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Bienvenidos al siglo XIX, cortesía de la Universidad de Chicago. En un giro digno de una comedia de costumbres, la facultad de Derecho ha decidido que la mejor forma de combatir la inteligencia artificial es volver al papel y al bolígrafo. El jueves pasado, la institución sentenció que los estudiantes de primer año deben dejar sus teléfonos, tabletas y laptops en el perchero antes de entrar a clase. Una medida drástica para un currículum que ahora aspira a ser 'resiliente a la IA', que en lenguaje de calle significa: 'estamos hartos de que el chatbot haga los deberes'. Mientras nosotros peleamos con la inflación y el precio del alquiler, los futuros abogados de Chicago regresan a la era del cuaderno espiral. La universidad no ha admitido el pánico al fraude explícitamente, pero el contexto grita que la alfabetización y el cálculo están en caída libre. Para evitar que los alumnos se conviertan en simples operadores de 'copiar y pegar', los exámenes volverán a ser presenciales, sin internet y con la presión de discusiones orales frente al profesor. Es el regreso del interrogatorio clásico, donde no hay botón de 'regenerar respuesta'. No es un caso aislado; es una reacción al caos. Mientras en Brown University un profesor destapó una red de trampas con IA que dejó boquiabierta a la Ivy League, y Princeton tuvo que dinamitar su centenario Código de Honor para vigilar a los alumnos como si estuvieran en una prisión de máxima seguridad, Chicago Law intenta un equilibrio hipócrita. El profesor Mark Templeton y William Hubbard aseguran que no odian la tecnología, sino que quieren que sea un 'compañero de estudio' y no un atajo. Es como decir que puedes usar el coche para ir al gimnasio, pero no para que el coche levante las pesas por ti. Todo esto ocurre mientras los abogados reales ya están haciendo el ridículo en los tribunales, presentando demandas con leyes inventadas por una IA alucinante.
Resulta que el universo tiene un diente dulce. Mientras nosotros peleamos con la inflación y miramos la etiqueta de los ultraprocesados para no morir en el intento, a 27.000 años luz de aquí, en una nube molecular llamada G+0.693-0.027, flota la eritrulosa. Sí, ese compuesto de cuatro carbonos que hoy encuentras en las cremas autobronceadoras o en las frambuesas, pero que allá arriba es la pieza maestra de un puzzle cósmico. Un equipo de astrobiólogos, usando los telescopios del Instituto de Radioastronomía en el Rango Milimétrico (IRAM) en Grenoble, detectó 12 líneas espectrales que no dejan lugar a dudas: hay azúcar en el centro de la Vía Láctea. Y no es una pizca; hay al menos ocho veces más eritrulosa que azúcares de tres carbonos. Para que nos entendamos, es como descubrir que en la despensa del vacío estelar hay un banquete mientras nosotros creíamos que solo había piedras y gas frío. La jugada maestra llega con la ingeniería financiera de la naturaleza. Según Izaskun Jiménez-Serra del Centro de Astrobiología (CAB) y Carlos Briones, este hallazgo dinamita la idea de que las moléculas crecen solo añadiendo carbonos uno a uno. Resulta que la eritrulosa se cocina en partículas de hielo interestelar. Lo más delirante es la cifra: calculan que entre 0,5 y 55 millones de toneladas de este azúcar pudieron aterrizar en la Tierra hace 3.800 a 4.100 millones de años, durante el Late Heavy Bombardment. Básicamente, la vida en la Tierra no empezó con un esfuerzo propio, sino con un 'delivery' masivo de azúcar espacial que nos dio el empujón metabólico necesario para existir. Un sablazo de glucosa cósmica que terminó diseñando nuestro ADN y ARN.
En la diplomacia, como en el mercado de segunda mano, hay piezas que pierden todo su valor antes de salir de la caja. Según los agentes del CNI, Pedro Sánchez ha pasado de ser el interlocutor estrella a ser un activo 'amortizado'. Básicamente, Marruecos ya le ha exprimido hasta la última gota, como quien deja un limón seco tras sacarle todo el zumo. El gran sablazo ocurrió con el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sahara; una cesión que, vista desde la calle, parece más un regalo de Navidad que una estrategia de Estado. La dinámica es cruel: mientras Moncloa presumía el 20 de julio de su visita a Argelia para 'reforzar el diálogo' y anunciar la VIII Reunión de Alto Nivel (RAN) para otoño, Rabat respondía con la moneda de siempre. Diez días después, la frontera del Tarajal en Ceuta se convirtió en una válvula abierta. La Gendarmería marroquí, en un despliegue de desidia casi coreografiada, dejó que una avalancha de inmigrantes entrara por tierra y a nado. No es una crisis migratoria, es un mensaje en WhatsApp enviado con personas: 'Aquí mando yo'. Lo más irónico es que España ya ni siquiera es el jefe de su propio patio. La colaboración de Marruecos con Estados Unidos en el estrecho de Gibraltar ha dejado a Madrid como el invitado que llega tarde a la cena y descubre que no hay sitio en la mesa. El CNI advierte que el Gobierno es ahora un 'juguete'. Mientras tanto, el Congreso avanza en septiembre hacia el Senado con la ley de nacionalidad para los nacidos en el Sahara Occidental, un movimiento que probablemente Rabat reciba con la misma sonrisa gélida con la que dejan caer la frontera de Ceuta. Al final, el tablero geopolítico es como una cuenta corriente: Sánchez ha estado sacando créditos y ahora Rabat ha venido a cobrar los intereses.
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Alex Carmona