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En el tablero del poder, hay quien juega al ajedrez y quien prefiere borrar los pasos con un temporizador de WhatsApp. Resulta fascinante que, mientras el ciudadano medio se pelea con la administración por una multa de tráfico, en las altas esferas de la Fiscalía General del Estado se manejan 'borradores teóricos' que parecen más un manual de instrucciones para aniquilar al adversario que un análisis jurídico. Diego Villafañe, la mano derecha de Álvaro García Ortiz, decidió que la querella de Hazte Oír contra Leire Díez —la supuesta 'fontanera' del PSOE— no era solo infundada, sino 'temeraria'. Y no se quedó en la crítica elegante; el 20 de junio del año pasado, Villafañe envió a Badajoz un archivo cuyo nombre no dejaba lugar a dudas: 'querella temeraria Hazte Oír Badajoz'. Básicamente, le sugirió al Ministerio Público que, en lugar de mirar los indicios de las 'cloacas', le metieran un sablazo económico a la asociación por atrevida. Lo más cómico de esta tragicomedia es la danza de los fiscales. José Luis Alonso Tejuca, el jefe de Badajoz, dice que todo fue un 'debate sobre competencia', pero el papel aguanta todo, y el papel dice que la Fiscalía General quería sancionar a quien denunciaba que Leire Díez ofrecía 'dádivas' a funcionarios para desprestigiar a la UCO. Al final, el fiscal Diego Yebra ignoró la petición de la sanción, pero mantuvo la línea de que no había delito. Para rematar la jugada, cuando el juez Santiago Pedraz pidió las pruebas, apareció la magia tecnológica: los mensajes de Villafañe desaparecen cada 24 horas. Una conveniencia digital digna de una película de espías, mientras en la agenda de Díez figuraba el plan maestro: 'Paso 1: destruir procedimiento'. Así se gestiona el jardín del Estado: con borradores agresivos y chats que se evaporan como el presupuesto público.
Gestionar el traslado de miles de personas con un puñado de agentes es como intentar frenar un tsunami con un paraguas roto. Así empezó la jornada en Ceuta a las 6:30 horas, cuando la Guardia Civil intentó agrupar a los migrantes del Trampolín. El resultado fue una carrera desenfrenada hacia la playa de Benítez y luego hacia la zona industrial, una marea humana que dejó en evidencia la aritmética creativa del Ministerio del Interior. Mientras el ciudadano medio se pelea por un hueco en el parking del súper un sábado por la mañana, aquí el caos era estructural. El Ministerio, bajo el mando de Fernando Grande-Marlaska, juega al bingo con los efectivos. Las fuentes sobre el terreno hablan de 70 policías de las Unidades de Intervención Policial intentando contener el desbordamiento. Pero claro, en el despacho oficial la cifra sube mágicamente a 170, porque el Gobierno ha decidido que un dron cuenta como un agente. Es una ingeniería contable fascinante: sumar aparatos voladores para maquillar la falta de botas en el suelo. La tensión escaló con cargas policiales antes de que el acceso al Muelle de Poniente se ordenara a las 9:30 horas, donde la bienvenida consistió en una pulsera azul, agua y zumos, mientras los operarios seguían montando las literas en tiempo real. Una improvisación de manual. El sindicato Jupol no se ha callado, denunciando que los agentes han tenido que 'poner el cuerpo' para parchear la falta de planificación. Al final, el guion es siempre el mismo: el Gobierno decide el 'qué' y el 'cuándo', pero el 'cómo' se lo dejan a la suerte y a la integridad física de unos policías que se sienten carne de cañón en un operativo diseñado sobre una servilleta.
