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La ciencia acaba de encontrar la forma de que el cuerpo haga el trabajo sucio mientras nosotros seguimos maratoneando series en el sofá. Un equipo de la Academia China de Ciencias, liderado por el profesor Ng Shyh-Chang, ha desarrollado unos 'miograftos' que se inyectan bajo la piel y se ponen a trabajar solos. Básicamente, es como instalar un gimnasio en miniatura y autónomo debajo de la dermis que se contrae las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Olvida el sudor y el olor a goma quemada del gym; aquí la acción ocurre en silencio. El estudio, publicado hoy en la revista Nature Aging, utilizó ratones obesos y envejecidos para demostrar que estas células modificadas no solo crean estructuras vasculares maduras, sino que secretan miocinas y hormonas de crecimiento. Incluso mencionan la producción de compuestos similares a los GLP-1, esos fármacos para adelgazar que ahora mismo tienen el mercado negro más caliente que una sartén en agosto. Ng Shyh-Chang lo resume con una honestidad brutal: están 'destilando la mejor parte del ejercicio' para evitar el estrés cardiaco y el desgaste de las articulaciones. Es el sueño húmedo de cualquier perezoso y la pesadilla de los entrenadores personales. Aunque los científicos juran que el riesgo de que esto se convierta en un tumor es bajo, la realidad es que estamos a años luz de los ensayos humanos. Pero ya conocemos la historia: si existe un atajo biológico para verse 'marcado' sin levantar una sola pesa, habrá una legión de 'gym bros' dispuestos a pagar lo que sea en un callejón oscuro para saltarse la cola. Como decía William Gibson en Neuromancer, la calle siempre encuentra sus propios usos para las cosas, y este injerto es la invitación perfecta para el próximo experimento casero de Instagram.
Vivimos en una era donde el brillo de un anuncio de neón o el faro de un coche mal aparcado tienen más potencia que el cosmos. Por eso, que nos digan que Venus puede proyectar una sombra suena a cuento chino o a desafío para gente con demasiado tiempo libre. Pero aquí está la paradoja: el segundo planeta desde el sol, ese que ahora mismo se está encogiendo hasta parecer una uña (una fase creciente), es capaz de hacer el truco si tienes la paciencia de un santo y un lugar donde la contaminación lumínica no sea la norma. El calendario es caprichoso. El 12 de agosto Venus alcanzó la dicotomía, ese punto donde está iluminado al 50%, y ahora, mientras se acerca a nosotros, su brillo aumenta aunque su disco se reduzca. Es como el precio de la luz: cuanto más pequeño es el margen, más te sablan. Para el 14 y 15 de agosto, el planeta se sitúa a 46 grados del sol con una magnitud de -4.3 a -4.4. Nada mal, pero el verdadero 'plato fuerte' llega el 18 de septiembre, cuando alcanzará su máxima brillantez con una magnitud de -4.6. El problema es que, para los del Reino Unido, estará tan bajo en el horizonte que será casi invisible, mientras que en EE. UU. podrán presumir de sombra. ¿Cómo se hace este experimento de patio? Olvida el ojo desnudo; necesitas una cartulina blanca, un objeto que bloquee la luz y una cámara con un ISO alto y una exposición de 30 segundos. Básicamente, hay que forzar la máquina para ver lo que la ciudad nos oculta. Si no tienes un desierto cerca, puedes conformarte con ver el reflejo de Venus en un charco o un lago. Al final, entre la Luna creciente del 16 de agosto y las Perseidas que ya se despiden, el cielo nos recuerda que la Vía Láctea sigue ahí, aunque la hayamos enterrado bajo capas de smog y farolas.
