Crítica:
El texto original es demasiado nostálgico y se pierde en digresiones literarias sobre Horatio Alger. Le falta morder más la realidad actual de los algoritmos, que son el nuevo 'Peoria' invisible.
El texto original es demasiado nostálgico y se pierde en digresiones literarias sobre Horatio Alger. Le falta morder más la realidad actual de los algoritmos, que son el nuevo 'Peoria' invisible.
En un mundo donde estudiar Humanidades se ha convertido en el equivalente académico a coleccionar imanes de nevera —bonito, pero inútil para pagar el alquiler—, nos venden la idea de que 'aprender a pensar' es un lujo de campus restringidos. Mira a Harvard y su curso Humanities 10: un búnker sin dispositivos digitales donde devoran un libro sustancial por semana, desde la Odisea hasta James Baldwin. Suena muy romántico, casi como un retiro espiritual, pero la realidad es que el acceso al pensamiento crítico no debería costar una hipoteca ni requerir un pase VIP. Aquí entra Jared Henderson, un YouTuber que decidió jugar al 'DIY' intelectual en el instituto. Su método fue el clásico salto al vacío: ir a una librería y pillar lo primero que le llamara la atención. El resultado fue un choque frontal contra el muro de la complejidad al elegir Nietzsche con 'El nacimiento de la tragedia' y Heidegger con su 'Introducción a la metafísica'. Para alguien que no sabe por dónde empezar, leer a Heidegger es como intentar montar un motor de avión siguiendo un manual en arameo; una receta perfecta para el cortocircuito mental. Sin embargo, Henderson ha destilado ese caos en una hoja de ruta de media hora. Propone un orden lógico para no morir en el intento: primero la lógica, luego la metafísica, la epistemología, la ética y, finalmente, la filosofía política. La idea es sencilla: antes de querer arreglar la sociedad (filosofía política), hay que entender si somos capaces de conocer la realidad (epistemología) y qué demonios es esa realidad (metafísica). Al final, la gran lección es que, ya sea en un aula de élite o en un vídeo de YouTube, en el juego del conocimiento siempre somos el novato que no sabe dónde está el interruptor.
Hay lugares que te recuerdan que, al final, todos terminamos siendo polvo, pero algunos lo hacen con mucho más estilo que otros. En Dorgali, la Tomba Dei Gigante S’Ena e Thimes no es una tumba cualquiera; es el equivalente prehistórico a un ático de lujo en la Castellana, solo que construido con piedras que harían llorar al albañil más optimista de hoy en día. Para llegar, no hace falta un GPS de última generación ni pagar una suscripción premium. Basta con caminar unos 5 minutos desde la carretera SP 38, siguiendo unas flechas de piedra en el suelo que son tan únicas como el sentido común en un debate político. Es un camino sencillo, casi insultante en su simplicidad, que te conduce a una fachada de piedras verticales que parecen haber sido colocadas por alguien que no conocía el concepto de 'estrés laboral'. El detalle maestro es la piedra central: tiene una abertura en la base que permite echar un vistazo al interior. Es como el 'ojo de la cerradura' de la Edad del Bronce, una ventana al pasado que no requiere pagar entrada ni hacer cola. Y si te sientes con ganas de jugar al escondite arqueológico, puedes deslizarte entre dos piedras más pequeñas, un par de metros a la derecha de la roca principal, para llegar a la parte trasera. Mientras nosotros nos peleamos por el precio del alquiler o el sablazo de la luz, los Gigantes de S’Ena e Thimes se aseguraron de que su residencia eterna fuera imponente y gratuita para el curioso. Una lección de arquitectura sostenible: piedras grandes, cero cemento y una ubicación envidiable que ha sobrevivido a miles de años de burocracia y tormentas.
