Crítica:
La noticia es un ejercicio de romanticismo astronómico que ignora la frialdad de la IAU. El texto original es demasiado optimista y omite el proceso burocrático real detrás de estos nombramientos.
La noticia es un ejercicio de romanticismo astronómico que ignora la frialdad de la IAU. El texto original es demasiado optimista y omite el proceso burocrático real detrás de estos nombramientos.
Si creías que el estrés de llegar a fin de mes con la inflación actual era un drama, imagina ser un ingeniero soviético en los 60. En 'Star City', el nuevo spin-off de 'For All Mankind' en Apple TV, el éxito no se celebraba con champán y alfombras rojas, sino con el KGB tocando a tu puerta a medianoche para avisarte que tu marido acaba de plantar una bandera en la Luna. Así de 'romántico' era el sistema. La serie nos presenta a Sergei Korolev (interpretado por Rhys Ifans), el 'Diseñador Jefe'. Un tipo con un currículum que haría temblar a cualquier CEO de Silicon Valley: el cohete R-7, el Sputnik y el programa Vostok. Pero aquí está la gracia: mientras en EE. UU. Neil Armstrong y Buzz Aldrin eran estrellas de rock, Korolev era un fantasma. El Partido Comunista lo mantuvo en el anonimato absoluto por miedo a que Washington decidiera 'jubilarlo' prematuramente. Un secreto de Estado tan guardado que sus propios colegas no sabían quién era el jefe. La trama juega con el 'efecto puertas giratorias' de la historia: en la realidad, Korolev murió en una cirugía en 1966, pero en este universo alternativo, su supervivencia permitió que la URSS le ganara la partida al Apollo 11 en 1969. El contraste es brutal. Mientras la NASA gastaba millones en seguridad y protocolos, los cosmonautas soviéticos, como Anastasia Belikova (Alice Englert), volaban en cápsulas que hacían que una lata de sardinas pareciera un hotel de cinco estrellas. Aquí no hay 'un pequeño paso para el hombre', sino un salto al vacío donde, si te sales del guion oficial, el Estado te sustituye por una doble más dócil o te envía al calabozo. Porque, como bien dice la implacable Lyudmilla Raskova (Anna Maxwell Martin), en el sistema soviético no arrestan a inocentes; simplemente fabrican la culpa para que la propaganda brille.
Hay libros que envejecen como el buen vino y otros que, como 'The Embedding' de Ian Watson, envejecen como un yogur olvidado al sol de agosto. Publicada en 1973 por Gollancz, esta joya del primer contacto fue comparada en su día por The Spectator con el místico 'Solaris' de Stanisław Lem. Pero rescatarla hoy es como abrir un baúl de los setenta: tiene ideas brillantes, pero el olor a naftalina y prejuicios es insoportable. La trama es un menú degustación de ambiciones intelectuales. Por un lado, tenemos a Chris, un tipo que juega a ser Dios en un instituto británico, sometiendo a niños a un lenguaje experimental basado en el poeta Raymond Roussel (fallecido en 1933). Por otro, Pierre se pierde en la selva amazónica estudiando a los Xemahoa, una tribu con dos lenguas donde una de ellas requiere drogas para funcionar. Es la típica ingeniería mental donde el lenguaje no es para comunicarse, sino para hackear la realidad. El giro 'divertido' llega con los alienígenas. No vienen a darnos la paz universal, sino a recolectar cerebros humanos vivos para sus propios proyectos lingüísticos. El problema es que, mientras los extraterrestres hacen la compra de órganos, los humanos se comportan peor que los monstruos. Tenemos experimentos crueles con críos, abusos en la Amazonia y gobiernos que entregan cerebros como quien entrega un formulario en la ventanilla de Hacienda. Watson, que dejó su huella en Warhammer 40,000 y trabajó el guion de 'A.I.' con Stanley Kubrick antes de morir este abril, escribió una obra fascinante pero tóxica. El libro es un club de caballeros donde las mujeres solo existen para ser torturadas o seducir, y el racismo de la época se cuela en las descripciones como una humedad en la pared. Una lectura obligada para los amantes de la filosofía, siempre que no te importe que el autor trate la ética como si fuera un accesorio opcional.
