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Imaginen que su mayor preocupación al vivir en un piso 12 es que el vecino de arriba tenga una gotera o que el ascensor se quede colgado. Para un hombre de 30 años en la ciudad de Huanggang, provincia de Hubei, el lunes por la noche el destino decidió que su salón se convirtiera en una aspiradora industrial. No fue una corriente de aire cualquiera; fue un tornado con vientos de 93 millas por hora, una cifra que en la escala Beaufort suena a apocalipsis y que, en la práctica, significa que tu sofá y tus armarios deciden emigrar voluntariamente fuera de la casa. El sujeto fue succionado literalmente desde su apartamento en el piso 12. Sí, el viento tuvo la potencia de un camión de mudanzas poseído por un demonio. Mientras el pobre hombre aterrizaba en la unidad de cuidados intensivos —siendo el único superviviente de su propio vuelo involuntario—, la ciudad de Huanggang se convertía en un juego de Tetris macabro donde los camiones se desplazaban 100 pies por el aire como si fueran cajas de zapatos. La tragedia no fue un incidente aislado. El balance es el típico desastre que las instituciones maquillan con cifras: 11 muertos y más de 331 heridos. Para colmo, 4.800 hogares en Hubei quedaron reducidos a escombros. Lo irónico es que en China los tornados están 'de dieta' y han disminuido en las últimas décadas; el último susto en Hubei fue en mayo de 2021. Pero el supertifón Maysak, que aterrizó el viernes pasado obligando a evacuar a miles, decidió que la calma era aburrida y dejó este regalo catastrófico. Al final, vivir en altura no te salva de que la naturaleza decida que hoy te toca salir a volar sin paracaídas.
Imaginen que intentan contar cuánta gente hay en una discoteca a las tres de la mañana, pero la mitad de los asistentes son invisibles y no tocan a nadie. Eso es, básicamente, el drama de la materia oscura: una sustancia que pesa cinco veces más que todo lo que sí vemos, pero que se niega a salir en la foto porque no interactúa con la luz. Es el invitado perfecto para una fiesta de invisibilidad cósmica. Hasta ahora, solo sabíamos que estaba ahí porque las estrellas en los bordes de las galaxias giran a velocidades absurdas, como si alguien hubiera puesto el acelerador a fondo sin que el coche saliera volando por la tangente. Pero Mayank Sharma, un estudiante de Virginia Tech que decidió no conformarse con mirar el vacío, propuso un truco de magia llamado 'mapeo de reverberación'. En lugar de intentar ver lo invisible, decidió escuchar el eco. El proceso es como lanzar una piedra a un pozo y medir cuánto tarda en volver el sonido para saber la profundidad. Cuando la materia cae en la boca de un titán como Sagitario A (Sgr A) o el monstruo de Messier 87 (M87), se produce un pulso de luz. Ese destello viaja hasta los gases lejanos, que lo rebotan como un eco. Midiendo ese tiempo, los astrónomos pueden calcular la distancia y, por ende, la masa. El equipo aplicó este 'radar de ecos' en 14 galaxias. En cinco de ellas, las cuentas no salían: había un exceso de masa que la materia visible no podía explicar. Es como si al pesar una maleta te dijera que pesa 20 kilos, pero al abrirla solo encuentres un cepillo de dientes y un calcetín. Los resultados, publicados en Physical Review D, no son una sentencia definitiva, pero dejan claro que los agujeros supermasivos podrían ser los imanes preferidos de la materia oscura.
La alta dirección se ha pasado la vida vendiéndonos la IA como el Santo Grial de la productividad, pero resulta que el Grial tiene fugas y cuesta un ojo de caravalla. En el mundo corporativo ha nacido el 'tokenmaxxing', esa disciplina olímpica de quemar presupuesto de inteligencia artificial solo porque el jefe dijo que 'hay que innovar'. Es el equivalente digital a comprarse un Ferrari para ir a comprar el pan a la esquina: un despliegue de potencia absurdo para un resultado mediocre. Tomemos el caso de Slash, una firma de fintech que decidió incentivar el uso de herramientas de código IA. ¿El resultado? Un empleado decidió jugar al Dios del software y se gastó 80.000 dólares en tokens para crear 'brainrot shooter', un videojuego de disparos basado en memes que tiene la profundidad emocional de un charco. Ochenta mil pavos. Para que nos entendamos: es el precio de un coche decente o la entrada de un piso en algunas ciudades, incinerados en una herramienta que ni siquiera sirve para optimizar procesos reales. Ahora, con la cara dura que solo da el capital, Slash pide en redes sociales que la gente lo juegue para poder pasarlo como 'gasto de marketing'. Un truco contable de manual. Pero la fiesta no termina ahí. En Accenture, la cosa es más sutil pero igual de ridícula. Justice Kwak, el estratega de IA de la firma, soltó en audios filtrados que no son los ingenieros quienes devoran el presupuesto, sino el personal no técnico. Imaginen el cuadro: ejecutivos usando la tecnología más cara del planeta para convertir un PDF en un PowerPoint. Es como contratar a un ingeniero de la NASA para que te ayude a montar un mueble de IKEA. Mientras Anthropic recauda en seis meses más de lo que Uber gastó en años para aniquilar a los taxis (unos 32.000 millones), el empleado medio sigue usando la IA para tareas que un becario de primaria haría en diez minutos.
