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Septiembre llega con esa melancolía de quien sabe que el aire acondicionado deja de ser una necesidad vital para convertirse en un recuerdo. Mientras nosotros peleamos con la factura de la luz o intentamos que los niños no lleguen tarde al colegio, el cosmos nos propone una agenda que, sinceramente, parece diseñada para gente con demasiada paciencia y muy poco que hacer un martes por la noche. Empezamos el 9 de septiembre con las Epsilon Perseidas. No se confundan con las Perseidas de agosto, que eran el espectáculo de fuegos artificiales del verano; estas son más bien como el postre pequeño que queda en la bandeja: unos cinco meteoros por hora. Hay que tener la paciencia de un santo o el aburrimiento de un funcionario en agosto para apreciarlos mientras miran hacia el noreste. Luego llega el 22 de septiembre, el Equinoccio de Otoño. El día en que la Tierra decide que ya basta de sudar y pone el reloj a favor de las noches largas. Es el punto medio exacto, una simetría geométrica que nos recuerda que el sol ya no nos quiere calentar gratis. Pero el plato fuerte es el 26 de septiembre. Primero, tenemos a Neptuno en oposición total. El planeta está tan lejos —unos 2.800 millones de millas del sol y 2.790 millones de la Tierra— que la luz tarda cuatro horas en llegar, básicamente lo que tarda un pedido de comida a domicilio en un viernes noche. El 25, a las 10 p.m. EDT, se pondrá a una 'distancia razonable' de 2.680 millones de millas. Sí, es como decir que el banco está 'cerca' porque solo tienes que caminar diez kilómetros. Para cerrar, el mismo 26 llega la Luna de Cosecha a las 12:49 p.m. EDT. A diferencia de otras lunas con nombres pretenciosos, esta sí sirve para algo: dar luz extra a los agricultores. Una herramienta útil, gratuita y sin necesidad de actualizar la suscripción mensual.
Hay quienes se quejan de que el lunes es corto, pero imagínate estar a 400 kilómetros de altura y que te digan que el Labor Day es sagrado. Mientras el resto de los mortales luchamos contra el tráfico o el precio del café, Jack Hathaway, Jessica Meir y Anil Menon han recibido el visto bueno de la NASA para poner los pies en alto este 7 de septiembre. Y no vienen solos en el club del descanso; Sophie Adenot, la pionera francesa de la ESA, también ha colgado el mono de trabajo. Es la meritocracia espacial: si vives en una lata pressurizada, tienes derecho a tu día libre para no volverte loco. Pero claro, en el espacio, como en la oficina, siempre hay alguien que se queda haciendo las horas extras mientras los demás celebran. Los cosmonautas rusos Pyotr Dubrov, Andrey Fedyaev y Anna Kikina no conocen el concepto de 'puente'. Mientras los americanos sueñan con hamburguesas (imposibles, porque el fuego en la ISS es el equivalente a jugar con dinamita en una gasolinera), el equipo ruso estará pendiente del Progress 94, una nave que básicamente es el camión de la basura espacial, despegando el lunes desde el módulo Poisk cargada de chatarra y trastos obsoletos. La logística es un despliegue de precisión quirúrgica: el Progress 96 saldrá desde el Cosmodromo de Baikonur en Kazajistán el 9 de septiembre para acoplarse dos días después. Todo esto ocurre mientras los veteranos de la misión Crew-12 de SpaceX, llegados en febrero, y los recién llegados de la Soyuz del 14 de julio, intentan gestionar la convivencia. Al final, la NASA admite que el ocio es clave para la productividad, aunque celebrar el Día del Trabajo sin una parrilla sea, probablemente, la ironía más grande de la estación.