La NASA acaba de estrenar un juguete nuevo, el Nancy Grace Roman Space Telescope, y lo hace con esa sonrisa ensayada de quien ha encontrado un tesoro en el rastro. El plan es lanzarlo este domingo desde el Kennedy Space Center montado en un cohete SpaceX Falcon Heavy. Sobre el papel, es ciencia pura: entender la expansión del universo y cazar exoplanetas. Pero aquí viene el giro de guion que haría palidecer a cualquier guionista de Hollywood. Este observatorio de 4.300 millones de dólares no nació para mirar las estrellas, sino para mirar el jardín del vecino. Resulta que la National Reconnaissance Office, la agencia de espionaje que no suele decir dónde tiene la oficina, tenía un satélite cogiendo polvo en un hangar. Una pieza de ingeniería diseñada para 'espiar a los adversarios de Estados Unidos' en la paranoia post-11 de septiembre que, al final, se quedó sin proyecto. Así que, en un acto de generosidad corporativa digno de quien te regala el sofá viejo porque ya no cabe en el salón, se lo 'plonkearon' en la puerta del Goddard Space Flight Center. Literalmente: 'Oye, tenemos este aparato increíble, ¿por qué no lo apuntáis hacia arriba en lugar de hacia abajo?'. La NASA tuvo que hacerle un 'lavado de cara' tecnológico, añadiendo cámaras infrarrojas y ajustándolo para que aguante el viaje hasta el Punto de Lagrange 2, a un millón de millas de casa. Lo irónico es que, mientras el gobierno de Trump intentó cargarle el muerto al proyecto desde 2017, el telescopio llega adelantado y sin pasarse el presupuesto, una anomalía casi mística en la administración pública. Según Julie McEnery, lo que al Hubble le llevaría un siglo observar en nuestra galaxia, el Roman lo hará en un mes. Pasar de espiar ejércitos a espiar el cosmos es, probablemente, el reciclaje más caro y brillante de la historia.
Mientras nosotros peleamos por ver quién paga la ronda de cañas o intentamos que la hipoteca no nos coma el hígado, allá arriba hay una roca de hielo llamada 220P/McNaught que ha decidido montar un espectáculo de luces digno de Las Vegas. Este cometa, que Robert McNaught pescó el 20 de mayo de 2004 desde el Observatorio Siding Spring en Australia, no es precisamente un desconocido, pero últimamente ha decidido dejar de ser el soso de la fiesta. Normalmente es una piedra opaca que pasa desapercibida, pero en junio se volvió loca. Una erupción superficial disparó su luminosidad casi 10 magnitudes; para que nos entendamos, es como si pasaras de una bombilla de lectura a un foco de estadio de fútbol, volviéndose unas 8.000 veces más brillante de lo habitual. Y como si no le bastara con el primer subidón, en agosto volvió a subir siete magnitudes más. Una auténtica indigestión de luz. El 220P/McNaught juega bajo las reglas de Júpiter, que lo maneja como un títere en una órbita de 5,5 años. Tras alcanzar su perihelio el 14 de junio, justo más allá de Marte, ahora se pasea por el cielo nocturno. Dan Bartlett, que sabe de esto, dice que parece un cometa distinto. La cita final es en octubre, cuando pase más cerca de la Tierra, situándose entre las estrellas Lambda Ceti y Omicron Tauri. Lo más irónico es que este despliegue de pirotecnia podría ser su canto del cisne. Es muy probable que estemos viendo sus estertores finales. Si tiene suerte, se desintegrará en tiempo real ante nuestros ojos antes de llegar a su afelio el 19 de marzo de 2029. Un final dramático para alguien que no volvería a asomarse hasta finales de 2031, si es que no termina convertida en polvo cósmico antes.
Mientras en la Tierra seguimos peleándonos por el precio del alquiler y el coste de la cesta de la compra, hay quien ha decidido que el mejor sitio para buscar el silencio es el polo sur de la Luna. China, que ya tiene el mapa del vecindario lunar bien trazado, ha invitado a África a subir al carro con la misión Chang'e-8 programada para 2029. El proyecto se llama Africa2Moon y, con un sentido del humor involuntario digno de un guion de comedia, han bautizado a sus sondas como BALLS (Bounced African Low Lunar Sphere). Sí, básicamente van a lanzar unas 'bolas' metálicas al espacio para escuchar los susurros más antiguos del universo. Carla Mitchell, la directora de la misión y cara visible de SARAO, ha pasado de ser una niña que creía que el espacio era un club privado para unos pocos a presentar este hardware en la NASA el 22 de julio de 2026. La jugada es maestra: tres esferas con antenas de radiofrecuencia que operan por debajo de los 20 MHz, una frecuencia que aquí abajo es imposible de captar porque nuestra atmósfera hace más ruido que una plaza de mercado en hora punta. Lo más delirante es que este despliegue, que involucra a instituciones de Kenia, Ghana y Botsuana, y que fue ensamblado en abril de 2026 por equipos de la Universidad de Stellenbosch y Petrawell, se está cocinando con lo que Clive Neal llama un 'presupuesto de zapatos' (shoe-string budget). Mientras los científicos estadounidenses se quejan de que no tienen fondos para comprarse un café, los voluntarios africanos están diseñando una red de 55 antenas para el futuro. Una lección de humildad cósmica: China pone el cohete, África pone el ingenio y el mundo mira cómo unas esferas metálicas intentan descifrar el origen del tiempo sin que nadie les pague el alquiler.