Madonna ha decidido bajarse del coche de la Inteligencia Artificial para darle un repaso verbal en Vogue Italia. Según la Reina del Pop, los algoritmos son el antíodo del arte porque matan el riesgo y nos empujan por la senda de lo aburrido y lo seguro. Para ella, crear es lanzarse al vacío, mientras que la IA es como pedir un menú preestablecido en un restaurante de carretera: predecible, insípido y sin alma. Madonna echa de menos aquellos tiempos donde los músicos, pintores y bailarines se mezclaban en un mismo espacio creativo, antes de que la industria musical se convirtiera en un concurso de popularidad donde el contrato discográfico depende más de cuántos seguidores tienes en Instagram que de tu talento real. Lo curioso es que la 'Material Girl' no es precisamente una monja de la pureza tecnológica. Mientras nos lanza este sermón sobre la creatividad, su historial con la IA es más parecido a un buffet libre. Sus fans ya se han quejado de que llena sus redes de 'basura digital', incluyendo imágenes surrealistas donde aparece con el difunto Papa Francisco. Y si nos ponemos estrictos, su equipo no se inhibió al usar la herramienta para los vídeos promocionales de 'Veronica Electronica' y 'The Untold Chapter' el año pasado. Incluso en 2024, la Associated Press pilló a su equipo creativo usando IA para generar los fondos visuales de su gira. Al final, Madonna hace lo que muchos artistas: odia que la máquina robe el trabajo ajeno y regurgite estéticas genéricas, pero no tiene problema en usar el atajo tecnológico cuando conviene para el marketing. Es la eterna danza entre el purismo artístico y la comodidad del clic, donde la IA es el empleado barato que hace el trabajo sucio mientras la estrella firma la obra.
Nos encanta el camino corto. El cerebro, en su afán de ahorrar batería como quien pone el móvil en modo ahorro para llegar al final del día, prefiere las etiquetas limpias a la complejidad real. Por eso, los políticos han decidido que la neurociencia es el nuevo oráculo para redactar leyes, ignorando que la ciencia, el 24 de junio de 2026, sigue estando en pañales para tales pretensiones. Empecemos por la mítica barrera de la adultez. Mientras el mundo se pelea por decidir si eres adulto a los 16 o a los 21, algunos iluminados sugieren usar imágenes cerebrales para decidir quién puede conducir o cuántos años de cárcel merece un delincuente. Se ha puesto de moda decir que el cerebro no madura hasta los 25 años, una simplificación tan burda que resulta casi insultante; la realidad es que cada cabeza va a su ritmo, como quien monta un mueble de IKEA sin instrucciones: algunos terminan rápido y otros acaban con piezas sobrantes. Luego tenemos el caso del "autismo profundo". La idea de crear una categoría basada en el CI, el lenguaje y las necesidades de cuidado suena muy bien en un despacho ministerial, pero en la calle es un colador. Corren el riesgo de meter en el mismo saco a alguien que no puede hablar con alguien que tiene un deterioro cognitivo severo, ignorando que sus perfiles neurológicos son mundos distintos. Para rematar la jugada, el uso de perfiles psicológicos en los tribunales ha convertido juicios que eran un "gol goleador" en un caos absoluto. Tratar la psicopatía como un hecho científico inamovible y no como un marco en evolución es jugar a la ruleta rusa con la justicia. Queremos meter el cerebro en cajas ordenadas porque nos da seguridad, pero la verdad es que el manual de instrucciones de la mente humana aún no ha sido escrito.
