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Mientras nosotros nos peleamos por el precio del kilo de tomates, en las selvas de la provincia de Yunnan, en el suroeste de China, ha estado creciendo un bicho que hace que cualquier champiñón del súper parezca un grano de arroz. Se trata del Dianjunus rex, un hongo que no se anda con chiquitas: llega a medir 50 centímetros de alto y pesa hasta 2,2 kilogramos. Básicamente, tienes una piña amarillenta y tentacular naciendo de raíces podridas. Lo más delirante es que este 'rey' pasó desapercibido para la ciencia hasta 2024, cuando unos agricultores locales, que no tienen la manía de leer manuales de botánica antes de merendar, decidieron darle un bocado y preguntar si era comestible. Indunil Chinthani Senanayake y su equipo del Instituto Botánico de Kunming se llevaron la sorpresa de su vida al descubrir que estamos ante el cuerpo fructífero más grande jamás registrado entre los ascomicetos (los hongos en saco). Para que nos entendamos: mientras sus primos, como el hongo 'dedos de muerto', son apenas unos centímetros de nada, el D. rex es el puto amo del bosque. El análisis de ADN, publicado el 28 de septiembre en Frontiers in Fungal Biology, revela que este linaje se separó del resto justo después de que los dinosaurios pasaran a mejor vida hace 65 millones de años. En aquel apocalipsis oscuro y frío del Cretácico, donde las plantas no podían ni respirar sin luz, el D. rex y su familia aprovecharon el banquete de materia orgánica muerta para montar su imperio. Torda Varga, desde los Jardines Botánicos Reales de Kew, se queda flipando con que algo tan masivo haya estado oculto. Ahora la ciencia busca rastros de ADN ambiental para ver si hay más parientes de este rey escondidos en la maleza, esperando a que otro campesino con hambre los encuentre.
Mientras nosotros nos peleamos con el despertador porque el cambio de hora a las 2 A.M. del 1 de noviembre nos ha robado un sueño o nos ha regalado una hora de confusión, el universo sigue su agenda sin pedir permiso. La Luna, en su eterna danza de indiferencia, se ha instalado en Cáncer, rozando el Cúmulo del Colmena (M44). Intentar ver ese cúmulo a ojo desnudo hoy es como intentar encontrar una moneda de céntimo en un concierto de rock: la luz del satélite lo eclipsa todo, aunque si tienes unos prismáticos a mano, la cosa cambia. Al este, el espectáculo es más ostentoso. Júpiter y Marte están montando su propio club privado en Leo, con Júpiter haciendo de portero justo a mitad de camino entre el Planeta Rojo y Regulus, la estrella alfa del León. Para el 2 de noviembre a las 5 A.M., la escena se vuelve más apretada: la Luna se coloca a solo 1.5° del suroeste de Marte y a 6.3° del oeste-noroeste de Júpiter. Este último, con una magnitud de -2.0, brilla con la arrogancia de quien sabe que es el centro de atención, eclipsando cualquier intento de modestia estelar. Lo más curioso es la velocidad a la que se mueve el asunto. Mientras nosotros tardamos una eternidad en hacer la cola del supermercado, la Luna se desplaza 14° hacia el este en apenas 24 horas. A las 3:28 P.M. EST de hoy, alcanzó su fase de Cuarto Menguante, recordándonos que todo pasa, incluso la ilusión de haber ganado una hora de sueño con el reloj retrocediendo a la 1 A.M. Un despliegue de precisión cósmica firmado por Alison Klesman, que nos recuerda que, aunque no sepamos dónde dejamos las llaves, los planetas saben exactamente dónde estar.