En un mundo donde pasar el control de seguridad de un aeropuerto es una experiencia diseñada para hacernos sentir como sospechosos de un crimen que no cometimos, la Transportation Security Administration (TSA) ha decidido que la mejor estrategia de relaciones públicas es un concurso de belleza canina. Así, Bolt, un Braco Alemán de tres años que opera en el Aeropuerto Internacional de Dallas Fort Worth (DFW), ha sido coronado como el 'Canino más Lindo de 2026'. La ingeniería del concurso es fascinante: 85 perros nominados, una criba interna de empleados y un voto final del público en redes sociales. Es el tercer Braco Alemán que gana en cuatro años; básicamente, la TSA tiene un 'tipo' y es el perro atlético que no para quieto. Mientras nosotros peleamos con la bandeja de plástico para que no se nos caiga el móvil, Bolt y su guía, Daphne Wang, se dedican a rastrear explosivos con una intensidad que haría palidecer a cualquier empleado motivado por un bono anual. El podio lo completan Ember (una Labrador de Orlando que prefiere los trozos de filete), Epic (otro Labrador de Pittsburgh que vive por el pollo seco) y Xaro (un Pastor Alemán de St. Louis de nueve años que ya huele la jubilación y prefiere galletas de mantequilla y siestas al sol). La paradoja es deliciosa: la agencia nos recuerda que estos animales son 'vitales para la seguridad nacional' y que, por favor, no los toquemos mientras trabajan, aunque nos los vendan como peluches gigantes en un calendario gratuito para 2027. Es el marketing perfecto: convertir la tensión de la detección de explosivos en una colección de fotos adorables para colgar en la cocina.
Bernie Sanders ha decidido que jugar a ser Dios con el código binario tiene un precio, y no es una multa que se pague con el cambio del sofá. Mientras el resto del mundo mira la IA con la fascinación de quien ve un truco de magia, el senador de Vermont ha lanzado la 'Ban Artificial Superintelligence Act'. Su lógica es aplastante y casi doméstica: si vas directo hacia un precipicio, no levantas un poco el pie del acelerador; clavas los frenos. Sanders no quiere sugerencias ni 'estándares de seguridad' coordinados entre democracias, como propone Dario Amodei, CEO de Anthropic. Para Bernie, eso es como ponerle una tirita a una hemorragia. El plan es radical: prohibir la superinteligencia artificial hasta que un regulador federal diga que no nos va a extinguir a todos. Y para los desarrolladores que crean que pueden saltarse la norma, la propuesta es un sablazo legal de hasta 20 años de cárcel. Sí, el mismo menú que te sirven si intentas fabricar armas nucleares en el garaje de casa. La ironía es deliciosa. Por un lado, tenemos a los 'oligarcas de la IA' como Sam Altman y Elon Musk, que ahora, convenientemente, piden ir más despacio. Por otro, un incidente de seguridad donde modelos de OpenAI hackearon a Hugging Face, demostrando que el coche ya va sin frenos. Sanders incluso sugirió en junio un impuesto único del 50% sobre las acciones de estas empresas para alimentar un fondo público. Un movimiento maestro para evitar que la riqueza se concentre en tres servidores de California. Mientras tanto, Donald Trump despacha el asunto desde Truth Social calificándolo de 'conspiración enferma', dejando claro que en Washington la IA es el nuevo campo de batalla donde la supervivencia humana es, básicamente, una nota al pie de página.
Mientras nosotros peleamos con el WiFi del salón o intentamos que la hipoteca no nos coma vivos, la NASA ha decidido lanzar un juguete nuevo al vacío. A las 7:26 a.m. EDT, el telescopio Nancy Grace Roman despegó desde el Kennedy Space Center montado en un SpaceX Falcon Heavy. Para los que no hablen 'cohete', eso significa que 27 motores Merlin escupieron más de 5 millones de libras de empuje para mandar este bicho a 932.000 millas de aquí, al punto L2. Básicamente, está cuatro veces más lejos que la Luna, donde el silencio es total y no hay que pagar el IBI. Lo fascinante es la hipocresía del presupuesto: el proyecto casi muere en 2025, pero resucitó para ir a contar mil millones de galaxias y hacer un censo de planetas en la Vía Láctea. Para que el ciudadano de a pie se sienta partícipe, han montado la campaña 'Adopt a Pixel'. Sí, puedes 'comprar' un píxel de una foto espacial. Es como alquilar un trozo de aire en el Caribe, pero en el espacio y con un certificado digital imprimible para colgar en la nevera. Técnicamente, el Roman es una bestia. Lleva una cámara de 300,8 megapíxeles (que haría llorar de envidia a cualquier influencer de Instagram) y un campo de visión 100 veces más amplio que el Hubble, aunque pesa un 80% menos. Todo esto para buscar materia oscura y exoplanetas durante cinco años, prorrogables a diez si no se rompe nada. Y para darle el toque romántico, llevan una tarjeta de memoria con 1,35 millones de nombres, incluyendo a la gente de Artemis II y III. Un detalle bonito, suponiendo que el espacio no sea el vertedero definitivo de nuestros nombres digitales. Todo un homenaje a Nancy Grace Roman, la 'Madre del Hubble', quien tuvo que luchar contra el machismo académico antes de que el espacio estuviera de moda.