El pánico tiene un ritmo muy previsible: primero llega la noticia, luego el miedo y al final el comunicado oficial diciendo que 'está todo bajo control'. En Ceuta, el guion se ha repetido con un menor marroquí de 13 años, residente en un centro de acogida, que ha dado el primer positivo de mpox. El chaval llegó a la ciudad autónoma a finales de julio y, tras el sello de confirmación del Instituto de Salud Carlos III, se ha activado el protocolo de aislamiento. Básicamente, el menor está ahora mismo en una especie de 'estancia VIP' sanitaria dentro de su propio recinto, lejos de los abrazos y las sábanas compartidas. Lo irónico es que mientras el Ministerio de Sanidad y la RENAVE nos venden una maquinaria de vigilancia suiza, la realidad en el terreno es que los sistemas sanitarios están tan saturados que han convocado huelgas, dejando que organizaciones como Médicos del Mundo hagan el trabajo sucio y noble de parchear los agujeros del sistema. Es el clásico contraste español: protocolos de vanguardia en el papel, pero personal sanitario que no llega a fin de mes ni a fin de turno. Para los que ya están buscando el búnker, Francisco Javier Membrillo (SEIMC) y Margarita del Val (CSIC) intentan bajar las pulsaciones. Nos explican que esto no es el COVID ni la viruela antigua; es una patología 'razonablemente benigna' que se contagia por contacto piel con piel o fluidos, no por el aire como si fuera un hechizo. El virus es honesto: no contagia hasta que aparecen los síntomas (fiebre, ganglios inflamados y esas pústulas que parecen sacadas de una película de terror). Amos García, de la OMS, confirma que la letalidad es baja. En resumen: tenemos un caso aislado en un sistema sanitario que hace aguas, pero una medicina que sabe exactamente qué hacer con el virus.
Hay peleas familiares que se heredan y rencores políticos que envejecen peor que la leche abierta en agosto. Lo que empezó como un análisis sobre la gestión de la crisis migratoria en Ceuta ha terminado convirtiéndose en un patio de colegio con ministros de por medio. Eduardo Madina, que ahora hace de tertuliano profesional, soltó en 'Hora 25' que la actuación del Gobierno es un 'brutal hundimiento' y que no hay ni un solo paso que se entienda. Básicamente, dice que el Ejecutivo ha gestionado la crisis como quien intenta apagar un incendio con un vaso de agua y mucha confusión. Pero claro, en el manual de respuestas del PSOE actual, cuando no tienes argumentos para defender la gestión, sacas la artillería del ego. Óscar Puente, ministro de Transportes, decidió que era el momento ideal para recordar que en las primarias de 2014 Pedro Sánchez le dio a Madina un 'baño' monumental. En lugar de explicar por qué Ceuta es un caos, Puente se fue a X (la red social que ahora es el confesionario de los políticos) para soltar que el rencor es un veneno y que Madina está 'para lo que ha quedado'. Es fascinante. Tenemos una crisis humanitaria y administrativa en una ciudad autónoma, pero el ministro prefiere hacer un balance de daños de hace diez años. Mientras Madina intenta salvar los muebles desvinculando sus críticas del PSOE y apuntando al Gobierno de coalición, Puente prefiere el camino corto: el ataque personal. Es la clásica maniobra de quien, al verse acorralado por los datos, decide que es más rentable hablar de quién ganó una elección interna que de cuánta gente está cruzando la frontera sin un plan coherente. Una gestión de Estado convertida en un ajuste de cuentas de bar.
Marruecos ha decidido montar un espectáculo de luces, sirenas y botas lustradas en la frontera con Ceuta. Este jueves, el reino alauita activó un despliegue de fuerzas que parece más una coreografía ensayada para Instagram que una respuesta a una amenaza real. Hubo cierres temporales en Bab Sebta —apenas media hora, lo que tarda uno en hacer una cola decente en el supermercado— y ejercicios coordinados que los medios locales se encargaron de grabar en alta definición. ¿El motivo? Unos rumores en redes sociales que apuntaban al 20 de septiembre como la fecha para un nuevo intento de entrada en masa. Lo curioso es que, mientras los drones y helicópteros de la Guardia Civil sobrevolaban la zona sin ver ni un alma sospechosa, Marruecos decidió que era el momento perfecto para demostrar que saben cerrar una puerta. Es la clásica maniobra de quien quiere lucirse antes de que lleguen las elecciones marroquíes el día 23: un despliegue de músculo preventivo para decir que tienen el control, aunque en los montes no hubiera ni un gato. Este teatro ocurre mientras, por la puerta del Tarajal, se registran más retornos voluntarios de aquellos que cruzaron en la avalancha de finales de julio. Es un ciclo fascinante: primero se permite la presión, luego se presume de control y finalmente se gestiona la vuelta a casa. El dispositivo recuerda al del 15 de agosto, pero con una diferencia fundamental: esta vez el objetivo no era detener a nadie, sino enviar un mensaje político envuelto en uniforme. Al final, la valla sigue ahí, los rumores flotan en el aire y el tablero geopolítico sigue jugando al gato y al ratón con la desesperación ajena.