Hay tesoros que no brillan, sino que suenan. En los sótanos de la Universidad de Indiana, entre el polvo y el olvido, han rescatado unos discos de aluminio que son, básicamente, la caja negra de una cultura que casi borramos del mapa. Hablamos de las grabaciones de Lorenzo Dow Turner, un lingüista negro que en 1935 se plantó en Luisiana con un equipo que pesaba más de 100 libras —imaginen cargar ese trasto hoy en día, sería como intentar llevarse el frigorífico a una entrevista de calle— para capturar el Creole de Luisiana. El Creole no es francés mal hablado; es una arquitectura de supervivencia. Nació en el siglo XVIII, mezclando el francés de los colonos con dialectos de África Occidental, específicamente de la región de Senegambia. Era el idioma de los que no tenían voz, una herramienta para entenderse entre esclavizados en plantaciones donde el francés oficial era la lengua del látigo y la administración. Oliver Mayeux, de la Universidad de Cambridge, lo resume con una lucidez aplastante: eran aproximaciones de aproximaciones hasta que nació algo nuevo. Turner no tenía presupuesto —la eterna tragedia del arte y la ciencia—, así que se movió en la clandestinidad de la era Jim Crow, usando consultorios de médicos negros como refugios electrificados. Allí grabó a personajes como Odelia Edmond, que con una honestidad brutal confesó haberse alegrado de que mataran a su primer marido, o a George Doyle, un ex policía que describió a una banda blanca de 1893 como una 'banda de ratas'. Mientras hoy nos peleamos por un hilo de Twitter, estos discos guardan la crudeza de una realidad donde el idioma era la única propiedad privada que nadie podía confiscar. Ahora, el movimiento Kouri-Vini intenta que los jóvenes no hereden solo el silencio, sino una identidad que el tiempo casi logra licuar.
Seis décadas después de que NBC soltara al mundo a un grupo de optimistas en mallas ajustadas el 8 de septiembre de 1966, la maquinaria del marketing no descansa. Mientras nosotros seguimos peleándonos por el precio del alquiler, Penguin Random House y Ten Speed Press han decidido que el mundo necesita, urgentemente, otro libro de mesa para presumir en el salón. Se trata de 'Star Trek: The Original Voyages', un tomo de 416 páginas que aterrizará en las librerías el 10 de noviembre de 2026. Es la clásica jugada maestra: envolver la nostalgia en tapa dura y letras reflectantes. Kyle Newman y Jeff Bond han cosido una crónica visual que nos recuerda que, aunque la serie original solo duró tres temporadas y 79 episodios —lo que hoy sería cancelada por Netflix en dos semanas—, logró montar un imperio. El libro no se anda con chiquitas y repasa desde el equipo original (Kirk, Spock, McCoy y el resto de la banda) hasta las movidas de Gene Roddenberry, el autoproclamado 'Gran Pájaro de la Galaxia'. Lo más curioso es que el volumen no solo se queda en la pantalla, sino que rastrea todo el ecosistema del consumo: juguetes licenciados, cómics y esas memorabilias de convenciones que cuestan más que un coche de segunda mano. Cubre la serie animada y las seis primeras películas hasta 1991, sirviendo como el primer volumen de una saga de dos libros. Básicamente, es un catálogo de lujo para quienes prefieren invertir sus ahorros en fotos de archivos y bocetos de vestuario que en un fondo de pensiones. Una oda al escapismo que nos dice que, aunque no hayamos llegado a Marte, siempre podemos comprar un libro caro que nos explique cómo lo habríamos hecho.
Hay cosas que envejecen con dignidad y luego está el USS Silversides, un mastodonte de la clase Gato que acaba de regresar a Muskegon, Michigan, tras un 'spa' industrial que costaría más que tres hipotecas promedio. El 31 de octubre, después de un viaje de 15 horas cruzando el Lago Michigan, el submarino volvió a su museo luciendo como si acabara de salir del concesionario, aunque el precio de la belleza ha sido un sablazo de 3,5 millones de dólares. Para que nos entendamos: sacar un casco de 312 pies del agua por primera vez en más de 50 años no es como llevar el coche a pasar la ITV. Ha sido una cirugía a corazón abierto en Wisconsin durante tres meses, donde soldaron acero de refuerzo en la panza del buque y retocaron cada rincón. Scott Hardin, el curador, lo resume con sencillez: la nave fue reformada de arriba abajo. El Silversides no es un juguete; es un veterano que nació el 21 de agosto de 1941 y se paseó por el Pacífico hundiendo 23 barcos enemigos y sumando 90.000 toneladas de acero hundido. Tras jubilarse en 1946 y pasar por Chicago, aterrizó en el Museo del Submarino USS Silversides en 1987. Lo más surrealista del proceso fue encontrar una válvula de inundación marcada como 'Trigger'. Resulta que es la única pieza superviviente del USS Trigger, un hermano gemelo construido en el astillero Mare Island de California que terminó en el fondo del mar. Ahora, mientras el museo se prepara para abrir al público este 7 de noviembre, la realidad golpea: el recibo de los 3,5 millones sigue sobre la mesa y el museo pide donaciones, porque mantener la historia no es precisamente un negocio rentable.