Imaginen que la cura para la tristeza profunda no viene en una pastilla que te deja como un zombi, sino en un spray nasal inspirado en la baba de un sapo del desierto. Sí, han leído bien. Mientras nosotros peleamos con el cajero automático para que no nos cobre comisión, la biotecnología ha decidido que la clave del bienestar está en el 'goo' del sapo Sonoran (Incilius alvarius). La firma AtaiBeckley ha logrado sintetizar la mebufotenina (o 5-MeO-DMT) para que no tengas que perseguir anfibios tóxicos por el desierto, una noticia que celebra tanto el paciente como el sapo, que ya estaba harto de que lo ordeñaran. El estudio publicado en JAMA no es una fantasía hippie; es un negocio redondo. Probaron el spray en 193 adultos con depresión resistente al tratamiento, gente que ya había pasado por dos antidepresivos sin éxito y que seguía sintiéndose en el fondo del pozo. Los resultados son casi quirúrgicos: dosis de 8 mg y 12 mg que dinamitaron los síntomas. Mientras que el grupo de 12 mg bajó 11.1 puntos en la escala de depresión, los de 8 mg se llevaron el premio con una caída de 12.5 puntos. Lo mejor para la logística clínica es que el 'viaje' es breve. El 85% de los pacientes de la dosis media estaban listos para volver a casa en dos horas. Sin necesidad de pasar el día entero viendo colores y cuestionando la existencia del ego. La hipocresía es el condimento final. Texas, ese estado donde antes te miraban mal por respirar algo no aprobado, acaba de soltar 50 millones de dólares para investigar la ibogaína. Y mientras el gobierno federal juega a las señales con órdenes ejecutivas, Eli Lilly, el gigante farmacéutico, no se anda con rodeos y ha absorbido a AtaiBeckley por la módica suma de 2.800 millones de dólares. Al final, el misticismo es rentable si se empaqueta en un spray y se vende con sello clínico.
Mientras nosotros seguimos mirando la fiesta de la Inteligencia Artificial con los ojos cerrados y la cartera abierta, en China ya han empezado a recoger los cristales rotos. El globo no ha explotado con un ruido espectacular; más bien se ha desinflado como un colchón viejo en mitad de agosto. En apenas cuatro meses, el índice STAR50 de empresas de IA y semiconductores se ha pegado un castañazo del 40%, evaporando 480.000 millones de dólares. Para que nos entendamos: es como si de repente desapareciera el presupuesto de medio mundo en un parpadeo de pestañas. La euforia se convirtió en una 'locura alcista' según Dong Baozhen, un gestor de fondos de Pekín que ahora ve el desastre desde la barrera. Unitree, la joya de la robótica que llegó con bombos y platillos en agosto, ha visto sus acciones cortadas por la mitad. CXMT, el fabricante de chips, ha perdido más de una cuarta parte de su valor en un solo mes. Es el clásico cuento de 'comprar caro y vender barato'. Eso sí, en el casino chino siempre hay alguien dispuesto a doblar la apuesta. DeepSeek ha logrado rascar 15.000 millones de dólares en una ronda de financiación histórica, y Huawei se ha marcado un préstamo de 2.300 millones para seguir comprando chips. Pero ojo, que aquí entra el factor geopolítico: EE. UU. ha puesto el congelador a tope con aranceles y amenazas de bloqueo a empresas como Zhongji Innolight. No es solo que el mercado sea arrogante, es que les han cerrado la puerta de la salida. Goldman Sachs apunta que la IA representa el 42% de la capitalización bursátil china. Una cifra obscena que recuerda peligrosamente a Occidente, donde Anthropic presume de unas pérdidas de 80.000 millones de dólares mientras planea gastar un billón más en centros de datos. Al final, la realidad es la misma en Pekín que en Nueva York: estamos quemando montañas de dinero en una tecnología que, de momento, no sabe cómo devolver el cambio.
Mientras nosotros peleamos con el router del salón para que el Wi-Fi llegue a la cocina, la NASA y un puñado de empresas con presupuestos que harían temblar a cualquier Hacienda han decidido que la Luna necesita un cerebro. El rover FLIP, de la firma Astrolab, se prepara para aterrizar en el polo sur lunar como parte de la misión Griffin-1. No va solo a pasear por el polvo; lleva a cuestas el Spaceborne Computer-4 de Hewlett Packard Enterprise (HPE), un módulo que es básicamente el sueño de cualquier 'gamer' pero diseñado para no derretirse ni congelarse en el vacío. Jaret Matthews, el CEO de Astrolab, presume de enviar la primera GPU y experimentos de IA a la superficie lunar. El aparato es un prodigio de la compactación: sin ventiladores, con una CPU de 64 bits y discos sólidos de KIOXIA para que los datos no se borren al primer estornudo cósmico. La meta es sobrevivir un año entero, incluyendo noches lunares de 150 horas de oscuridad total. Es como dejar el portátil encendido en el congelador del supermercado durante una semana y esperar que siga procesando mapas. Lo más curioso es que el software de localización viene reciclado del Jet Propulsion Laboratory (JPL) y ya ha estado en Marte. Como en la Luna no hay Google Maps ni GPS, el bicho usará aprendizaje automático para comparar el terreno con un mapa interno y evitar caerse en un cráter, un proceso que nosotros llamamos 'mirar por dónde caminas'. Todo esto viaja en el lander Griffin, de Astrobotic, junto a un CubeRover y la Nanofiche GLPH, un archivo con la historia de la humanidad. Porque claro, si los extraterrestres encuentran el rover, lo primero que querrán leer es nuestra Wikipedia mientras el superordenador de HPE analiza el terreno.
