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Hay una nueva moda en X, antes Twitter, que hace que el voyerismo digital parezca un juego de niños. Unos genios del 'engagement' han decidido que la ropa es un accesorio opcional para los famosos, utilizando la IA para desvestir a celebridades masculinas y venderlo como primicia. Es la ingeniería del click: coges una foto real de paparazzi y, con un par de clics, conviertes a un actor en un modelo de gimnasio con esteroides digitales. No es arte, es un asalto a la privacidad disfrazado de 'contenido viral'. La cuenta UKViewTime ha hecho de esto su deporte nacional. El caso de Callum Turner, marido de Dua Lipa, es la definición de lo absurdo: mientras la cantante pasea por Nueva York envuelta en abrigos que aguantarían un invierno en Siberia, Turner aparece al lado, torso desnudo y músculos artificialmente inflados, como si hubiera olvidado la camisa en el hotel. En la realidad, el actor iba vestido; en la fantasía de la IA, es un anuncio de suplementos proteicos. Pero la obsesión no tiene límites. Cuentas como BiTheWay han hecho lo mismo con Noah Schnapp y Sheridan Townsley, borrando sus chaquetas para que el algoritmo escupa likes. Incluso se toman la molestia de respetar los tatuajes de Harry Styles para que el engaño sea más digerible. Y claro, no podía faltar el linaje Jolie-Pitt: desde el joven Knox hasta el propio Brad Pitt, a quien le cambiaron un elegante traje amarillo por una camiseta interior blanca y unos bíceps que parecen inflados con un compresor de aire. Es el nuevo mercado del morbo: menos periodismo y más Photoshop con esteroides para alimentar el hambre de clics de una audiencia que ya no sabe distinguir un tejido real de un píxel manipulado.
Empezamos en 1895 con el Flip Flap Railway en Nueva York, donde la 'seguridad' consistía en un cinturón mediocre y una fuerza de gravedad de 7.5g (algunos dicen 12g). Básicamente, pagabas por que te retorcieran el cuello mientras los espectadores disfrutaban del espectáculo. Un safari de lesiones vertebrales que cerró en 1902. Saltamos al presente y el guion es el mismo, pero con más presupuesto y mejores abogados. Six Flags y S&S Global están ahora en el ojo del huracán. Tres demandas por lesiones cerebrales 'catastróficas' en la X2 de Magic Mountain obligaron a cerrar la atracción el 29 de septiembre, después de que CNN destapara una lista de hospitalizaciones y muertes. Lo irónico es que Six Flags insiste en que la máquina 'pasaba todas las pruebas'. Es como decir que el coche frenaba perfecto mientras el pasajero salía volando por el parabrisas. Y no termina ahí: el 24 de octubre admitieron que pondrían cinturones en Goliath y otras coasters tras la muerte de un hombre que, sencillamente, se cayó del asiento en Six Flags Over Georgia. El problema es que en EE. UU. no hay ley federal; cada estado hace lo que quiere. Nos guiamos por el comité ASTM F24, que desde 1982 dejó que la industria entrara en una 'carrera armamentista' de hacer todo más alto, rápido y largo. La X2, lanzada en 2002, catapultaba a la gente a 60 metros a 122 km/h con asientos que giraban solos. La ciencia nos dice que el límite de 6g es insuficiente. Expertos como David Eager o Jurnan Schilder advierten sobre el 'jerk' (el tirón brusco) y la vibración. Esos micro-golpes, que la normativa ignora por durar menos de 200 milisegundos, son los que te dejan el cerebro como un huevo revuelto. Mientras políticos como André Carson o Ed Markey intentan meter orden con leyes federales, la industria prefiere el 'autoregularse', que en lenguaje cristiano significa: 'esperemos a que alguien más se caiga antes de apretar el tornillo'.
