Crítica:
La noticia es un ejercicio de obviedad que ignora el conflicto político real detrás de la FIFA. Se limita a enumerar capacidades de estadios sin cuestionar la transparencia del proceso electoral de Infantino.
La noticia es un ejercicio de obviedad que ignora el conflicto político real detrás de la FIFA. Se limita a enumerar capacidades de estadios sin cuestionar la transparencia del proceso electoral de Infantino.
Bienvenidos al surrealismo de Vallecas, donde estrenar el estadio después de cinco meses de silencio es como intentar organizar una cena de gala en medio de un campo de minas. El Rayo Vallecano volvió a casa este sábado para el Trofeo de Vallecas contra el Cagliari, justo después de que la Comunidad de Madrid, el 14 de septiembre, decidiera que el recinto no era un peligro público y levantara la suspensión. Todo iba sobre ruedas hasta que un grupo de encapuchados decidió que la decoración del palco de autoridades necesitaba un 'toque moderno' basado en asientos rajados y pintadas. Mientras el ciudadano medio se pelea con la factura de la luz, en el estadio se pelea por el honor del palco. El club no se ha andado con rodeos y ha lanzado un dardo envenenado al Consejero de Deporte, Mariano de Paco, preguntándole si este caos es la 'colaboración público-privada' que tanto le gusta pregonar. Es la eterna danza del absurdo: por un lado, el club denuncia una campaña de acoso e intimidación contra su presidente y familia que arrastra desde el 28 de julio; por otro, los Bukaneros y portavoces de la asamblea del 2 de agosto, vinculados a la Plataforma ADRV, intentan entrar al Palco de Honor como quien intenta colarse en una discoteca el sábado noche, pero con más violencia y menos perfume. La seguridad privada tuvo que cerrar puertas para que los invitados no acabaran siendo parte del mobiliario destrozado. Al final, Mariano de Paco ha salido al paso en 'X' con la típica frase de manual: 'este no es el camino'. Claro que no, Mariano. El camino es el de las denuncias el lunes y las cámaras de seguridad, mientras el Rayo intenta que su sexta permanencia consecutiva en Primera no se convierta en un ejercicio de supervivencia urbana.
En el fútbol, como en la vida, hay silencios que gritan más que un gol en el minuto 90. Llevamos 44 meses en un estado de coma inducido respecto al «asunto Barcelona». Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y mira la lista de la compra como quien mira una película de terror, en las altas esferas del deporte español se ha practicado el arte del 'mutis por el foro'. La UEFA, presidida por Ceferin, ha soltado la bomba: no han recibido ni una sola hoja de papel, ni un correo electrónico, ni un susurro de la RFEF, el CSD o la Liga. Nada. Cero. Patatero. Es fascinante. Tenemos un agujero contable de 8,4 millones de euros que el Barcelona deslizó hacia el vicepresidente de los árbitros para comprar 'interés'. En cualquier barrio, pagar esa cantidad por favores sería motivo de titulares durante una década, pero aquí parece que el Gobierno y la Federación han decidido aplicar la técnica del avestruz. Louzán y Tebas han mirado hacia otro lado, con este último sugiriendo que el Barçagate ya ha prescrito, como si fuera un yogur caducado y no un presunto delito de corrupción deportiva. La jugada de hacer tiempo ha fallado. Mientras España juega al escondite, Inglaterra está limpiando la casa con el Manchester City y Turquía hace lo mismo. La UEFA ya no compra la excusa de que 'está en manos de la justicia española', especialmente cuando hemos visto a cuatro jueces abandonar el barco por presiones políticas. Al final, el único que ha tenido que hacer el trabajo sucio de denunciar ha sido el Real Madrid, entregando 50.000 páginas de pruebas. En Nyon ya saben que en el Comité Técnico de Árbitros siguen operando veinte herederos de la era Negreira. El Comité de Ética de la UEFA no tiene el reloj de Tebas; el suyo no marca la prescripción, sino el juicio.