Ballet, tutús y gracia etérea. Eso es lo que uno espera al entrar en un teatro. Pero en Sadler’s Wells, en Londres, te encuentras con algo distinto. La Alexander Whitley Dance Company ha presentado “Mirror”, una obra que, lejos de la fantasía, te devuelve un espejo deformante de nuestra realidad: la creciente y, a veces, inquietante relación con la inteligencia artificial. Inspirada en “The AI Mirror” de Shannon Vallor, profesora de ética de datos e IA, la pieza no es una diatriba tecnofóbica ni una oda futurista. Es un baile delicado sobre el filo de la navaja, un ‘sí, y no’ coreografiado. Vallor, en su libro, plantea una pregunta incómoda: ¿nos resignamos a que la IA suplante nuestra capacidad de decisión o la demonizamos como una amenaza existencial? Un dilema, básicamente, como elegir entre el sablazo en la factura de la luz o la promesa de un futuro automatizado. La obra, que también aterrizará en el Royal Opera House el 4 de junio de 2026, no ofrece respuestas fáciles. Más bien, te obliga a preguntarte si estamos perdiendo algo esencial en esta danza con los algoritmos. Si, en el intento de optimizar cada aspecto de nuestras vidas, estamos olvidando qué significa ser, simplemente, humanos. Mientras la obra se debate entre el entusiasmo y el recelo, Facebook (ahora Meta) y X (antes Twitter) siguen recopilando datos, alimentando el monstruo que Vallor analiza con tanta lucidez. La ironía, por supuesto, es que probablemente leamos sobre la obra en… ¿adivinen qué? En redes sociales. Y ahí reside el verdadero espejo.
Un galeón del siglo XVII, hundido en Finlandia en 2019, ha resucitado… ¡en forma de vestido de alta costura! Olvídense del tesoro pirata, aquí lo valioso es la madera. Arqueólogos, químicos y diseñadores, con la ayuda de la inteligencia artificial, han transformado restos de madera de 330 años en fibra textil. ¿El resultado? Un vestido color tierra, suave como la seda y resistente como el algodón, que desafía la obsolescencia programada. La madera, proveniente del 'Hahtiperä wreck' (un nombre que suena a conjuro nórdico), creció en bosques de Ostrobothnia en el siglo XVII y acabó en el fondo del mar. En lugar de pudrirse en silencio, ahora desfila por las pasarelas. La ironía es que la UNESCO recomienda dejar los naufragios en paz, pero este era el más antiguo de Finlandia y merecía una segunda vida. El proceso, liderado por la bioingeniera Inge Schlapp-Hackl, utilizó la tecnología Ioncell® para convertir la pulpa de madera en fibra sin químicos agresivos. Un hallazgo: la pulpa del naufragio era sorprendentemente pura. Anna-Mari Leppisaari, la diseñadora, tejió dos vestidos idénticos con un patrón inspirado en la veta de la madera y el ruido digital. Un detalle: el vestido se tejió en una sola pieza para no desperdiciar ni un hilo. ¿El coste? No lo preguntes. En un mundo donde la moda rápida es la norma, este vestido es una declaración de intenciones: la sostenibilidad no es una tendencia, es una necesidad. El vestido se expone a partir del 22 de mayo en el Museo de Arte de Oulu.