Imagínate estar tranquilamente revisando que el maíz no se te queme en el campo y, de repente, encontrarte con un regalo sorpresa de 3,3 metros de diámetro cayendo del cielo. Sin envoltorio, sin tarjeta y con el sello de calidad de la República Popular China. El 14 de octubre de 2026, a las 15:30, la Oficina del Sheriff del condado de Stevens, en Minnesota, recibió la llamada que cualquier granjero teme: había chatarra espacial en Scott Township. No era un dron extraviado ni un meteorito romántico, sino un trozo contundente de un cohete Zhuque-2E. Para los que no hablen 'ingeniería aeroespacial', esto es básicamente como si tu vecino dejara caer un mueble de IKEA desde un décimo piso justo sobre tu jardín. El cohete, fabricado por LandSpace y lanzado desde el desierto de Gobi para desplegar diez satélites, decidió que Minnesota era el lugar ideal para jubilarse. Mientras nosotros peleamos por el precio del combustible en la gasolinera, LandSpace lanza 'caballos de batalla' al espacio que, al volver, se convierten en proyectiles metálicos que ignoran las fronteras y el sentido común. La hipocresía es deliciosa: mientras China intenta montar una constelación de conectividad para darle guerra al Starlink de SpaceX, el coste colateral es que el cielo se ha convertido en un vertedero orbitante. Ya tuvimos el precedente en 2024, cuando un componente de la NASA atravesó el techo de una casa en Florida mientras una familia dormía. Hasta ahora, nadie ha muerto aplastado por un tornillo orbital, pero con la ambición comercial actual, es solo cuestión de tiempo antes de que el 'correo espacial' nos llegue directamente al salón. El Sheriff ahora coordina con agencias federales para limpiar el desastre, porque mover un trozo de metal chino de un maizal no es precisamente una tarea de bricolaje de fin de semana.
Hay gente que no ahorra para la jubilación porque el mercado inmobiliario es un delirio o porque el sueldo no llega al día 15. Pero Nate Soares, presidente del Machine Intelligence Research Institute (MIRI), ha llevado el optimismo financiero a un nivel metafísico: ha dejado de meter dinero en su cuenta de jubilación porque está convencido de que la IA nos borrará del mapa en menos de diez años. Para Soares, la probabilidad de extinción humana supera el 50%. Básicamente, considera que ahorrar para los 65 es como comprar un seguro de vida para un hombre que ya está en la guillotina. El gurú presume de tener un 401(k) de sus tiempos en Google, pero lleva una década sin aportar ni un céntimo. Mientras el resto de los mortales peleamos con la inflación y el precio del aceite, Soares juega a la ruleta rusa existencial. Lo irónico es que este 'profeta del desastre' y su jefe, Eliezer Yudkowsky, han convertido el pánico en una moneda de cambio muy rentable. Sus historias apocalípticas no solo sirven para asustar a los ingenuos, sino que les han abierto las puertas de los despachos políticos, contratos de libros y podcasts de lujo como 'The Most Interesting Thing in AI' de The Atlantic. Claro que la IA ya es peligrosa, pero no hace falta una superinteligencia para hacer daño; ya sabemos que sirve para estafar ancianos o acosar niños. Pero centrarse en el 'Armagedón digital' es el truco perfecto para ignorar que el incendio ya está en la cocina. Al final, la lógica es sencilla: si la IA nos fulmina, el saldo bancario será el menor de nuestros problemas; y si no lo hace, Nate Soares se encontrará en la vejez con el bolsillo vacío y una anécdota muy curiosa que contar en el asilo.
Shenzhen es la paradoja hecha ciudad. Imagina un sitio donde puedes encontrar robots rescatando libros de estanterías en edificios de nueve plantas, pero donde la gente sigue pegada al móvil haciendo scroll infinito en Douyin, el TikTok chino. Es el corazón de la IA y el imperio de los emprendedores, pero se empeña en jugar a ser la 'Ciudad de las Bibliotecas'. La jugada empezó hace décadas. En 2003, mientras nosotros peleábamos con el módem del teléfono, ellos lanzaron un ID único de biblioteca para cualquier ciudadano o extranjero mayor de tres años. Un pase VIP para cientos de puntos de préstamo. Para 2013, la UNESCO ya les daba la medalla de oro en promoción de la lectura. No fue casualidad; en los 80, la peña no leía novelas románticas, sino manuales de química y finanzas para escalar en el sistema. Era el 'estudio autodidacta' como combustible para el crecimiento económico. Los números son un sablazo a nuestra apatía. En 2024, un adulto medio en Shenzhen leyó 22 libros. Mientras tanto, en EE. UU., según datos de 2026, solo el 0.3% de la gente admitió leer en una biblioteca un día cualquiera de 2023. Es el contraste entre una sociedad que usa el libro como escalera y otra que lo usa como decoración de Instagram. Shenzhen tiene hoy 925 bibliotecas públicas y 322 'book bars' de 24 horas que funcionan casi solas, sumando un inventario de 68.3 millones de ítems. Lo más irónico es que, a pesar de ser la cuna de gigantes como Huawei, Tencent, DJI y BYD, los préstamos físicos subieron un 12.4% en 2024. Al parecer, incluso en la ciudad de los chips, el papel sigue teniendo un magnetismo que el PDF no puede replicar.