El Observatorio Griffith es la joya de la corona de Los Ángeles, ese sitio donde los turistas miran las estrellas y se sienten pequeños. Pero si rascamos un poco la pintura, el monumento no es un acto de amor a la ciencia, sino el intento más caro de 'lavado de imagen' de la historia californiana. Griffith J. Griffith no era un filántropo; era un ególatra con sombrero de copa, bastón de oro y un título de 'Coronel' que se inventó para sonar importante mientras jugaba al magnate inmobiliario. La historia es un manual de hipocresía. Griffith se casó con Christina 'Tina' Mesmer en 1887, pero no por amor, sino por el 'Briswalter tract', unas tierras que hoy valdrían unos 35 millones de dólares. Básicamente, el tipo hizo un negocio inmobiliario con el anillo de compromiso. Pero el cuento se torció. Entre el alcoholismo secreto y una paranoia digna de thriller, Griffith terminó disparándole a su mujer a quemarropa en el Hotel Arcadia en 1903. A Tina le faltó un decimoseisavo de pulgada para que la bala le reventara el cerebro; sobrevivió, pero perdió un ojo y ganó una historia de terror. ¿Y cómo se limpia uno el currículum después de intentar asesinar a su esposa? Fácil: regalando tierra. Primero donó 3,000 acres para el Griffith Park en 1896 (un movimiento maestro para esquivar impuestos, porque la tierra ya no servía ni para plantar tomates) y luego, al salir de San Quentin en 1906, propuso el observatorio como un 'regalo navideño' para la ciudad. La ciudad, que no era tonta, le cerró la puerta en la cara por falta de decencia. Griffith murió en 1919 con el hígado destrozado, dejando el dinero en su testamento. Al final, el hijo, Vandell Griffith, terminó la obra en 1935. Un telescopio mundialmente famoso financiado por el remordimiento (o la conveniencia) de un criminal.
Nos han vendido que el espacio es el silencio eterno y la paz absoluta, pero resulta que el sistema solar exterior es, en realidad, un grupo de WhatsApp a punto de explotar. Hasta ahora, la narrativa oficial nos decía que Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno seguirían ahí fuera, haciendo el vago y manteniendo las formas durante cientos de miles de millones de años. Una jubilación tranquila, básicamente. Pero llega una nueva simulación publicada el 21 de septiembre en The Astrophysical Journal Letters y nos suelta el sablazo: el plan de pensiones estelar ha quebrado. La jugada es sencilla y brutal. Cuando el Sol se quede sin combustible —porque hasta la estrella más brillante tiene un límite de crédito— y se transforme en una gigante roja, el equilibrio se irá al traste. No habrá tiempo para negociar. En un plazo de tres mil millones de años, las órbitas de estos gigantes se volverán tan erráticas como un conductor ebrio en noche de fiesta. El resultado es un choque frontal masivo; los planetas empezarán a cruzarse el camino y a aniquilarse entre sí en una carnicería cósmica. Es fascinante cómo la ciencia pasa de 'estarán tranquilos e intactos' a 'se van a despedazar' con la misma naturalidad con la que nos suben el alquiler. Este caos no solo limpia el vecindario, sino que redefine lo que sabemos sobre los exoplanetas que orbitan otras estrellas. Al final, Júpiter y compañía no se irán con elegancia, sino que se darán un golpe seco, demostrando que en el universo, como en la vida, cuando el jefe (el Sol) deja de pagar la nómina, los subordinados empiezan a pelearse por las migajas hasta destruirse.
