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Construir el futuro digital requiere, aparentemente, retroceder un siglo en derechos humanos. En Glomfjord, una aldea noruega que probablemente preferiría seguir siendo un postal de tranquilidad, la empresa británica Nscale está levantando un centro de datos de 30 megavatios. El problema es que el proyecto tiene la gestión de un niño con piezas de Lego: lleva seis meses de retraso y solo tiene 6,4 megavatios operativos. Entre fugas en el sistema de refrigeración y un incendio eléctrico que dejó el sitio como un escenario de guerra, la eficiencia brilla por su ausencia. Pero lo verdaderamente surrealista no es la incompetencia técnica, sino la logística del alojamiento. Como en Glomfjord no quedan hoteles y la empresa tiene prisa por tapar sus agujeros temporales, han alquilado el Kalmar. No es un crucero con buffet libre, sino una barcaza prisión de tres plantas, un bloque gris que antes servía para detener migrantes. Ahora, 500 camas sustituyen a las celdas para albergar a un ejército de contratistas que trabajan turnos infinitos, sin formación y con una seguridad laboral que parece escrita en una servilleta. De hecho, la Inspección de Trabajo de Noruega descubrió que los registros de personal eran un chiste; algunos trabajadores figuraban solo con el nombre de pila, como si fueran personajes de un videojuego barato. Mientras la alcaldesa Grethe Anita Andersen se conforma con la promesa de 40 empleos permanentes —una migaja comparada con el despliegue—, la parlamentaria Sofie Marhaug del Partido Rojo pone el dedo en la llaga: Nscale no trae el talento de Silicon Valley, solo viene a consumir los recursos naturales de Noruega. Al final, la nube digital se construye sobre una base de cemento, hierro gris y el olvido de quienes duermen en una antigua cárcel flotante.
Hay quien juega al Monopoly con el dinero público, pero Donald Trump ha decidido jugar al 'SimCity' con la democracia estadounidense. Mientras el ciudadano medio se pelea con el cajero automático porque no le da el cambio, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) ha estado operando en la sombra con un plan que parece sacado de una película de espías de bajo presupuesto: comprar una máquina de votación para aprender a hackearla. Sí, así de sofisticado es el plan de gestión. Según una investigación de ProPublica, la Agencia de Seguridad de Infraestructura y Ciberseguridad (CISA) recibió la orden directa de adquirir un equipo electoral y reportar sus grietas de seguridad a la Casa Blanca. Dos exfuncionarios, que ahora hablan desde el anonimato para evitar que los pongan en una lista negra, sugieren que la intención no era mejorar el sistema, sino tener un 'as bajo la manga' para invalidar cualquier resultado que no encajara en la narrativa oficial. Es la ingeniería financiera aplicada al voto: si no ganas, rompes la máquina. Lo verdaderamente cómico —si es que alguien puede reírse con 174 millones de votantes en juego— es que el plan chocó con la propia eficiencia del gobierno. El escuadrón DOGE de Elon Musk, en su cruzada por recortar gastos como quien recorta el presupuesto de detergente en casa, despidió precisamente a los agentes de CISA que sabían cómo entrar en esas máquinas. El resultado fue un círculo de incompetencia donde los subordinados tuvieron que explicarle a la Casa Blanca que, básicamente, habían despedido al cerebro de la operación. Ryan Macias, consultor de CISA, lo resume con una claridad lapidaria: entre 2025 y septiembre de 2026, los expertos que deberían proteger las elecciones fueron 'literalmente inexistentes'. Se han cargado años de confianza con los estados y proveedores en un abrir y cerrar de ojos, priorizando el capricho del jefe sobre la estabilidad del sistema.