Mientras nosotros seguimos peleándonos con el mando a distancia o intentando descifrar por qué la factura de la luz sube sin motivo, la naturaleza nos recuerda que somos unos aficionados. Resulta que el perro del vecino, ese que no sabe ni sentarse sin que le des un premio, podría ser más eficiente que un escáner médico. Un estudio de la Universidad de Milán acaba de soltar una bomba: los perros pueden olfatear una crisis epiléptica de un completo desconocido sin haber pisado jamás una academia de entrenamiento. La mecánica fue sencilla, casi como un juego de feria. Cogieron muestras de sudor de una voluntaria de 6 años con epilepsia, comparando el sudor durante la crisis frente al de seis horas antes o después. A 30 perros, mezcla de razas puras y mestizos que no tenían ni idea de quién era la niña, les pusieron tres estaciones de olor. Para que no se aburrieran, los investigadores pusieron cuencos de comida vacíos, un truco clásico de 'cebo' para que el animal se acerque. El resultado es un sopapo a la presunción humana. 14 de los perros fueron directos a la muestra de la crisis primero, un 40% más de lo que dictaría el azar. No es que se quedaran allí analizando la muestra como si fuera un examen de química; simplemente, el olor les llamó la atención y ya está. Según el estudio publicado en Annals of the Italian National Institute of Health, existen compuestos orgánicos volátiles que actúan como un faro olfativo. Desde los 90 sabemos que se puede entrenar a un perro para detectar el Parkinson o el COVID-19, pero esto es distinto. No es estudio, es instinto. Eso sí, hay que bajarle el volumen a la euforia: solo usaron muestras de una paciente. Ahora el equipo quiere ver si el 'perfume' de la epilepsia es universal o si cada persona tiene su propia firma química. Al final, parece que la solución a diagnósticos complejos no está en un software caro, sino en cuatro patas y una nariz húmeda.
Mientras nosotros seguimos peleándonos con el mando de la tele o tardamos tres siglos en decidir qué pedir para cenar, un par de cuervos llamados Iggy y Lemmy acaban de dejarnos en ridículo. No es que tengan más tiempo libre, es que su cerebro procesa la realidad a una velocidad que haría que cualquier procesador de última generación pareciera una calculadora de bolsillo de los noventa. En un estudio de la Universidad de Tübingen, publicado en la revista Science el 22 de octubre, estos pájaros se enfrentaron a una pantalla con puntos moviéndose. La tarea era simple: decir hacia dónde iba la mayoría mientras ignoraban el ruido visual. El resultado es un golpe al ego humano: los cuervos tardaron una media de 235 milisegundos en decidir. Para que nos entendamos, es casi el doble de rápido que cualquier humano o mono haciendo lo mismo. Básicamente, mientras tú pestañeas, Iggy ya ha analizado la situación, ha tomado una decisión y está cobrando su premio en forma de gusano de la harina. Lo más irónico es que, según Andreas Nieder y Philipp Schmidbauer, no necesitan la arquitectura compleja de nuestro neocórtex para ser unos genios. Su zona del nidopallium caudolaterale dispara señales a los 70 milisegundos de ver el estímulo. Es una cuestión de supervivencia: volar entre ramas y esquivar depredadores no permite el lujo de 'reflexionar sobre ello'. Mike Colombo, de la Universidad de Otago, lo deja claro: no importa el envoltorio, sino el cableado. Al final, resulta que el cerebro de un cuervo es como una conexión de fibra óptica, mientras que el nuestro sigue funcionando con un módem de 56k cuando se trata de reflejos visuales.