Hay una ironía deliciosa en el hecho de que el Neil Gehrels Swift Observatory, una máquina diseñada para cazar las explosiones más violentas del cosmos, termine siendo incinerado como un trozo de chatarra orbital. Desde su despliegue en 2004, el Swift ha sido el ojo vigilante de la NASA, regalándonos hasta el BOAT (Brightest of all Time) en 2022, esa erupción lumínica que dejó al mundo astronómico con la boca abierta. Pero el universo no acepta suscripciones vitalicias. La gravedad terrestre y unos vientos solares que soplan con ganas han decidido que es hora de cobrar la factura. La NASA, en un alarde de optimismo casi romántico, intentó un rescate de última hora. Se aliaron con Katalyst Space Technologies para lanzar la nave Link, un artefacto con tres brazos diseñado para abrazar al Swift y subirlo de nuevo a sus 373 millas de altura. Fue un plan ambicioso, cocinado en apenas nueve meses, que en la práctica resultó ser como intentar cambiar una rueda a un coche que va a 200 km/h mientras el mecánico sufre un ataque de vértigo. A las pocas semanas, la nave Link empezó a girar sobre sí misma sin control, convirtiendo la misión en una especie de bailarina espacial ebria. Jared Isaacman y Shawn Domagal-Goldman han tenido que tirar la toalla. El Swift se convertirá en una estrella fugaz no deseada a partir de octubre. Lo más cínico es que ahora nos venden que el fracaso es, en realidad, un 'aprendizaje' para intentar lo mismo con el Hubble, que también está en las últimas tras 36 años de servicio. Al final, la ciencia es como cualquier otra cosa: cuando el presupuesto y la física dicen basta, te venden el desastre como una lección necesaria.
Hay olores que te hacen cerrar la ventana y otros que, para ciertos invitados no deseados, son el equivalente a un buffet libre con estrellas Michelin. Hablamos del New World screwworm (Cochliomyia hominivorax), una mosca con un gusto exquisito por el tejido vivo y una capacidad fascinante para convertir una herida abierta en un hotel de cinco estrellas para sus larvas. El resultado es simple: el ganado, las ovejas y hasta los perros terminan siendo el plato principal de una cena que no solicitaron. La historia tiene un tinte de ironía burocrática. Tras haber sido erradicadas de EE. UU. en 1966 mediante esterilización, estas plagas han decidido volver. En 2024, el sur de México fue el epicentro del regreso, y para cuando Texas confirmó los primeros casos en junio —rompiendo un ayuno de más de 50 años—, la maquinaria estatal ya estaba en modo ahorro. Mientras el ciudadano medio intenta que la hipoteca no le coma el sueldo, el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) aplicó un recorte de presupuesto que dinamitó los planes para combatir el retorno de la mosca. Así, el problema saltó de Texas a Nuevo México con la soltura de quien sabe que no hay nadie vigilando la puerta. Aquí entra Jessica Metcalf, ecóloga microbiana de la Universidad de Colorado, quien propone usar el 'olor a muerte' como anzuelo. El problema es que las trampas actuales son demasiado generosas: atraen también a la mosca secundaria, que es la prima 'educada' que solo come carne muerta. Metcalf está diseñando un cebo gourmet, basado en compuestos orgánicos volátiles que solo emiten los tejidos vivos, básicamente hackeando el GPS biológico del screwworm. Es ciencia forense aplicada al campo: usar la ecología de la descomposición para que la mosca prefiera una trampa química antes que la pierna de una vaca.
La ironía del cosmos tiene un sentido del humor perverso. Imagínate contratar una grúa para sacar tu coche del río y que, a mitad de camino, la grúa decida ponerse a bailar breakdance en medio de la carretera. Eso es exactamente lo que le ha pasado a LINK, la nave de rescate de Katalyst Space Technologies. Lanzada el 3 de julio con la misión heroica de salvar al telescopio Swift de la NASA, LINK ha decidido que es buen momento para entrar en crisis existencial. Tres semanas después del despegue, la nave empezó a girar sobre sí misma como un trompo fuera de control a 9 grados por segundo, dejándonos sin noticias y con dos de sus tres ruedas de reacción pasadas a mejor vida. El drama es que el tiempo no es un concepto abstracto, sino una cuenta atrás mortal. El Swift, un observatorio de 250 millones de dólares que estudia ráfagas de rayos gamma desde 2004, se está hundiendo en la atmósfera. Si baja de los 300 kilómetros (unas 186 millas), se convierte en una estrella fugaz muy cara. La NASA estimaba que octubre es la fecha del funeral. Para evitarlo, soltaron 30 millones de dólares a Katalyst para construir este 'nevera espacial' con brazos robóticos, esperando que el encuentro ocurriera en agosto. Pero claro, es difícil abrazar un telescopio cuando estás mareado y girando. Ahora, los ingenieros intentan aplicar un 'reinicio de fábrica' orbital. Han logrado frenar el giro a 1.47 grados por segundo usando propulsores eléctricos y esperan subir un parche de software en los próximos días para que la nave deje de hacer piruetas y empiece a trabajar. Es la clásica historia de la tecnología moderna: pagas una fortuna por un servicio premium y terminas rezando para que la actualización de software no convierta el rescate en un espectáculo de fuegos artificiales.