Hablemos claro: el espacio suele ser el escenario preferido para que nos masacren alienígenas o para que un capitán con crisis existencial nos hunda la nave. Estamos hartos de que la ciencia ficción sea sinónimo de disparar a todo lo que se mueva en Mass Effect o StarCraft. Por eso, ha nacido esta tendencia de lo 'cozy', que básicamente es como cambiar el fusil láser por una manta de lana y un chocolate caliente mientras flota en la nada cósmica. Hay quien prefiere el surrealismo de ser un buzo robótico en Abzu (lanzado el 2 de agosto de 2016), donde el silencio es la norma y el estrés es tan inexistente como el sentido común en una promesa electoral. O si prefieres la monotonía laboral, Star Trucker (3 de septiembre de 2024) te permite ser el transportista del vacío; es como hacer el reparto de Amazon pero con la complicación de que arriba y abajo son conceptos relativos y los mandos se sienten como si estuvieras patinando sobre hielo. Para los que añoran la vida rural pero odian el barro, Verdant Skies (12 de febrero de 2018) propone cultivar lechugas espaciales en Viridis Primus, mientras que Lightyear Frontier (19 de marzo de 2024) te pone al mando de un mech gigante solo para que recojas plantas silvestres. Es la máxima expresión de la hipocresía gamer: tener un robot de guerra para hacer jardinería. Incluso hay juegos que romantizan el despido laboral. En Hardspace: Shipbreaker (24 de mayo de 2022), trabajas para la Lynx Corporation desguazando naves. Si mueres, te clonan. Es la metáfora perfecta del capitalismo moderno: eres tan prescindible que tu ADN es propiedad de la empresa. Y para cerrar el círculo del absurdo, I Was a Teenage Exocolonist (25 de agosto de 2022) te obliga a tomar siestas para bajar el estrés mientras intentas no morir en Vertumna IV. Un recordatorio de que, incluso en el fin del universo, el agotamiento laboral nos persigue.
Imaginen que despiertan un martes y deciden que su piel ya no encaja con su personalidad, así que se la quitan como quien se despoja de un calcetín sudado después de una jornada de diez horas. Eso hizo Luigi, una langosta americana (Homarus americanus) que ha decidido renovar su guardarropa en el New York Aquarium de Brooklyn. Pero no es cualquier mudanza; Luigi es de un naranja tan estridente que parece que ya viene pre-cocinado para el menú del día, una mutación genética que ocurre solo en uno de cada 30 millones de ejemplares. Mientras nosotros peleamos con la hipoteca, Luigi vive la vida del jet-set: tiene comida asegurada y un apartamento donde no tiene que preocuparse por que un vecino agresivo le muerda el caparazón mientras está 'en pelotas'. William Hana, el Director de Programas de Animales del acuario, confirmó que el equipo encontró la vieja coraza una mañana, ya que estas mudas suelen ocurrir bajo el manto de la noche. El proceso es una genialidad de la ingeniería biológica: el animal se hincha de agua hasta que el caparazón cede, permitiéndole salir de su antigua piel como quien saca el pie de un zapato apretado. Lo más fascinante —y quizá lo más inquietante para el estómago humano— es que Luigi se cena su propia piel vieja para recuperar el calcio. Básicamente, es el reciclaje definitivo: no tira nada, ni siquiera sus propios desperdicios. En el acuario, Luigi comparte vecindario con una langosta azul, un espécimen aún más exclusivo (uno entre 200 millones), demostrando que en Brooklyn, incluso los crustáceos saben cómo destacar en la multitud con un look disruptivo.
Resulta fascinante que necesitemos un estudio publicado en la revista Behavioral Sciences para confirmar lo que cualquier persona que haya intentado cerrar diez pestañas del navegador mientras suena el WhatsApp ya sabía: nuestro cerebro es un modelo antiguo intentando ejecutar un software del año 2024. Básicamente, llevamos el hardware de un recolector de bayas en un mundo de algoritmos y 'policrisis'. Es el equivalente evolutivo a intentar cargar un tráiler de 18 ruedas con un carrito de la compra de plástico; tarde o temprano, las ruedas se doblan. Jose Yong, profesor de la James Cook University en Singapur, lo deja claro: no es que seas un flojo o que necesites más 'mindfulness', es que estamos viviendo un 'desajuste evolutivo'. Antes, estar atento a las señales del vecino era cuestión de supervivencia para que el grupo no palmara; ahora, ese mismo instinto se ha convertido en un panóptico de vanidad digital donde nos comparamos con desconocidos que fingen vidas perfectas en Instagram. El estrés no es un fallo de fábrica, es el resultado de procesar una cantidad de basura informativa para la que no estamos programados. Pasamos de preocuparnos por si el tigre nos comía a apostar en mercados de predicción sobre cuántos tuits lanzará Elon Musk o si Cristiano Ronaldo soltará una lágrima en el Mundial. Sarah Chan, del Lee Kuan Yew Centre for Innovative Cities, pone el dedo en la llaga: nos venden la ansiedad como un problema de 'estilo de vida' individual, como si fuera un mal hábito al fumar, cuando en realidad es la respuesta lógica de un cerebro simio atrapado en una jungla de hormigón y fibra óptica. No es falta de resiliencia, es que el diseño de nuestras ciudades y redes sociales es, sencillamente, incompatible con nuestra biología.
