Crítica:
El texto original es una entrevista donde la consejera hace todo el trabajo sucio de denuncia. Falta la versión del Ministerio de Sanidad, lo que deja la pieza como un monólogo de agravios, aunque sea una realidad palpable.
El texto original es una entrevista donde la consejera hace todo el trabajo sucio de denuncia. Falta la versión del Ministerio de Sanidad, lo que deja la pieza como un monólogo de agravios, aunque sea una realidad palpable.
Resulta fascinante observar cómo la voluntad política funciona mejor que cualquier muro de hormigón. El pasado 15 de agosto, Marruecos decidió que no tenía ganas de repetir el espectáculo de finales de julio, cuando más de 70.000 personas colapsaron Ceuta mientras el país alauí miraba hacia otro lado. Esta vez, el despliegue fue de manual: Gendarmería, Fuerzas Auxiliares y la Marina Real montaron un muro humano en Castillejos (Fnideq) que dejó claro que, cuando quieren, el grifo se cierra en un segundo. Para los inmigrantes, que confiaban en que el festivo español sería una puerta abierta, la sorpresa llegó en forma de gases lacrimógenos y un cordón policial hombro con hombro. El balance: 294 detenidos en Castillejos (248 subsaharianos y 46 marroquíes) y otros 61 arrestados por 'influencers' del caos en redes sociales. Lo verdaderamente cómico es la 'vigilancia informativa' de Rabat. Mientras fingen sorpresa ante convocatorias que se cocinan en las mismas redes que las de julio, justo el día de la Fiesta del Trono de Mohamed VI, se dedicaron a jugar al gato y al ratón con la prensa. A los periodistas de Efe y RTVE no solo les echaron de la zona, sino que les aplicaron el 'check-out' forzoso en sus hoteles. Una gestión tan elegante como un golpe en la mesa. Mientras tanto, en Madrid, el Gobierno hace malabares. Las ministras Mónica García y Elma Saiz aterrizan en Ceuta con retraso, como quien llega a apagar un incendio cuando ya solo quedan cenizas. Y mientras el PP y hasta el propio PSOE (con Melchor León pidiendo la cabeza del delegado Pérez Triano) se pelean en el patio, Italia nos recuerda que el Espacio Schengen es un lujo que depende de que Antonio Tajani no sospeche que hemos dejado la puerta abierta a 'malas intenciones'.
Ceuta ha dejado de ser una ciudad para convertirse en una sala de espera a cielo abierto, y no precisamente de las que tienen aire acondicionado. Nabila Benzina, consejera de Sanidad, lo suelta sin anestesia: se sienten como en África, aunque tengan el DNI europeo. La aritmética es cruel: una ciudad de 84.000 habitantes que, de repente, ve cómo su población se infla un 16% por un asalto masivo el pasado 30 de julio. Mientras INGESA, el brazo gestor del Ministerio de Sanidad, juega a los números y dice que la situación 'no es alarmante', los médicos de urgencias están al borde del colapso, quemando horas extra como quien quema etapas en un Tour de la desesperación. La gestión es un caos de estimaciones. No hay censos, hay 'volúmenes'. Se calcula que hay más de 10.000 personas en la calle basándose en que Cruz Roja reparte 4.500 comidas y Servicios Sociales otras 3.000. Es como intentar contar los granos de arena de una playa mientras te cae un temporal encima. Para evitar que el sistema sanitario haga 'crack', han tenido que llamar a Médicos Mundi, que envía un equipo de tres médicos, dos enfermeros, dos psicólogos y dos trabajadores sociales. Básicamente, han tenido que importar solidaridad externa porque el Ministerio de Mónica García parece haber olvidado que Ceuta y Melilla son sus 'joyas de la corona' —aunque ahora mismo brillen más por el óxido que por el oro—. Entre fiebres de origen desconocido, traumatismos por reyertas y siete casos de agresiones sexuales reportados en el centro de crisis, la ciudad respira pánico. Las chicas ceutíes han agotado el gas pimienta en las tiendas; la seguridad se ha vuelto un lujo y la normalidad un cuento chino que cuentan en Madrid. Al final, la receta de Benzina es drástica: el retorno, porque Ceuta no puede ser un refugio infinito gestionado con parches y voluntariado.