Nos gusta creernos el centro del universo, el único animal con la sensibilidad suficiente para adoptar a un perro callejero o mimar a un gato. Pero resulta que el ego humano acaba de recibir un golpe de realidad desde la Universidad de Oxford. Unos antropólogos se han puesto a hacer limpieza de archivos y han rescatado 303 casos de primates que, básicamente, hacen lo mismo que nosotros cuando nos aburrimos el domingo: buscar compañía donde no deberían. No es una anécdota aislada de un zoológico con exceso de tiempo libre. El estudio, publicado en la revista Primates, se basó en literatura científica, 66 encuestas a primatólogos y 58 relatos mediáticos. El catálogo es surrealista. En Sri Lanka, los langures grises coronados (Semnopithecus priam) acarician ardillas como quien acaricia un peluche. En China, los monos narigudos (Rhinopithecus bieti) se dedican a jugar con cerdos domésticos, y en Brasil, un grupo de monos capuchinos (Sapajus libidinosus) decidió que criar a un bebé tití durante meses era un planazo. Aquí está el truco: no es una alianza estratégica. No es como las cebras y las avestruces, que se juntan para no acabar siendo el almuerzo de alguien (una especie de seguro de vida mutuo). Lo de los monos es pura curiosidad y afecto gratuito, sin factura que pagar ni beneficio tangible. Cyril Grueter, coautor del estudio, nos pide que no llamemos a esto 'tener mascotas' al estilo humano, pero admite que son los ladrillos evolutivos de nuestra propia empatía. Básicamente, nuestra manía de llenar la casa de animales no es una virtud sofisticada, sino un instinto heredado de hace millones de años que ya practicaban nuestros primos peludos mientras nosotros aún no sabíamos ni caminar.
La NASA tiene una manía peligrosa: no puede dejar el bolsillo tranquilo ni un segundo. Menos de cinco años después de que el James Webb (JWST) se convirtiera en la estrella del show, ya están preparando la alfombra roja para el Nancy Grace Roman. Para el ciudadano medio, que lucha contra la inflación en el supermercado, lanzar otro 'bus espacial' puede sonar a capricho de multimillonario, pero aquí hay una ingeniería financiera de datos muy curiosa. El Roman no pretende quitarle el puesto al Webb; es más bien el compañero pragmático. Si el Webb es ese zoom caro que te permite ver el poro de la piel de una galaxia lejana, el Roman es la lente gran angular que saca la foto panorámica de toda la fiesta. Mientras el Webb se obsesiona con un punto minúsculo, el Roman tiene un campo de visión 100 veces más grande que el del venerable Hubble. Para que nos entendamos: en sus primeros cinco años, el Roman va a barrer 50 veces más cielo de lo que el Hubble logró en tres décadas de servicio. Es como pasar de limpiar la casa con un cepillo de dientes a usar una aspiradora industrial. El aparato, que despega el 30 de agosto a las 7:26 a.m. EDT desde el Kennedy Space Center, busca materia oscura, energía oscura y exoplanetas. Lleva un espejo de 7,9 pies (igual que el Hubble), pero pesa una cuarta parte, lo que lo hace ágil, capaz de 'frenar en seco' en el vacío. Se situará a casi un millón de millas de la Tierra, donde el frío es el mejor aliado para captar radiación infrarroja. Al final, la NASA nos vende un ecosistema: el Hubble sigue siendo el rey de la luz ultravioleta, el Webb es el microscopio cósmico y el Roman será la máquina de mapeo masivo. Un despliegue de lujo para intentar entender por qué estamos aquí, mientras nosotros seguimos intentando entender la factura de la luz.
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Alex Carmona