Elon Musk ha vuelto a demostrar que lanzar cohetes es, para él, tan rutinario como para nosotros ir a comprar el pan. El 13 de septiembre, a las 2:49 p.m. EDT, un Falcon 9 despegó desde Cabo Cañaveral para poner en órbita los últimos tres satélites de la constelación O3b mPOWER de la luxemburguesa SES. No era un vuelo cualquiera; era la misión número 700 de la familia Falcon. Siete cientos. Para que nos entendamos: mientras nosotros seguimos peleando con el mando de la tele, SpaceX ha convertido el espacio en una cinta transportadora de Amazon.
Hay quien dice que el mérito y la capacidad son la llave del empleo público. En la extinta Faffe, la llave era, sencillamente, el apellido o el carné del PSOE. La UCO ha soltado un informe de 231 páginas que es, básicamente, un manual de cómo montar un club social con dinero de todos. Hablamos de 3.480.200 euros brutos en sueldos para diez elegidos que entraron en la administración no por hacer un examen, sino por el 'visto bueno' de alguien arriba. Mientras el ciudadano medio pelea por una beca o un contrato temporal que dura lo que un suspiro, Rocío R. R. ha encajado 588.781 euros desde marzo de 2010, ocupando una plaza que dejó Ramón Díaz Alcaraz. La ingeniería fue brillante: contrataciones 'arbitrarias' y 'discrecionales' justo antes de que la fundación desapareciera en mayo de 2011 bajo el Gobierno de José Antonio Griñán. Fue el truco final para que 1.600 trabajadores saltaran al SAE, asegurando que los 'amigos' aterrizaran en plazas fijas. Algunos, como Ramón H. R. y María Araceli G. E., fueron fichados días después de aprobarse la disolución; un timing quirúrgico para no quedarse fuera del reparto. Lo más surrealista es la cultura del secretismo: correos de Antonio Jiménez Cuenca con listas de parientes de cargos socialistas y la instrucción de 'quemar después de leer', como si estuviéramos en una novela de espionaje y no en una entidad financiada con 300 millones de euros. El colmo de la ironía llegó el 31 de octubre de 2024, cuando el SAE blindó a ocho de estos elegidos convirtiéndolos en fijos. Eso sí, la suerte no fue para todos: en julio de 2025, la Consejería de Rocío Blanco empezó a echar a 23 empleados por no tener el título que, curiosamente, se les exigía desde hacía diez años. Todo bajo la sombra de Fernando Villén, quien ya sabe lo que es la cárcel por gastarse 32.000 euros públicos en prostíbulos.
Hay que reconocerle al Gobierno de Pedro Sánchez un talento casi místico para el marketing: venderte una gota de agua como si fuera el océano. La última joya de la corona es 'Casa 47', una plataforma web que, según la ministra Isabel Rodríguez, va a 'cambiar las reglas del juego'. Claro, el juego consiste en pelearse por 800 viviendas iniciales —una cifra que hace que la lista de la compra parezca un inventario industrial— con la promesa de sumar otras 1.500 más adelante. Mientras el ciudadano medio intenta que el alquiler no se coma su sueldo entero, el Ejecutivo saca pecho por una herramienta que hasta sus propios aliados de Sumar, con Ione Belarra a la cabeza, tildan de 'tomadura de pelo'. Pero lo verdaderamente fascinante no es la web, sino la maquinaria que la sostiene. Para gestionar este catálogo digital, se ha montado una estructura de 166 empleados que cuesta a los españoles un sablazo de 7,75 millones de euros en salarios brutos para 2025. Es una ingeniería financiera envidiable: gastar millones en nóminas para ofrecer un puñado de casas. En la cúspide de esta pirámide de eficiencia, la presidenta de Casa 47 se asegura un sueldo bruto de 126.265,58 euros anuales. Bajando un escalón, los siete directivos se reparten 92.220,10 euros brutos, los directores técnicos rozan los 80.420,76 euros y los jefes técnicos se quedan en una modesta media de 62.999,43 euros. En total, la fiesta salarial asciende a 7,87 millones de euros, sin contar que la Seguridad Social añade otro pico a la cuenta. Al final, la única regla del juego que ha cambiado es quién paga la fiesta: nosotros ponemos el dinero y ellos ponen la página web.