El Manchester City ha jugado la lotería de la transparencia y le ha tocado el premio gordo: culpable en 114 de 115 cargos. Para quien no hable 'idioma despacho', esto significa que el club ha gestionado sus cuentas como quien esconde el ticket del restaurante para que no lo vea la pareja. No es un error de cálculo; es una arquitectura financiera diseñada para que el dinero fluyera desde Abu Dabi sin dejar rastro en el radar de la Premier League. Empecemos por Roberto Mancini. El técnico cobraba un salario base de 1,45 millones de libras, pero tenía un 'segundo contrato' paralelo de 1,75 millones anuales como consultor del Al Jazira. Básicamente, le pagaban por dedicar cuatro días al año a labores técnicas, una especie de 'vacaciones pagadas' que el City olvidó mencionar en los papeles oficiales. El dinero hacía un baile complejo: de la sociedad Italy International Services al Abu Dhabi United Group (ADUG) y finalmente al bolsillo del italiano. Una ingeniería financiera que haría sonrojar a cualquier gestor de fondos. Luego están los jugadores. Yaya Touré, por ejemplo, recibió pagos de 4 millones de euros y 4 millones de libras a través de DS Management Ltd y el ADUG. En el mundo real, eso es como si tu jefe te pagara el alquiler directamente al casero para no subirte el sueldo en la nómina y evitar impuestos. Y los patrocinios... ahí está el verdadero festín. Etisalat y Etihad Airways eran la fachada. Mientras el mundo veía contratos millonarios, la UEFA ya sospechaba que el ADUG ponía la pasta. En el caso de Etisalat, de 16,5 millones de libras, solo 1,5 eran reales; el resto era un 'regalo' del dueño disfrazado de publicidad. Para rematar, el City se comportó como un adolescente pillado en una mentira: 30 cargos por falta de colaboración entre 2018 y 2023. Se negaron a entregar papeles alegando confidencialidad, lo que ya les costó una multa de 10 millones de euros con la UEFA. Ahora, con las PSR y las normas financieras en contra, el City se enfrenta a un abismo que podría borrar sus títulos o, en el peor de los casos, mandarlos a jugar contra equipos que no saben ni dónde está el estadio Etihad.
En el fútbol, como en la vida, hay gestos que cuestan más que una tarjeta roja en el minuto noventa. Abdessamad Ezzalzouli, el extremo del Betis, decidió jugar al equilibrista geopolítico durante la quinta jornada de Liga en el choque Villarreal-Betis. El chaval se puso una camiseta que decía 'Todos somos caballas' y 'Ceuta (y sus caballeros) es de la mar'. Para el ciudadano medio, puede parecer un detalle social; para la maquinaria mediática de Marruecos, es una traición a libro abierto. El problema es que en el tablero de Rabat no existen los 'mensajes sociales' cuando se toca la fibra de Ceuta. Mientras nosotros discutimos si el precio del aceite es un atraco a mano armada, en el país vecino han visto en el gesto de Abde una alineación con el discurso del gobernador Juan Vivas y el victimismo español. Una camiseta de algodón que ha pesado más que un contrato millonario. El jugador, intentando apagar el incendio vía Instagram, ha soltado el manual básico de gestión de crisis: 'no fue político', 'es un mensaje social', 'amo a mi país'. Una respuesta que en la calle suena a 'lo siento, pero no lo siento'. El problema es que para los medios marroquíes, que el jugador admita que usó la prenda a sabiendas es como confesar que has dejado la puerta abierta al ladrón: la intención no borra el hecho. Abde dice que seguirá con la frente en alto, pero en el fútbol internacional, la frente solo se mantiene alta si el pasaporte no tiene interferencias. Al final, el chico ha descubierto que solidarizarse con los 'caballas' es, en términos diplomáticos, jugar un partido con diez jugadores y el viento en contra.
