene una excusa convincente para mantener la llave en el cajón. Ahora solo falta que el Consejo y el Parlamento Europeo firmen el acta de defunción del libre mercado inmobiliario.
Yolanda Díaz llega al último tramo de 2026 con el carrito de la compra lleno de promesas, pero con la tarjeta denegada en la caja. Su gran sueño, recortar la jornada a 37,5 horas semanales, ha terminado en el cementerio legislativo gracias al veto de Junts. Mientras los empresarios suspiran aliviados porque no les han subido el coste de la nómina sin bajar la producción, la ministra se ha tenido que tragar también el 'despido restaurativo'. Esa idea de pagar indemnizaciones 'a la carta' según la vulnerabilidad, edad o sexo del trabajador, suena muy bien en un mitin, pero en el mundo real es la receta perfecta para que nadie quiera contratar a los perfiles que dice proteger. Es como intentar salvar a alguien prohibiendo que le den trabajo. Pero como el espíritu burocrático no descansa, si no puede reducir las horas, al menos puede multiplicar los papeles. El Consejo de Ministros acaba de aprobar una nueva fiesta de la papelería: contratos laborales que parecen enciclopedias. Se acabó el práctico 'según convenio'; ahora el empresario deberá detallar horarios, sueldos, periodos de prueba y hasta los planes LGTBI y de igualdad. Lo más surrealista es la exigencia de incluir las 'reglas algorítmicas' que determinan las condiciones de trabajo. Básicamente, quieren que el jefe explique por escrito cómo piensa el ordenador. Todo esto mientras el registro horario digital, ese que permitiría a la Inspección de Trabajo espiar el fichaje en tiempo real, sigue en el limbo. Al final, la estrategia es clara: si no puedo darte menos horas de trabajo, te daré más horas de rellenar formularios. Una ingeniería administrativa que no crea empleo, pero que mantiene muy ocupados a los gestores.
Gestionar la sanidad en las cárceles de Fernando Grande-Marlaska se ha convertido en el arte de poner tiritas en una fractura expuesta. Mientras el ciudadano de a pie hace malabares con la cita previa, en las prisiones el sistema ha decidido que la salud mental es un lujo opcional. Tenemos a unos 3.000 internos con trastornos graves viviendo en un limbo asistencial, porque los psiquiatras de plantilla han hecho un truco de magia y han desaparecido de la mayoría de los centros. La Administración juega al despiste con una ley de 2003 que obligaba a integrar la sanidad penitenciaria en el Sistema Nacional de Salud en 18 meses. Han pasado 23 años. Dos décadas ignorando el calendario, como quien deja que la factura de la luz se acumule esperando un milagro. El resultado es un desierto profesional: José Joaquín Antón, presidente de la Sociedad Española de Sanidad Penitenciaria, suelta la cifra que debería hacer saltar todas las alarmas: hay oposiciones donde salen 80 plazas y se presentan siete valientes. Siete. Es como intentar llenar un estadio con una familia numerosa. ¿Quién quiere entrar ahí? Ganar menos que en el ambulatorio de barrio, cero carrera profesional y el romanticismo de ejercer la psiquiatría por videollamada. Sí, la telemedicina es el parche estrella para cubrir urgencias donde no hay ni un médico que pisara el suelo. Solo se salvan Cataluña y el País Vasco, que ya transferieron el servicio, y los hospitales de Alicante y Sevilla, que custodian a 500 internos con medidas de seguridad. El resto es una lotería: en Albolote, Granada, un psiquiatra del Servicio Andaluz de Salud asoma la cabeza una vez por semana. El resto del tiempo, el sistema sobrevive a base de parches y esperanza ciega.
Gestionar la frontera se ha convertido en el arte de mirar hacia otro lado mientras el papeleo se acumula como la ropa sucia de un estudiante universitario. La Fiscalía General del Estado acaba de soltar una bomba envuelta en lenguaje burocrático: a finales de 2025, había 3.904 presuntos menores extranjeros esperando a que alguien, algún día, decidiera si son niños o adultos. De los 7.999 expedientes abiertos, casi la mitad quedaron en el limbo. ¿La excusa? La eterna 'falta de medios'. Es fascinante cómo el Estado encuentra presupuesto para todo, menos para un escáner que diga si alguien tiene 15 o 25 años. Este cuello de botella no es casualidad. El 2025 fue el año del caos en Ceuta y las Islas Canarias, territorios que fueron declarados en 'situación de contingencia migratoria'. Para evitar que los centros estallaran, se aplicó la técnica del reparto equitativo entre comunidades, moviendo a la gente como si fueran piezas de un Tetris humano. El resultado es la amenaza de los 'macrocentros', esos almacenes de personas donde la integración es un concepto tan abstracto como la honestidad en una campaña electoral. Lo más delirante es la fotografía al 31 de diciembre de 2025, justo antes de que el 30 de julio de este año irrumpieran 80.000 personas por el espigón de El Tarajal. Mientras el Gobierno dice que solo quedan 5.000 personas de aquella entrada, Juan Jesús Vivas sostiene que son el doble. En medio de este juego de cifras, el Ministerio de Juventud planea repartir a 500 niñas por la península, mientras otros 1.200 menores filiados esperan que el sistema deje de fingir que tiene el control. Básicamente, estamos gestionando la demografía del país con una moneda al aire y un montón de expedientes sin resolver.