Imagínate que tienes un reloj de lujo que costó 250 millones de dólares, pero te olvidas de ponerle pilas y, de repente, el reloj empieza a resbalarse de tu muñeca hacia el desagüe. Eso es exactamente lo que le pasa a la NASA con el Observatorio Neil Gehrels Swift. Lanzando en 2004 para cazar explosiones de rayos gamma (esas que crean el oro de tu anillo, según Brad Cenko), el Swift se ha quedado sin gasolina y el Sol, que últimamente está muy eléctrico, ha inflado la atmósfera terrestre, empujando el telescopio hacia abajo como quien empuja un carrito de supermercado averiado en una bajada. La agencia, que normalmente tarda décadas en decidir el color de un tornillo, ha entrado en modo pánico creativo. En solo nueve meses —desde septiembre de 2025— han contratado a Katalyst Space Technologies por 30 millones de dólares para fabricar el 'Link', una especie de grúa espacial con tres brazos robóticos. El plan es una locura: lanzar el Link el 27 de junio atopado en un cohete Pegasus XL de Northrop Grumman, enganchar el Swift (que no tiene donde agarrarse porque no fue diseñado para citas románticas en el vacío) y subirlo a una órbita más segura. Shawn Domagal-Goldman, director de Astrofísica de la NASA, admite que nadie creía que esto fuera posible. Y es que el riesgo es total: si el aislamiento del Swift está tan quebradizo como una galleta vieja, los brazos del Link podrían romperlo todo al primer apretón. Además, si el Sol lanza una tormenta eléctrica antes de octubre, cuando el Swift baje de las 186 millas, el telescopio se convertirá en una estrella fugaz muy cara antes de que la grúa llegue al rescate. Todo esto mientras Katalyst ya pide otros 12 millones para su proyecto Nexus, intentando convencernos de que la era de tirar los satélites a la basura ha terminado.
Llevamos años escuchando la misma canción en los foros de internet: una guerra de trincheras entre los románticos del pistón y los evangelistas del litio. Los primeros nos venden la moto de que fabricar una batería es como detonar una bomba nuclear en el jardín, mientras que los segundos ignoran que, a veces, cargar el coche es básicamente quemar carbón con cables. Una pelea de patio de colegio que ahora el MIT ha decidido arbitrar con la frialdad de quien sabe que los datos no tienen sentimientos. El estudio, rescatado por Jalopnik, se ha metido en el barro para comparar los vehículos de combustión (ICEVs), los híbridos enchufables (PHEVs) y los eléctricos puros (BEVs). El veredicto es un jarro de agua fría para los nostálgicos del humo: en la mayoría de los rincones del planeta, los BEVs recortan las emisiones entre un 40 y un 60 por ciento frente a los de gasolina. Es decir, que el ahorro es casi como si te hicieran un descuento del 50% en la factura de la luz, pero aplicado al aire que respiramos. Claro que hay letra pequeña. El estudio admite que la 'mezcla eléctrica' manda; no es lo mismo enchufarse a una planta solar que a una central de carbón oxidada. Sin embargo, incluso en el peor de los casos, el eléctrico gana por goleada. Los PHEVs, esos híbridos que intentan quedar bien con todo el mundo, logran ahorrar entre un 80 y 90% de emisiones en ciudad y un 60% en zonas rurales, siempre que no te olvides de enchufarlos. En resumen: si te gusta el rugido del motor, adelante, disfrútalo, pero deja de fingir que lo haces por salvar a los osos polares. La ciencia ya ha pasado la escoba.
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Adolfo Sáez