La Liga F ha entrado por fin en La Quiniela, ese rincón del azar donde el ciudadano medio deposita sus esperanzas y sus últimos euros del viernes. Después de que la AFE empezara a dar golpes en la mesa ya en 2019, denunciando que el fútbol femenino era el patito feo de los ingresos por apuestas, la profesionalización abrió la puerta. Pero el estreno ha sido un jarro de agua fría. En la Jornada 3 de la temporada 2026/27, con cuatro partidos femeninos en el boleto, la recaudación se desplomó a 2.585.853,75 euros. Para que nos entendamos: comparado con los 3.689.111,25 euros de la misma jornada del año pasado, el agujero es de 1.103.257,50 euros. Un sablazo del 29,91% que deja a cualquiera temblando. El desinterés no es solo cosa de los apostadores, que pasaron de 4.918.815 a 3.447.805 apuestas. En las gradas la cosa es aún más triste. La primera jornada de esta temporada reunió a 7.323 espectadores en total, una media de 915 por partido. Es como si el público hubiera decidido quedarse en el sofá; es un 32,6% menos que en 2025/26 y un 44,9% inferior a los 1.660 de 2024/25. La patronal intenta maquillar el balance con el cuento de la audiencia: 7,5 millones de espectadores en 2025/26 (un 11,2% más). Mucho ruido y pocas nueces, porque los derechos nacionales no llegan a los 3,5 millones de euros anuales, casi la mitad del ciclo anterior. DAZN ha vuelto al reparto pagando apenas una quinta parte de lo que aportaba antes. Todo esto bajo la batuta de Beatriz Álvarez, quien, además de gestionar este declive, se llevó una amonestación del Tribunal Administrativo del Deporte por saltarse sus propios estatutos. El lema #VamosGanando empieza a sonar a chiste de mal gusto cuando los números, sencillamente, no cuadran.
En el fútbol, como en la vida, quien no llora no mama, y Rafael Louzán ha decidido encender el altavoz en la Conferencia Anual de Seguridad de la UEFA en Madrid. El presidente de la RFEF no ha ido a Madrid a hablar de protocolos de evacuación o extintores, sino a plantar cara para que la final del Mundial 2030 no termine cruzando el estrecho hacia Marruecos. Louzán, flanqueado por los pesos pesados Giorgio Marchetti y Petr Fousek, ha desplegado el catálogo de ventas: España no solo tiene pasión, sino que es el 'estándar de oro' en seguridad. Para Louzán, que el 55 por ciento del peso de la candidatura recaiga en suelo español es el argumento definitivo. Es como si en una cena pagaras más de la mitad de la cuenta y luego te dijeran que el postre lo sirve el vecino; sencillamente, no cuela. Para justificar este 'derecho de antigüedad', ha sacado el currículum: la Euro 2020, la final de la Europa League en Sevilla 2023 y la que vendrá en Bilbao 2025, pasando por la Champions femenina en Bilbao 2024 y aquella de 2019 en el Metropolitano. El remate final ha sido el guiño al Riyadh Air Metropolitano, recordándoles que ya somos expertos en albergar finales, con nueve citas en el historial. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación en el supermercado, la RFEF juega una partida de ajedrez geopolítica donde el tablero es un campo de césped y el premio es el prestigio global. España se vende como la 'garantía absoluta', intentando convencer a la UEFA de que, aunque el Mundial sea compartido con Marruecos y Portugal, el plato fuerte debe quedarse en casa para evitar que el espectáculo se mude de código postal.
Lamine Yamal es el ejemplo perfecto de que el talento no entiende de calendarios, pero la biología sí. Mientras el mundo lo coronaba como el nuevo mesías del FC Barcelona, el chaval estaba librando una batalla invisible contra su propia columna vertebral. Debutó el 29 de abril de 2023 con 15 años, básicamente un niño con botas, y en un abrir y cerrar de ojos se pegó un estirón de 10 centímetros en un solo año. Para el ciudadano medio, crecer es comprar pantalones nuevos; para un atleta de élite, es como si te cambiaran el chasis del coche a mitad de una carrera de Fórmula 1 sin avisar al mecánico. Deco, el director deportivo, lo soltó con la naturalidad de quien comenta el tiempo, pero el dato es un bombazo. Según la ciencia, superar los 7,2 centímetros anuales ya te mete en la zona de riesgo de lesiones. Lamine no solo superó el límite, lo dinamitó. El doctor Eduard Alentorn, que lo trató por una fractura de muñeca —una lesión 'de patio de colegio' que confirma que sus huesos eran aún plastilina—, asegura que es normal, pero el riesgo es real. El drama aquí no es la altura, sino la coordinación. El fútbol de Lamine es pura cirugía: amagos, frenadas y cambios de ritmo que dejan al defensa buscando el camino a casa. Cuando el cuerpo crece a esa velocidad, el cerebro tiene que volver a aprender dónde están los pies. Es como intentar escribir una carta mientras alguien te mueve la mesa. El reto ahora es ganar músculo sin volverse un armario rígido. Si el FC Barcelona no gestiona este 'pico de velocidad de crecimiento' (PHV), estaremos viendo un Ferrari con los frenos de una bicicleta.
Comentarios