Intentar entender el cielo nocturno sin un mapa es como intentar montar un mueble de IKEA sin instrucciones y con las piezas en alemán: frustrante y probablemente termines mirando al techo preguntándote qué haces con tu vida. Para evitar que el principiante se pierda en el vacío, la astronomía nos vende el sistema de Ascensión Recta y Declinación, un invento que Hipparchus ya manejaba hace más de dos mil años (circa 190–120 a.C.), cuando la mayor preocupación tecnológica era que el papiro no se rompiera. La Declinación es, básicamente, la latitud del espacio. Si el ecuador celeste es el kilómetro cero, la Galaxia de Andrómeda (M31) se pasea por los 41°, mientras que Mintaka, en el Cinturón de Orión, juega en el 0°. Para quien vive en latitudes medias (unos 40° norte), cualquier objeto con -50° de declinación es como ese vecino molesto que solo asoma la nariz por la valla del jardín sur, mientras que los de 50° o más son 'circumpolares', es decir, no se van a dormir en toda la noche. Luego está la Ascensión Recta (R.A.), que es la longitud pero medida en horas, minutos y segundos. Es como si el cielo fuera un reloj gigante de 24 horas donde cada hora equivale a 15°. Mientras la Galaxia de Andrómeda está cerca de la línea 0h, la Galaxia del Sombrero (M104) está al otro lado, en las 12h. Pero ojo, que el cielo no es un parking fijo. Debido a la precesión —ese bamboleo de la Tierra que parece el paso de alguien que ha bebido demasiado—, las coordenadas se mueven. La Nebulosa de Orión (M42), que en el año 2000 estaba en R.A. 05h35m17s y Dec. –05°23’28”, para el 2050 se habrá mudado al R.A. 05h37m44s y Dec. –05°21’40”. Por eso usamos la época J2000, porque si no, buscar una estrella sería como buscar un taxi en hora punta: una lotería.
Hay quien confunde la gestión de un país con la producción de un reality show de prime time. Pete Hegseth, el Secretario de Defensa que parece haber saltado del set de televisión al Pentágono sin pasar por el filtro de la decencia, decidió que la ejecución de Nidal Hasan debía ser un evento 'multimedia'. La idea era sencilla: transmitir en vivo cómo un pelotón de fusilamiento acaba con el psiquiatra del ejército que asesinó a 13 personas en Fort Hood en 2009. Un espectáculo digno de una feria medieval, pero con fibra óptica. El plan era romper récords históricos. No veíamos un fusilamiento militar desde noviembre de 1945, ni una ejecución pública desde 1936. Pero claro, el cálculo político es como una cuenta bancaria en números rojos: no aguanta más desplantes. Donald Trump, que ya había firmado la sentencia, se dio cuenta de que convertir la muerte en un 'stream' no era precisamente el mejor marketing para las elecciones intermedias. El giro de guion llegó el jueves vía Truth Social. Trump, en uno de sus habituales monólogos digitales, admitió que, aunque el morbo sirve como 'disuasorio', hay gente 'buena' que prefiere no ver a alguien morir por pantalla. Un detalle conmovedor, considerando que mantuvo la puerta abierta para que las víctimas presencien el acto porque 'merecen presenciar la JUSTICIA'. La realidad es que el sentido común ganó por goleada cuando los datos de Ipsos aterrizaron en el Despacho Oval: 8 de cada 10 estadounidenses rechazaban el streaming. Ni siquiera el núcleo duro del MAGA se tragó el pastel; el 64% de los republicanos dijo que no. Al final, el espectáculo se canceló no por humanidad, sino porque el rating social estaba en el subsuelo.
Mirar al cielo esta semana es como intentar leer la letra pequeña de un contrato bancario: parece sencillo, pero hay trampas. Empezamos el viernes 16 con Plutón quedándose quieto en Capricornio a las 7 A.M. EDT, mientras la Luna decide tomar distancia y plantarse a 404,644 km de nosotros. Básicamente, la Luna se ha ido de vacaciones al punto más lejano de su órbita, dejándonos solos con unas estrellas de magnitud 3.6 y 3.1 que, si tienes unos prismáticos decentes, parecen pareja pero son solo dos desconocidas que coinciden en la foto. El sábado 17 nos venden el Cúmulo del Pato Salvaje (M11). A 6,000 años luz, con unas 500 estrellas brillando más que la magnitud 14, es el típico sitio donde irías de fiesta si tuvieras combustible infinito. Luego, el domingo 18, Tethys decide cruzar el disco de Saturno a las 9:35 P.M. EDT. Para verlo necesitas equipo de cine o ser un profesional del píxel; para el resto de los mortales, Saturno es solo esa lucecita brillante en Cetus. La semana sigue con Fomalhaut el lunes 19, una estrella que nos engañó a todos: creíamos que tenía un planeta y resultó ser solo una nube de escombros, como cuando crees que has encontrado un billete de 20 en el suelo y es un ticket del parking. El martes 20 llega la galaxia NGC 7331 y sus 'pulgas', que en realidad están mucho más lejos (hasta 370 millones de años luz), demostrando que en el espacio, como en las redes sociales, las cosas no están tan cerca como parecen. El plato fuerte llega el miércoles 21 con las Oriónidas. Entre las 2 A.M. y el amanecer, el cielo nos regala entre 15 y 18 meteoros por hora. Es el momento de pedir deseos, aunque con la inflación actual, pedir una casa propia es optimismo puro. Cerramos el viernes 23 con un triángulo celestial entre la Luna, Neptuno y Saturno, mientras Venus se esconde en conjunción inferior a medianoche.