En el mercado del entretenimiento, hay una regla no escrita: si algo vende millones, exprímelo hasta que el hueso pida clemencia. Matt Dinniman ha pasado de ser un experimento de autopublicación viral a un fenómeno del New York Times con 14 millones de copias vendidas. Ahora, el universo de 'Dungeon Crawler Carl' —donde un veterano de la Guardia Costera sin pantalones y una gata llamada Princesa Donut luchan contra una IA con fetiches podológicos en un reality show intergaláctico— se lanza al papel. Es el movimiento obligatorio. Primero vienen los libros, luego la serie de Peacock producida por Seth MacFarlane y Christopher Yost, y ahora el cómic. Vault Comics, desde Montana, ha decidido que enero de 2027 es la fecha ideal para soltar el primer número. No es un debut cualquiera; es un ejemplar doble de 48 páginas que servirá de aperitivo para una serie mensual. Para los que no dominan la ingeniería financiera del hype, esto es básicamente convertir un webtoon (el de Tevagah, Dinniman y Laurel Pursuit Studios) en un producto de lujo. Han fichado a Kuzomari para la transición y han montado un 'dream team' de portadas que parece la lista de la compra de un coleccionista obsesivo: desde Nathan Gooden hasta nombres como Ryan Ottley y Frank Cho. Dinniman dice que es un sueño, pero para la industria es simplemente optimizar el flujo de caja. El 20 de enero de 2027, los fans podrán pagar por ver en papel lo que ya saben que es un caos glorioso. Al final, no hay nada más triste que romper con tu novia, excepto quedar atrapado en un juego sádico con su gato y que, además, te cobren la suscripción mensual por leerlo.
En un mundo donde lo único que crece más rápido que la inflación es el ego de las administraciones públicas, Ciudad de México ha decidido que la mejor forma de honrar la muerte es construyendo un rascacielos de hueso. Hablamos de una 'La Catrina' que mide más de 109 pies —unos 33 metros para los que no usamos el sistema imperial—, lo que equivale a un edificio de 11 plantas. Porque claro, para recordar a los que ya no están, no basta con una vela y un pan de muerto; necesitamos un monumento que haga sentir pequeña a la manzana del barrio. Esta mole de acero, fibra de vidrio y papel maché ha dinamitado el récord anterior de 92 pies logrado en Puerto Vallarta en 2023. Para montar este despliegue de egolatría artística, hicieron falta más de 140 personas del taller Xibalbá, bajo la batuta de Carlos Camilo Báez. El vestido mide 88 pies; básicamente, más tela que la que usa una familia entera para cubrirse en invierno. Y para darle el toque 'eco', la rodearon de 70,000 cempasúchil de Xochimilco, una cantidad de flores que haría palidecer a cualquier floristería de barrio en San Valentín. Lo más irónico es que la Catrina nació como una bofetada social. José Guadalupe Posada la creó en 1912 para reírse de las 'garbanceras' que fingían ser europeas para escalar socialmente. Hoy, la figura es un imán de turistas y un trofeo de Guinness. La alcaldesa Clara Brugada, en un alarde de generosidad logística, extendió la exhibición en el Zócalo hasta el 11 de noviembre. Al final, hemos pasado de la sátira contra la pretensión a la pretensión convertida en monumento. La muerte es democrática, sí, pero parece que ahora también compite por ver quién tiene la estructura más alta.
Comentarios