La 'normalidad' en Ceuta tiene un precio muy curioso: petardos, porras y una aritmética que no cuadra ni en el peor de los presupuestos domésticos. El operativo arrancó a las 6:30, moviendo a la gente desde las playas del Trampolín y Benítez hacia el puerto, en un despliegue que recordó más a una evacuación de emergencia que a un trámite administrativo. El problema es que el Gobierno ha jugado a las sillas musicales con seres humanos: hay 1.700 plazas habilitadas para una marea de entre 3.000 y 4.000 personas. Es como intentar meter a toda una familia extendida en un coche compacto; alguien se queda fuera y el ambiente se calienta. La tensión estalló pasadas las 7:20. Cuando la incertidumbre sobre el espacio disponible golpeó, el pánico se apoderó de la fila y la Policía Nacional tuvo que sacar los antidisturbios y los petardos para frenar las carreras. Solo después de que la Audiencia Nacional diera el visto bueno, pasadas las 8:00, el traslado recuperó un ritmo pausado, casi coreografiado, en grupos de 150 a 200 personas recorriendo dos kilómetros. Mientras 423 personas ya lucen sus pulseras identificatorias en el puerto, el contraste es brutal. Venimos de la 'ciudad ambulante' del Tarajal, un zoco a cielo abierto donde se vende desde peines y colonias hasta sustancias que llegan del barrio del Príncipe o Hadu. Historias como la de Samir, que regresó a nado entre cadáveres en julio para terminar comprando una jaima, resumen la surrealista gestión de la frontera. Al final, el objetivo es 'descongestionar' la playa para que los vecinos recuperen su paz, aunque sea a base de triajes apresurados y una falta de plazas que convierte la esperanza en una carrera de obstáculos.
Hay una coreografía muy precisa en la política actual: primero ignoras el incendio mientras te bronceas en La Mareta y luego apareces con el despliegue de un desembarco militar para decir que sientes el 'dolor'. Pedro Sánchez aterrizó en Huelva el 17 de septiembre, un mes después de que el fuego de Niebla, declarado el 6 de agosto, dejara un agujero de 33.000 hectáreas calcinadas en 11 municipios. Para el presidente, el clima es una 'emergencia'; para el vecino de Bonares, la emergencia fue no poder comerse un plato de carne a la brasa en el Bar Adelin. El montaje fue de manual. Mientras el mandatario se sentaba a mesa cerrada con la cúpula del PSOE local, la seguridad de Moncloa blindó el local como si estuvieran custodiando el Santo Grial. Diez vehículos oficiales y un muro de escoltas convirtieron la avenida Nuestra Señora del Rocío en una zona restringida. Lo más cínico es que el bloqueo empezó antes de que el coche presidencial arrancara: quien intentaba reservar mesa entre las 13:45 y las 14:30 recibía un 'no' rotundo, sin explicaciones, como si el establecimiento hubiera decidido cerrar por duelo nacional o fuera lunes. Sánchez, que ya estuvo en la zona el 6 de marzo por la tragedia de Adamuz (donde murieron 46 personas), decidió que la mejor forma de conectar con el 'sufrimiento' era comer a puerta cerrada antes de ir a Niebla. Acompañado por Sara Aagesen y Pedro Fernández, el presidente saltó del fuego a la inversión, vinculando las cenizas con la planta de hidrógeno verde de Onuba. Una transición narrativa brillante: pasar del dolor de los desalojados a la 'esperanza' del empleo industrial en un solo párrafo, mientras el ciudadano de a pie se quedaba fuera del bar mirando cómo pasaba la comitiva.