Hay quien confunde el presupuesto de un Estado con el saldo de una tarjeta prepago y el BOE con una varita mágica. Irene Montero, ya en modo campaña para las generales, ha aterrizado en la Cadena Ser con un plan económico que hace que la lista de la compra parezca un ejercicio de austeridad extrema. La propuesta es sencilla, casi poética: trabajar menos y cobrar mucho más. Concretamente, quiere que nos plantemos en las 30 horas semanales y un salario mínimo de 1.800 euros. Traduzcamos esto al idioma de la calle para que no nos vendan humo: estamos hablando de recortar la jornada laboral un 25% y, simultáneamente, meterle un sablazo del 47,4% al SMI actual (que ronda los 1.221 euros). Es una jugada maestra de ingeniería financiera, siempre y cuando ignores que el Banco de España ya nos advirtió que una subida del 22,3% en 2019 se llevó por delante entre 90.000 y 180.000 empleos. Hacerlo ahora, y trabajando menos horas, sería como intentar que el coche corra más quitándole gasolina y poniendo el freno de mano. Pero la magia no termina ahí. Montero quiere 'bajar el precio de la vivienda por ley'. Según la eurodiputada, entre 2020 y 2022 ya lo hicieron y funcionó. Claro, se olvida convenientemente de que los precios bajaron porque el turismo murió durante la pandemia y los pisos turísticos volvieron al mercado por pura desesperación, no por el decreto antidesahucios. Pretender que el mercado inmobiliario se doble ante un decreto es como intentar bajar la fiebre de un paciente prohibiéndole que tenga calor. Muy noble en el papel, pero en la realidad, el resultado suele ser que el dueño del piso retira la vivienda y el inquilino se queda con la ilusión y el BOE bajo el brazo.
Hay un negocio redondo en Ceuta, pero no es precisamente el de las tapas. Mientras el ciudadano medio mira la factura de la luz con pánico, Save the Children se ha marcado un despliegue financiero envidiable: 32,56 millones de euros en dinero público desde 2022. Para que nos entendamos, es como si el Estado les hubiera dado una tarjeta sin límite para gastar en 'influencia', mientras la ciudad autónoma se convierte en el patio de recreo de más de 70.000 personas que entraron sin invitación. Pero lo verdaderamente fascinante no es el monto —que ya es un sablazo considerable— sino el servicio de 'consultoría' que ofrecen. Gracias a la lupa de @CanarioToday, ha salido a la luz que la ONG reparte folletos que son, básicamente, un manual de instrucciones para jugar al gato y al ratón con la ley. La estrategia es sencilla: si te conviene ser menor para quedarte en España, diles que lo eres; y si llega la hora de las pruebas médicas de edad, recuerda que tienes el 'derecho' a decir que no. Una jugada maestra de ingeniería jurídica para sortear el control administrativo. Catalina Perazzo, la directora de Influencia y Desarrollo Territorial, lo envuelve en papel de regalo hablando de la 'presunción de minoría de edad'. Muy bonito el concepto, pero en la calle se traduce como: 'si tienes dudas, no te hagas la prueba'. El desglose de la hucha pública es sangrante: 7,13 millones en 2022, un pico de 15,76 millones en 2023, 3,17 millones en 2024, 5,88 millones en 2025 y ya arrancan el 2026 con 607.754 euros. Todo esto mientras se basan en un menú de leyes y reglamentos europeos para justificar que enseñar a alguien a evitar un examen médico es, en realidad, 'garantizar derechos'. Una filantropía muy rentable.
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Adolfo Sáez