El National Park Service (NPS) ha decidido que diez localidades más se sumen al club exclusivo de las 'World War II Heritage Cities'. Para quien no hable el idioma de la burocracia federal, esto significa que el gobierno les ha colgado una medalla simbólica en el pecho para recordar que, hace ochenta años, allí pasó algo importante mientras el mundo ardía. Jessica Bowron, portavoz del NPS, lo vende como un homenaje al 'sacrificio e innovación', una frase que suena a folleto turístico pero que esconde una realidad mucho más cruda y fascinante. La lista es un mapa del esfuerzo invisible. Tenemos a South Charleston, en West Virginia, donde la planta de armamento naval funcionaba gracias al sudor de mujeres y trabajadores negros, gente que ponía el cuerpo mientras otros ponían las medallas. O el caso de Pendleton, Oregón, que no solo fue el patio de juegos de las tripulaciones de B-25 destinadas a la Raid de Doolittle, sino que acogió a los 'Triple Nickles'. Hablamos del 555th Parachute Infantry Battalion, el primer batallón de paracaidistas afroamericanos. Estos tipos pasaron de apuntar con sus ametralladoras M3 .45 —las famosas 'Grease Gun'— en Fort Benning en febrero de 1944, a convertirse en los primeros 'smokejumpers' (bomberos paracaidistas) de la historia en 1945, entrenados por el U.S. Forest Service. Desde Whittier en Alaska hasta Charlotte Amalie en las Islas Vírgenes, el NPS sigue expandiendo este catálogo que ya cubre 46 estados y dos territorios desde 2020. Es un ejercicio de memoria necesaria, aunque llegue décadas tarde. Mientras nosotros peleamos por el precio del alquiler, estas ciudades ahora lucen un sello oficial que dice que fueron el motor logístico y humano de una guerra. El ciclo de nominaciones para 2026 ya cerró, pero la maquinaria del reconocimiento sigue girando.
Bruselas ha decidido que el bienestar animal es la prioridad, pero se ha olvidado de que el bienestar del bolsillo del ganadero no se mantiene solo con buenas intenciones. Asaja Aragón ha soltado la bomba: la nueva normativa europea sobre transporte animal podría disparar los costes entre un 25% y un 30%. Para que el ciudadano de a pie lo entienda, no es un simple ajuste de cuentas; es como si, de la noche a la mañana, tu factura de la luz subiera un tercio solo porque el cable es ahora 'más ético'. La organización ya dio el aviso en febrero de 2025, pero parece que en los despachos de la Unión Europea el eco no llega. La matemática es cruel y sencilla: si para mover el mismo ganado ahora necesitas tres camiones donde antes bastaban dos, la rentabilidad se va por el sumidero. No es ingeniería financiera, es aritmética de patio. Mientras los burócratas diseñan el paraíso del transporte animal desde oficinas con aire acondicionado, el ganadero aragonés se enfrenta a un sablazo que compromete la competitividad de sus explotaciones. El resultado es previsible: o el ganadero absorbe el golpe y cierra el chiringuito, o el precio final en la carnicería sube para que nosotros paguemos el lujo de que el cerdo viaje en primera clase. Una jugada maestra donde el animal gana, el político presume y el productor paga la fiesta con su propia supervivencia.
Montar una agencia para investigar tragedias es muy noble en el papel, pero en la práctica la AITAT parece más un grupo de WhatsApp mal gestionado que una autoridad técnica. Apenas tres meses después de nacer, la Autoridad Administrativa Independiente para la Investigación Técnica de Accidentes e Incidentes ya tiene las costuras reventadas. Mientras los investigadores están en un limbo administrativo, sin presupuesto ni medios básicos —algo así como intentar cocinar un banquete sin gas y con la nevera vacía—, el presidente y algunos consejeros disfrutan de desplazamientos costosos a Madrid porque no han querido cambiar su residencia. Es la clásica ingeniería del gasto público: hambre para el que trabaja y banquete para el que firma. La UGT ha soltado la bomba: ni un solo informe aprobado y las recomendaciones sobre el accidente de Adamuz flotan en el aire, deliberadamente. Mientras tanto, la Abogacía del Estado pide dinero por cada consulta, como si fuera un abogado de barrio cobrando por minuto. El reparto de puestos en el Portal de Transparencia es un delirio de plazas duplicadas y suprimidas que ni el propio presidente, Gonzalo Guillén, parece conocer. Detrás de este decorado, el sindicato apunta a Belén Villar, directora general de Organización e Inspección del Ministerio de Transportes, como la arquitecta de este 'proyecto personal'. Según UGT, el caso Koldo y las prisas post-Adamuz desplazaron a Villar de la presidencia, dejando el sillón a Guillén, amigo personal de Benito Núñez, secretario general de Transporte Aéreo y Marítimo. El proceso de selección fue un espectáculo de plazos extendidos y dimisiones sospechosas. Para rematar la faena, Guillén canceló la reunión del 30 de septiembre donde se debatió la detección de roturas de carril. En resumen: una agencia 'independiente' que depende del Ministerio para respirar, pero es muy autónoma a la hora de gastar.