Hay quien gasta miles de euros en un retiro espiritual para 'conectar con la naturaleza' y hay quien, como Víctor Ortega Jiménez, se va de viaje familiar a Atlanta y termina obsesionado con unas ondas en el agua. Mientras el turista medio se limita a hacerle una foto al ave rosa para presumir en Instagram, Ortega Jiménez, experto en biomecánica de la Universidad de California, Berkeley, vio en ese estanque un problema de ingeniería que le tomó más de cuatro años resolver. No era un baile ritual ni una crisis existencial plumífera; era una estrategia de supervivencia optimizada. Resulta que el flamenco no 'baila' por alegría, sino que ejecuta una maniobra de precisión quirúrgica. Al retraer la cabeza y zapatear el agua, el ave crea trampas de vórtices que empujan las algas directamente hacia su pico torcido. Es, básicamente, una aspiradora biológica que filtra partículas del tamaño de una sola célula, escupiendo el lodo y quedándose con el caviar vegetal. Aquí es donde la ciencia deja de ser una curiosidad de zoológico para convertirse en una herramienta contra nuestra propia torpeza ambiental. La capacidad de este 'filtro autolimpiable' natural podría ser la clave para limpiar el agua de microplásticos y los PFAS, esos químicos eternos que hemos sembrado por todo el planeta y que no se van ni con rezos. Al final, la naturaleza nos está dando la receta para limpiar nuestro desastre, y lo hace mientras parece que está en una fiesta de baile. Una ironía deliciosa: necesitamos que un pájaro rosa nos enseñe a no envenenar el grifo.
Hay viajes que hacen que un trayecto en AVE Madrid-Sevilla parezca un paseo al kiosco. La sonda Cassini se marcó semejante hazaña: siete años de camino, con los últimos cuatro meses dando vueltas a Saturno como quien busca aparcamiento en hora punta, para culminar el 26 de octubre de 2004 en el 'Flyby A'. El objetivo era Titán, esa luna que juega a ser planeta y que recibió la visita de la sonda a escasos 1.200 kilómetros de su superficie. Un roce casi íntimo para los estándares del vacío espacial. Cassini no fue a hacer turismo; llegó con el radar encendido y la cámara disparando cientos de fotos, mientras aspiraba la atmósfera exterior como quien intenta pillar el último billete de descuento en una web de viajes. Lo que encontró fue un shock visual. Mientras que las otras lunas de Saturno parecen un queso gruyère lleno de cicatrices y cráteres por los golpes recibidos, Titán lucía una piel joven, tersa y sin marcas, con unas franjas brillantes paralelas al ecuador que desafiaban la lógica. La NASA, el JPL y el Space Science Institute se encontraron con un paisaje de contrastes, donde lo que parecían nubes en infrarrojos y ultravioleta resultaron ser relieves del terreno. Todo este despliegue de espectrómetros, magnetómetros y radiometría no fue capricho técnico, sino el calentamiento previo para la sonda Huygens, que aterrizaría en enero de 2005. Básicamente, Cassini fue el explorador que marcó el terreno y revisó que no hubiera trampas antes de que Huygens se lanzara al vacío. Una logística impecable para descubrir que, allá arriba, el paisaje es mucho más complejo que el presupuesto de una oficina de administración pública.
Vivimos en la era de la pantalla omnipresente. Ya tenemos pantallas en el móvil, en la cafetera y hasta en el váter, porque aparentemente no podemos pasar tres segundos sin mirar un píxel. Ahora, los genios de la National University of Singapore (NUS) han decidido que el último refugio de la privacidad —nuestra ropa— también debe ser una interfaz. No se trata de coser un iPad a una camiseta, sino de que el tejido sea, literalmente, la pantalla. La ingeniería es, sencillamente, una locura. Han creado fibras electrónicas de 1 mm de grosor y 10 metros de largo que llevan dentro chips LED, conexiones eléctricas y una capa táctil. Para que nos entendamos: han metido más de 5.000 chips y 20.000 conexiones eléctricas en un hilo. Es como intentar meter toda la gestión de una oficina municipal en el espacio de un cordón de zapato. El resultado es una manga que funciona como una pantalla de 168 x 105 mm con una resolución de 96 x 54 píxeles. Sí, la resolución es tan baja que cualquier Nokia 3310 se reiría en su cara, pero hey, ¡está en la manga! El equipo, liderado por el profesor Tural Khudiyev, no se quedó ahí. Le añadieron micrófono, altavoz y sensores de temperatura. Básicamente, han fabricado un smartphone de 2005 que te puedes poner como camisa. Y para los escépticos que piensan que esto se rompería al primer contacto con el detergente, los investigadores aseguran que aguanta 50 lavados a máquina y 1.000 ciclos de doblado. Es decir, que tu camisa inteligente sobrevivirá a más ciclos de lavado que la paciencia de cualquiera que vea a alguien respondiendo correos electrónicos desde el antebrazo en medio de una cena.
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Rosa Muñoz