Mientras el Sistema Nacional de Salud español agoniza en una UCI de la que no parece haber salida, el Gobierno de Pedro Sánchez ha decidido jugar a ser el mecenas de la sanidad marroquí. Es la lógica del altruismo selectivo: en casa tenemos médicos quemados y listas de espera que parecen eternas, pero en el presupuesto de Asuntos Exteriores siempre hay sitio para un 'detalle' generoso. Empecemos por la Asociación Marroquí de Planificación Familiar (AMPF), que el 2 de julio recibió un sablazo a favor de 440.000 euros —repartidos en dos paquetes de 305.000 y 135.000 euros— para salud reproductiva de migrantes. Para que nos entendamos, es como si en tu casa se cayera el techo del salón y tú decidieras pagarle la reforma de la cocina al vecino porque 'está muy mal'. Pero el despliegue de generosidad no para. A principios de 2025, la Moncloa soltó 2,7 millones de euros para rehabilitar el Hospital Español de Tánger, un edificio de 1950 que estaba más hundido que la moral de un residente de Ceuta. Seis meses después, la Fundación CSAI añadió otros 500.000 euros para 'fortalecer' la medicina familiar en Casablanca-Settat, Marrakech-Safí, Souss-Massa y Tánger-Tetuán-Alhucemas. De ese monto, 340.000 fueron para la medicina de familia, 200.000 para profesionales, 80.000 para un comité de expertos y 60.000 para un plan de comunicación. Porque claro, lo más importante es que el mundo sepa que estamos ayudando. Para rematar la faena, en 2026 la AECID repartió 1.634.250 euros entre países como Mozambique, Etiopía, Mauritania, Egipto, Jordania, Bolivia y Ucrania. Marruecos, por supuesto, vuelve a estar en la lista. Es una ingeniería financiera fascinante: exportamos la formación de especialistas mientras los nuestros huyen del sistema público. Una paradoja que no cabe en un BOE, pero que se siente en cada sala de espera vacía de médicos.
Hay que tener valor. Mientras el ciudadano medio mira la cuenta bancaria con el mismo pavor que quien abre un examen sin haber estudiado, el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones de Elma Saiz ha decidido que lo que nos falta es un buen 'lavado de cara' publicitario. Se han gastado 1.465.000 euros este año —y llegarán a los 2.000.000 para diciembre de 2027— en convencernos de que la migración es una «fuente de riqueza». Básicamente, el Gobierno ha decidido jugar a ser una agencia de marketing con dinero público para vendernos la prosperidad en formato spot de televisión y radio. La ironía es tan espesa que se puede cortar con un cuchillo. Por un lado, el Ministerio invierte 1.215.000 euros en el «Plan Estatal de Retorno Voluntario» para que los españoles vuelvan a casa. Por otro, gasta millones en decirnos que quien llega es una oportunidad. Un equilibrio contable digno de un mal chiste. Todo esto ocurre mientras el CIS de julio de 2026 nos dice que la preocupación por la inmigración ha subido 4,5 puntos, situándose como el segundo drama nacional (24,3%), solo superado por la imposibilidad de pagar un alquiler sin vender un riñón. El telón de fondo es dantesco. El 30 de julio, 80.000 personas asaltaron la frontera de Ceuta en una avalancha que dejó muertos y desaparecidos. Juan Jesús Vivas, el presidente ceutí, contaba todavía con 11.000 personas en la ciudad, entre altercados y el caos. Pero el Gobierno, blindado en su despacho, prefiere aplicar la Ley 29/2005 con una elasticidad asombrosa. Donde la ley pide «austeridad» y «veracidad», el Ministerio ve una oportunidad para gastar 7.660.000 euros en un paquete de seis campañas. Porque claro, si la realidad no encaja con el discurso, siempre puedes pagar un millón y medio para que la realidad parezca más bonita.