Mientras el ciudadano medio hace malabares con la cuenta corriente y mira el ticket del supermercado como quien mira una película de terror, el Gobierno ha decidido que el presupuesto tiene un exceso de oxígeno. Con las Cortes disueltas y el país en modo pausa hasta el 29 de noviembre, el Consejo de Ministros ha aprovechado el silencio para jugar al Monopoly con dinero real. El plato fuerte es un 'sablazo' de 20.000.000 de dólares destinados al Emerging Asia Sustainable Infrastructure Fund SCSp. Sí, han leído bien: millones de dólares para montar infraestructuras sostenibles en Filipinas, financiados a través del Fondo Español de Desarrollo Sostenible (FEDES). Es una generosidad conmovedora, especialmente cuando se piensa en los baches de nuestras carreteras. Pero el festín no termina en Asia. El Ejecutivo ha soltado otras contribuciones voluntarias por 24.435.000 euros. Entre los invitados a comer están el PNUD, el EFI, ONU-Habitat, el PMA y la OCHA, que se reparten 10.495.000 euros. El resto del pastel se divide entre la Unesco, la SEGIB, el CAF, CARICOM, UNFPA, la OCDE, Unicef y la UNRWA. Sobre esta última, el detalle es exquisito: el Gobierno sigue soltando fondos a una agencia donde la propia ONU admitió que nueve empleados participaron en los atentados del 7 de octubre contra Israel. Si esto parece un despliegue de altruismo, recordemos que el 13 de octubre ya se habían 'despachado' unos 180 millones. El Fondo para el Medio Ambiente Mundial se llevó 50 millones, la Asociación Internacional de Fomento del Grupo Banco Mundial 80 millones y la Iniciativa de Condonación de la Deuda Multilateral (MDRI) del FAfD otros 51.294.540 euros. Todo muy sostenible, todo muy humanitario, y convenientemente alineado con las aspiraciones de Yolanda Díaz y Luis Planas en la OIT y la FAO. Una ingeniería financiera brillante para dejar huella fuera, mientras aquí seguimos contando los céntimos.
Hay una coreografía que el presidente Pedro Sánchez domina mejor que el manual de protocolo: el aterrizaje de emergencia con promesa adjunta. Este martes, el jefe del Ejecutivo aterrizó en Oliva para supervisar el Puesto de Mando Avanzado tras la dana Adam, un temporal que ha dejado cuatro víctimas mortales y miles de desalojados en La Safor y La Marina Alta. Lo hizo acompañado de Juanfran Pérez Llorca, aunque el verdadero comité de bienvenida fueron los abucheos de los vecinos, que tienen la memoria más fresca que el barro que aún cubre sus calles. Como es costumbre en estos guiones, Sánchez activó el modo 'salvador': anunció que el Consejo de Ministros declarará la zona afectada gravemente y prometió movilizar recursos económicos. Es la misma canción que escuchamos el 29 de octubre de 2024 o durante la erupción del volcán de La Palma; promesas que, para muchos, se han quedado en un 'cheque sin fondos' mientras la reconstrucción real sigue siendo un espejismo. Para el ciudadano de a pie, que ve cómo sube el precio del aceite, estas 'movilizaciones inmediatas' suenan a ruido blanco. Cuando el ambiente se puso tenso, el presidente aplicó la maniobra clásica: trasladar la culpa al cielo. Habló de 'emergencia climática' y pidió un 'gran acuerdo de país', usando la metáfora del elefante en la habitación para señalar a quienes no compran su ecologismo. Mientras tanto, el PP y Vox, con Nando Pastor y José María Llanos a la cabeza, diseccionaron la logística del viaje. Según ellos, Sánchez no fue a pisar barro, sino que hizo un 'transbordo blindado': del Falcon al helicóptero, evitando el contacto humano como quien evita una multa de tráfico. Una visita encapsulada en seguridad donde el único contacto real fue el sonido de los silbatos.
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Alex Carmona