Helen Phillips se lleva 10.000 libras por pintar un futuro que ya huele a freidora. Su novela 'Hum' describe una metrópolis asfixiante, un anticipo del menú que nos espera si seguimos ignorando el termómetro. Mientras, los de Meta y X (antes Twitter) siguen contando likes, ajenos a que el planeta se les está derritiendo en las manos. La Climate Fiction Prize, con el apoyo de Climate Spring, parece un parche a una herida de bala, un premio consuelo para artistas que advierten lo que los políticos, y los accionistas, prefieren no oír. En 2025, Abi Daré ya ganó con 'And So I Roar', pero parece que los rugidos no llegan a los oídos sordos de la burocracia. La competencia era feroz: Susanna Kwan nos mostraba San Francisco convertida en Venecia 2.0, con calles que son ríos, y Maria Reva nos presentaba a un caracol en la lista roja, un símbolo perfecto de nuestra lentitud para reaccionar. La ironía es que un premio de 10.000 libras no compra ni un sistema de aire acondicionado para toda una ciudad, pero al menos, sirve para encender una luz, aunque sea tenue, en esta noche oscura. Porque, al final, la ficción climática no es sobre el futuro, sino sobre el presente, sobre las decisiones que tomamos hoy y el calor que cosecharemos mañana. Y, por cierto, ¿alguien ha visto una oferta de sombrillas para el 2026?
El libro que casi no fue. Medio siglo después, 'El Gen Egoísta' de Richard Dawkins sigue vendiéndose como pan caliente, traducido a más de 30 idiomas. Un éxito para un libro de ciencia, eso sí. Pero la historia de su publicación, contada por Michael Rodgers, ex-editor de Oxford University Press (OUP), es de esas que te hacen pensar que a veces, los grandes hitos cuelgan de un hilo. Todo empezó con una nota manuscrita de un físico, Roger Elliott, que le advirtió sobre un tal Dawkins y su “tentativo” libro. Rodgers, con la intuición de un veterano, leyó los primeros capítulos y… ¡zas! Se le clavaron los ojos en el texto. No era un libro de ciencia más, era una historia que te atrapaba por el cuello, una adicción en papel. Rodgers, convencido del potencial explosivo del libro, escribió a los directores de OUP en todo el mundo, instándoles a apostar por él. No como un libro de divulgación científica, sino como una novela adictiva, de esas que te dejan sin aliento. “Imposible dejarlo”, les aseguró. El mayor quebradero de cabeza fue el título. 'The Gene Machine', sugerido por Desmond Morris (autor de 'El Mono Desnudo'), sonaba a cacharrito industrial. Algunos colegas de Rodgers temían que 'The Selfish Gene' transmitiera la idea de un gen mutante, un bicho raro. Incluso Tom Maschler, de Jonathan Cape, le aconsejó cambiarlo por 'The Immortal Gene'. Pero Rodgers se mantuvo firme: 'El Gen Egoísta' era provocador, memorable, la clave para entender la esencia del libro. Dawkins, aunque con dudas, acabó cediendo. Y vaya si acertó. El libro, como una buena inversión, se disparó en ventas, dejando a otros títulos en la estacada. Hoy, a los 50 años, sigue generando debate y fascinación. Una historia de intuición editorial, un poco de suerte y un título que, al final, lo cambió todo.
Stonehenge. La postal turística perfecta, ese 'tick' en la lista de cosas por ver que te permite presumir de cultura en la cena. Pero, ¿y si te digo que verlo desde la A303, la autopista que lo escupe a tu paso, es como comer un menú del día en un atasco? El periodista australiano James Woodford, tras un viaje de medio mundo, se dio cuenta de que la verdadera experiencia no está en la foto rápida, sino en el paseo lento, en sentir el frío del atardecer inglés calando los huesos mientras contemplas piedras que han visto pasar 5000 años de historia. Woodford pagó la tarifa extra – porque, claro, la contemplación profunda tiene precio – para acceder al 'Inner Circle tour' de English Heritage, una experiencia que le permitió romper la barrera de la cuerda y acercarse a las piedras. Y justo cuando la hora se agotaba, el sol, como un director de orquesta caprichoso, irrumpió entre las nubes para iluminar el círculo con una luz dorada, recordándole que Stonehenge no es un monumento, sino un portal a 'deep time', un concepto que suena a película de ciencia ficción pero que, en realidad, es la sensación de insignificancia ante la inmensidad del tiempo. ¿Que para qué ir? Para entender que la historia no se consume, se siente. Para dejar de buscar respuestas fáciles en Google y empezar a formular preguntas incómodas. Y para recordar que, a veces, la mejor forma de ver el mundo es a paso lento, sin prisas, y con la barbilla ligeramente levantada.
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