Nos han vendido la Antigua Roma como un catálogo de bustos de mármol blanco, silenciosos y solemnes, pero la realidad es que aquello era un hervidero de ruido, grafitis en las paredes y recetas de huevos cocidos con salsa de piñones que harían llorar a cualquier foodie moderno. El problema es que, mientras podemos recrear la 'Pear Patina' del postre o pasear virtualmente por las termas del Emperador Adriano gracias al manga Thermae Romae, el sonido se nos escapó por el desagüe de la historia. Durante décadas, Hollywood nos ha timado. Nos hicieron creer que los romanos sonaban como Kirk Douglas en 'Spartacus' o como Lawrence Olivier haciendo de Crasso. Incluso HBO, con su serie 'Rome', decidió que lo más lógico era que el Imperio Romano hablara con un acento británico impecable, como si el Coliseo estuviera en los suburbios de Londres. Una fantasía elegante, pero linguisticamente vacía. Aquí entra Josh Rudder, el animador de NativLang, que ha decidido jugar a ser Sherlock Holmes de la fonética. Lejos de basarse en películas eróticas como 'Sebastiane' —la única cinta rodada íntegramente en sermo vulgaris—, Rudder ha preferido tirar de fuentes serias. Se ha sumergido en los textos del retórico Quintiliano y en la métrica poética de Virgilio, rastreando el ADN de las lenguas romances y los ecos de las tribus germánicas que comerciaban y se daban golpes con las legiones. El resultado no es un manual aburrido de pronunciación para estudiantes que sufren con el latín en el instituto, sino una crónica detectivesca. Es el intento de rescatar una voz que quedó enterrada bajo capas de polvo y pretensiones académicas, demostrando que el latín no era una lengua muerta y rígida, sino el ruido cotidiano de una ciudad que no sabía callar.
Imagínate que tu vecino decide montar un taller de tuning en el jardín y, de repente, pide permiso para que cien coches entren y salgan de su garaje cada día, a cualquier hora. Pues bien, Elon Musk ha decidido que Texas es su patio de recreo personal. SpaceX ha solicitado a la FAA pasar de sus actuales 25 lanzamientos anuales a la delirante cifra de 456 desde Starbase. No es un capricho; es que el hombre más rico del mundo tiene hambre de cielo y quiere llenar la órbita de trastos. Para que nos entendamos, estamos hablando de un bicho de 122 metros de altura que ya ha volado 14 veces. En su última escapada del 28 de septiembre, el Starship no solo llegó a órbita, sino que soltó 26 satélites Starlink V3. Pero eso es calderilla. Musk quiere montar la constelación Starmind AI con un millón de satélites. Un millón. Para lograr esa locura, SpaceX planea que para 2030 haya más de 10.000 despegues al año. Mientras nosotros peleamos con la factura de la luz, ellos proyectan un complejo de 12 plataformas en Louisiana que costará 100.000 millones de dólares. La logística es casi surrealista: el plan se divide en dos fases. La primera, hasta 100 lanzamientos y 200 aterrizajes anuales, sin horario fijo, como si fuera un Uber espacial. La segunda fase escala a los 456 despegues y 912 aterrizajes, restringidos de lunes a viernes. La FAA, que ahora mismo está procesando el impacto ambiental, ha convocado reuniones públicas el 17, 18 y 19 de noviembre en Texas Southmost College y el Port Isabel Event & Cultural Center. Básicamente, le preguntan a los vecinos si les importa que el cielo se convierta en una cinta transportadora de acero inoxidable.
Imagínate pagar el alquiler de un piso compartido, pero en lugar de vecinos ruidosos y humedades, tienes el océano presionándote las costillas a 7 metros de profundidad. Así es el Jules' Undersea Lab, una especie de 'estación espacial' sumergida en Key Largo, Florida, que en los setenta se llamaba 'La Chalupa'. Sí, el nombre suena más a puesto de tacos que a vanguardia científica, pero es el sitio donde la Dra. Michaela Musilova y su equipo SEA STAR se encerraron cinco días para jugar a que estaban en Marte sin gastarse los miles de millones que cuesta un billete a la Luna. La logística es un ejercicio de minimalismo forzado. El espacio es básicamente una barcaza de 6 por 18 metros que se inunda para hundirse. Por dentro, el lujo es relativo: una cocina-comedor, un baño básico y un dormitorio con literas que puedes separar si no soportas la cara de tu compañero. Para entrar y salir usan el 'moon pool', un agujero en el suelo que es, básicamente, la puerta de calle más húmeda del mundo. Mientras nosotros nos peleamos con la factura de la luz, ellos dependían de cables umbilicales suministrados originalmente por la NASA para no asfixiarse. El ritmo de trabajo imitaba la Estación Espacial Internacional (ISS), con tests cognitivos y tareas domésticas, pero con un giro: la presión era el doble que a nivel del mar. Esto convertía cualquier movimiento en un entrenamiento físico agotador, eliminando la necesidad de ir al gimnasio. El único consuelo real fue una olla lenta para hacer guisos y avena; porque, al final, ya sea en Marte, en Florida o en un sótano de Usera, la moral humana depende enteramente de si la comida está caliente. Un experimento fascinante que demuestra que para sentirnos alienígenas basta con quitarse el WiFi y dejarse rodear de agua verde.
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Rosa Muñoz