Hay una forma muy elegante de decir 'me da igual lo que pase en la frontera' y es seguir soltando billetes para un proyecto que parece sacado de una novela de ciencia ficción optimista. Mientras la Audiencia Nacional intenta descifrar el caos de las entradas masivas en Ceuta los días 30 y 31 de julio, en Moncloa el calendario marca una prioridad distinta: analizar piedras. Sí, piedras. El pasado 3 de septiembre, SECEGSA —esa joya adscrita al ministerio de Óscar Puente— aprobó un contrato de 132.200 euros (que con el IVA sube a 159.962 euros) para que la Universidad de Salamanca juegue a ser geóloga durante ocho meses. El objetivo es estudiar si las 'esmectitas' (unas arcillas que se hinchan como el ego de un político en campaña) pondrán problemas a la tuneladora. Lo fascinante no es el gasto puntual, sino la escala del 'sablazo' presupuestario. Hemos pasado de unos modestos 50.000 euros anuales a una lluvia de más de 9,61 millones desde 2022, justo cuando Pedro Sánchez decidió que el Sáhara Occidental era un tema secundario frente a la amistad con Rabat. Solo en 2026, el general José Luis Goberna Caride ha gestionado otros 1,73 millones para mantener la maquinaria aceitada. Todo esto mientras el coste final de la parte española se estima en unos delirantes 8.500 millones de euros. La hoja de ruta es un ejercicio de fe: una galería de reconocimiento, trenes de alta velocidad que conecten África con Europa y una terminal en Vejer de la Frontera para el año 2035 o 2040. Es el clásico movimiento de magia gubernamental: mientras el ciudadano se pregunta cómo se gestiona una crisis migratoria en tiempo real, el Estado prefiere invertir en un sueño de hormigón y acero que, si todo sale bien, nos permitirá llegar a Marruecos en tren antes de que termine la década de los 30.
La gestión de fronteras en Ceuta suele ser un ejercicio de equilibrismo entre el caos y la improvisación, pero esta vez el imprevisto no ha venido en forma de valla, sino de virus. Un menor marroquí de 13 años, que se coló en la ciudad durante las entradas masivas de los días 30 y 31 de julio, ha dado el positivo en mpox. Es el primer caso confirmado en la plaza, un debut sanitario que nadie pidió y que llega justo cuando la ciudad intenta digerir la contingencia migratoria. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y ve cómo el ticket del supermercado parece una broma de mal gusto, el sistema sanitario se pone en modo alerta. El Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) ha sido el encargado de poner el sello oficial al diagnóstico, confirmando que los síntomas detectados no eran una simple irritación, sino la viruela del mono. El chaval ahora aguarda en aislamiento en uno de los centros de acogida, bajo la tutela del Gobierno autonómico, que ha pasado de gestionar camas y mantas a gestionar protocolos de bioseguridad. La coreografía es la de siempre: síntomas compatibles, envío de muestras al organismo estatal y, finalmente, el anuncio oficial. El virus, que se mueve por contacto estrecho y deja un rastro de ganglios inflamados, fatiga y ampollas que parecen sacadas de una película de terror cutáneo, ha encontrado en la saturación de los centros de acogida el escenario ideal. Las autoridades aseguran que todo está bajo control y que se han tomado medidas para evitar que el brote se convierta en una fiesta no deseada. Al final, la realidad nos recuerda que los virus no llevan pasaporte ni respetan las vallas fronterizas; simplemente aprovechan el desorden.
Hay una coreografía muy ensayada en la política actual: el discurso del feminismo institucional, ese que se vende en packs de conveniencia y se luce en los congresos. Pero cuando el telón cae y llegamos al Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, la puesta en escena se vuelve surrealista. Manuel Ángel Garrido, concejal del PSOE, decidió que la mejor forma de fiscalizar la gestión de Saray González no era analizando presupuestos o planes urbanísticos, sino auditando su útero y su vida sentimental. Garrido, en un despliegue de audacia que haría palidecer a cualquier inquisidor, sugirió que la maternidad de González es incompatible con el cargo público. Según su lógica, quien tiene un recién nacido tiene la cabeza 'en el niño, no en el Ayuntamiento'. Es el típico razonamiento de quien cree que ser madre es como pedir una baja indefinida de la inteligencia. Para rematar el cuadro, soltó que existe una 'erótica del poder', insinuando que ampliar la familia es un capricho vinculado a la posición política, mientras mencionaba a su pareja, Borja Pérez Sicilia, alcalde de Breña Baja. Es como si, para criticar una carretera mal asfaltada, decidieras analizar la marca de los pañales del concejal. Lo más delirante es el contraste. Mientras el PSOE predica la conciliación como si fuera el Santo Grial, Garrido invita a la concejala a dejar su puesto si quiere ser madre. Una invitación que choca con la realidad: Saray González no ha faltado a un solo pleno municipal durante su baja por maternidad. El dato es un bofetón de realidad frente a la suposición machista. Y mientras ocurría este linchamiento verbal, las risas cómplices de otras concejalas de la izquierda confirmaban que la sororidad tiene un precio: el color del carné del partido. Si eres de los nuestros, eres empoderada; si eres del PP, eres una madre que estorba.
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Alex Carmona