Imaginen que el Estado es una tarta y, de repente, alguien decide que quienes ni siquiera están sentados a la mesa tienen derecho a un trozo reservado. El Consejo General de la Ciudadanía Española en el Exterior (CGCEE), bajo el ala del Ministerio de Elma Saiz, ha lanzado una propuesta que suena a utopía para unos y a ingeniería electoral para otros: reservar 7 escaños en el Congreso exclusivamente para los españoles residentes fuera. Según sus cálculos, esos 3 millones de personas serían la 'tercera provincia' o la 'quinta autonomía' del país. Básicamente, quieren que el voto exterior deje de ser un trámite burocrático lento y se convierta en un bloque de poder directo, repartiendo cuatro escaños para América y tres para el resto del globo. Pero aquí es donde la historia se pone picante. Mientras el CGCEE insiste en que esto mejoraría la 'visibilidad' de los emigrantes —como quien dice que ponerle luces LED a una bicicleta la hace más segura—, el Tribunal Supremo ha tenido que tirar el freno de mano. El motivo: la Ley de Nietos. Resulta que una instrucción de Sofía Puente abrió la puerta a que cualquiera con un abuelo que saliera de España entre 1936 y 1955 pudiera obtener la nacionalidad y el voto, sin necesidad de haber sido exiliado político. Un 'buffet libre' de sufragios que el Supremo ha calificado como un 'peligro fundado, real y serio' para la objetividad de las elecciones. Es la paradoja perfecta: por un lado, se quiere dar un altavoz dorado a quienes viven lejos; por otro, la justicia advierte que meter a miles de personas nuevas en el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA) podría dinamitar la rectitud del proceso. Al final, parece que gestionar la democracia desde el extranjero es como intentar montar un mueble de IKEA sin instrucciones y con piezas que sobran.
Hay días en que el ruido de los motores es lo único que no tapa el ruido de la política. Madrid vuelve a jugar en la Champions de la velocidad tras 45 años de sequía, pero mientras Lando Norris se jugaba las milésimas en el asfalto, Isabel Díaz Ayuso se jugaba los nervios en X. La presidenta madrileña ha decidido que el verdadero 'pit stop' no ha sido en los boxes, sino en la redacción de TVE. Según Ayuso, la televisión pública —que según ella es el brazo ejecutor del Gobierno— se ha esforzado más en 'deslucir' el evento que los mecánicos de McLaren en ajustar el alerón de Norris. El escenario es el nuevo circuito de Madring, un despliegue de logística que espera atraer a 350.000 personas. Un número respetable, aunque para la oposición madrileña el evento es un club VIP donde solo entran los que tienen la cartera llena. Ayuso, experta en el arte del contraataque, ha respondido sacando la calculadora: ha recordado que en el circuito de Cataluña se han invertido 40 millones de euros públicos. Es la clásica táctica de 'mi fiesta es para todos, la tuya es un agujero contable'. Mientras tanto, la realidad deportiva ha sido un jarro de agua fría para el patriotismo local. Mientras la presidenta hablaba de 'días gloriosos', Carlos Sainz (Williams) y Fernando Alonso (Aston Martin) han tenido una sesión aciaga, quedando relegados a la 17.ª y 18.ª posición. Básicamente, mientras la política se pelea por quién tiene el micrófono, nuestros pilotos están empezando la carrera desde el fondo de la parrilla, casi donde se aparcan los coches de los comisarios. Al final, el GP de España en Madrid es como una boda de lujo: mucha pompa, mucha pelea por el protocolo y, al final, lo único que importa es si el coche de Norris aguanta el ritmo.
En el Ministerio de Asuntos Exteriores, el silencio es un deporte federado. José Manuel Albares y su equipo han gestionado la información sobre la 'ley de nietos' con la misma transparencia que una caja fuerte sumergida en el Atlántico. El Consejo de Transparencia y Buen Gobierno (CTBG) ha tenido que darles un toque de atención —con resolución del 12 de agosto de 2026— porque, básicamente, Exteriores decidió que responder a una solicitud de información del 24 de octubre de 2025 era un esfuerzo excesivo. Ignoraron al ciudadano y, en un despliegue de audacia administrativa, ignoraron también al propio organismo de Transparencia el 1 de junio. Mientras nosotros peleamos con la máquina del cajero para que no nos cobre comisión, el Ministerio ha movilizado a 657 trabajadores adicionales durante 2025 para gestionar un tsunami de papeles. Hablamos de 1.225.188 peticiones presentadas en consulados hasta el 31 de mayo de 2026 bajo la Ley 20/2022 de Memoria Democrática. De ese millón y pico, han aprobado 571.761 expedientes y han inscrito 333.696 en el Registro Civil. Pero claro, los detalles —el 'quién es quién' por países— se guardaban bajo llave. Argentina, por ejemplo, ya presumía a julio de 2025 de 366.579 solicitudes (el 40% del pastel) y 174.277 resoluciones favorables. La cosa se pone picante con el Tribunal Supremo, que el 8 de septiembre puso el freno de mano al voto de los inscritos en el CERA que no acreditaron el exilio de sus ancestros. Ahora, el CTBG ha calificado este hermetismo de 'opacidad institucional', recordándoles que el plazo de respuesta es de un mes, no de una era geológica. Al final, Exteriores tendrá que soltar el Excel con los datos de la Ley 52/2007 y la de 2022, aunque sea empujados por la ley.
Comentarios