Mientras Ceuta se convierte en un tablero de ajedrez caótico donde las fuerzas de seguridad reciben golpes en cada turno y la crisis migratoria más bestia de la historia de España se gestiona con la frialdad de un Zoom, hay quienes practican el arte del 'desconecte' en modo premium. Pedro Sánchez ha vuelto a convertir La Mareta en su refugio personal, recibiendo esta vez a Jesús Calleja. El aventurero, que ha hecho carrera escalando montañas y pelando clients en León, aterrizó en Lanzarote para disfrutar de un verano de lujo que hace que la lucha diaria por llegar a fin de mes parezca un deporte extremo para los demás. Calleja puso fin a la escapada el sábado a las 15:10 horas, abandonando la isla en la fila uno de la clase business de Air Europa. Un regreso cómodo, sin turbulencias, muy lejos del ruido de las fronteras desbordadas. No es la primera vez que estos dos comparten el mapa del placer. Ya se los vio en el verano de 2023 paseando por el mercadillo de Haría junto a Begoña Gómez y el cineasta Alejandro Amenábar, en una escena que parecía más un casting de Netflix que una agenda de Estado. La reciprocidad es la base de cualquier buena amistad: cuatro meses después de aquel encuentro, Calleja invitó a la pareja presidencial a pasar el inicio de 2024 en su mansión de Golpejar de la Solarriba, en León. Una propiedad con helipuerto propio, porque bajar del cielo en coche es demasiado convencional para quienes gestionan el país entre inmersiones de buceo. Mientras el ciudadano medio pelea con la factura de la luz, el presidente y el aventurero de 55 años comparten la mountain bike y la tranquilidad de saber que, pase lo que pase en el mundo real, siempre hay un billete en business esperando en la fila uno.
Mientras Ceuta se convierte en un campo de batalla logístico y el presidente Juan José Vivas lanza gritos de auxilio que rebotan en las paredes del Moncloa, Pedro Sánchez ha decidido que el mejor lugar para gestionar la crisis es desde la piscina de La Mareta. No solo se trata de un descanso merecido, sino de convertir el Palacio de Patrimonio Nacional —ese que pagamos todos con cada céntimo de nuestros impuestos— en el club social más exclusivo de Lanzarote. El despliegue de hospitalidad es conmovedor. Del 5 al 8 de agosto, Salvador Illa y su mujer, Marta Estruch, disfrutaron de tres noches de sueño profundo en el palacio, viajando en modo incógnito para evitar que el contribuyente se preguntara por qué el presidente de Cataluña vacacionaba en una residencia oficial. Pero la generosidad no termina ahí. Los padres del presidente, Pedro Sánchez Fernández y Magdalena Pérez Castejón, probaron primero un hotel de lujo con suites de más de 200 euros la noche, hasta que el pánico a una periodista de OKDIARIO los empujó a refugiarse en la seguridad del Palacio. Como si faltaran invitados en la lista, Jesús Calleja y su pareja aterrizaron el 13 de agosto, fingiendo buscar taxis mientras un chófer privado los esperaba para llevarlos al refugio presidencial. El detalle surrealista: Illa se llevó a su escolta de los Mossos d’Esquadra, quienes durmieron en un hotel mientras el jefe disfrutaba del aire acondicionado oficial. Todo esto ocurre mientras miles de personas acampan en Ceuta desde el 31 de julio. Es la gestión moderna: mientras la frontera arde, el círculo de confianza se refresca con un baño en la piscina y la tranquilidad de saber que la factura la paga el ciudadano que no puede permitirse ni un fin de semana en Benidorm.
En el tablero político, hay una diferencia abismal entre el discurso de despacho y la realidad del asfalto. Mientras el Gobierno de Pedro Sánchez se llena la boca asegurando que 'ninguna persona' de los 80.000 marroquíes que asaltaron el espigón de El Tarajal se quedará en suelo español, la Fiscalía General del Estado ha soltado un jarro de agua fría que huele a sinceridad administrativa. El relato oficial es como una promesa de dieta el lunes: suena muy bien, pero nadie se la cree. Fernando Grande-Marlaska ha sido tajante: los que quedan en Ceuta —una cifra que baila entre los 5.000 que dice el Ejecutivo y los 9.000 que sostiene la administración ceutí— no se regularizan ni pisan la Península. Pero aquí llega el giro irónico. La Memoria de 2025 de la Fiscalía confiesa que repatriar es, básicamente, una utopía. Es como intentar devolver un paquete sin ticket en una tienda que no quiere atenderte: las autoridades consulares de Marruecos y Argelia simplemente no documentan a los implicados. El sistema está tan roto que las fuerzas policiales en Baleares, Valencia y Murcia han tirado la toalla y han dejado de solicitar internamientos en los CIE. ¿Para qué rellenar papeles si saben que el proceso es un callejón sin salida? Sumemos a esto el colapso de los juzgados y una ingeniería burocrática donde el órgano sentenciador olvida avisar al Gobierno. Incluso con condenados a más de cinco años de prisión, la ley prevé la expulsión, pero la realidad es que la UCRIF se encuentra con una pared. Al final, el 'relato' es una fachada impecable que oculta un agujero operativo donde la voluntad política choca contra la falta de colaboración extranjera y el caos judicial.
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